EL CALCETÍN

Atentado de ETA en Palmanova Mallorca

       Alguna vez que vuelvo a Vitoria se aprovechan. Con la excusa de que viene el “mallorquín” mi cuadrilla de toda la vida organiza un encuentro en la sociedad gastronómica de Patxi, uno que podría presentarse a Masterchef. Como en los últimos años viajo sin compañía, la cena suele ser sin mujeres, y entonces la cosa se termina liando. Que si este sitio es nuevo, que si verás qué ambiente, que si la última y ya está… ese día noto más que nunca la falta de preparación. La noche y el beber se entrenan como un maratón, con paciencia y tenacidad, sin perder la costumbre. Si lo dejas no aguantas. Acabas fatal, como el corredor principiante, y luego queda volver cargado a las tantas a casa de tus padres, que siempre es algo engorroso. 

         En mi caso, entrar de madrugada en el domicilio paterno es como atracar el Banco de Inglaterra. Hay dos puertas blindadas, cada una con cerraduras de cuatro vueltas, y es imposible acceder sin hacer ruido. Siendo veinteañero, una noche atravesaba lentamente y de puntillas el pasillo. Había dejado los zapatos en la cocina, y caminaba con los calcetines en la mano -no me pregunten el motivo de esto último- hasta que se me cayó uno al suelo. Mi padre me pegó una voz desde su cama para que dejara de hacer el idiota descalzo por el pasillo y me metiera rápido en mi habitación. Al día siguiente le pregunte cómo era posible que se hubiera despertado por el “ruido” de un calcetín impactando sobre el parquet. Entonces me observó extrañado, como si aún me durara la tajada, y contestó con parsimonia: “me despierto siempre con la primera vuelta de la llave”. 

      La cuestión es que las puertas de mi casa en Vitoria están siempre cerradas con vuelta, también a mediodía. Y lo que es más curioso, cuando mis padres vienen a verme a Mallorca, la puerta de mi domicilio en Palma también tiene la cerradura echada, a todas horas y aunque haya gente en casa, porque esa es su rutina desde hace más de treinta años, y no la cambian ni cuando visitan a sus hijos. Es así desde que los políticos en el País Vasco que militaban en partidos no nacionalistas se vieron obligados a tomar medidas de autoprotección. Venía alguien del servicio de información de la Policía Nacional y te lo explicaba. Poco después llegaron los escoltas, y entonces cambiaron muchas más cosas. No podíamos bajar a por el correo cuando el cartero anunciaba correspondencia por el portero automático. Tenían que revisarla ellos antes. Esto fue una tortura después de un verano adolescente en Benalmádena, porque me enamoré de una chica de Madrid que me escribía unas epístolas maravillosas, y la espera para leerlas se hacía eterna. Dejó de haber periódicos en casa los fines de semana a primera hora de la mañana, porque mi padre no podía bajar solo al kiosko. Y tampoco se podía decidir a última hora la misa a la que mis hermanas y yo acompañábamos a mis padres los domingos, porque había que avisar el día antes a los escoltas. Yo nunca quise matar a nadie por sus ideas políticas, y mi padre tampoco, pero así era nuestra vida en aquellos años de plomo. 

         Hoy la neurociencia nos explica que la memoria no es algo fijo, que no es estable, sino que modifica el recuerdo cada vez que traemos al presente un hecho del pasado. Según los neurólogos, eso explica que recordemos, no el acontecimiento tal y como sucedió exactamente, sino la forma en que fue recordado la última vez que lo trajimos a la memoria. Nos instalamos así en un proceso permanente de reescritura de nuestra historia, o sea, que quizá el calcetín se me cayó una noche que no estaban echadas las vueltas de la cerradura. He aquí una paradoja terrible: la ciencia nos muestra que si uno tiene memoria, cuanto más la usa, más la modifica. Yo creo que a este principio se acoge ETA para alterar la historia. Yo divago con mi calcetín, y ellos con sus crímenes. 

         El comunicado en el que ETA anuncia la disolución de una banda disuelta golpe a golpe  por el Estado de Derecho, emplea la misma retórica alucinada de los últimos cuarenta años, la del tripi borroka en la Herriko Taberna, con la pistola humeante bajo la barra, el pelo revuelto recién levantado el pasamontañas y la sonrisa satisfecha. Como es gente leída y que se adapta a los nuevos tiempos, al objetivo de una Euskadi independiente y socialista han añadido la lucha contra el patriarcado. Ellos, que se zumbaban por turnos en el piso franco a la única chica del talde para no quedar desabastecidos de sexo. Todo por la patria, según han contado varias de ellas. 

           Lo peor de todo es cuando uno comienza a tener conciencia del olvido, y ya no sabe si le queda el recuerdo, o el recuerdo de un recuerdo, y así sucesivamente. El entorno de ETA debe de conocer estas dudas, y por ello se esfuerza en reinventar con mentiras y palabras huecas una simple historia de sangre y dolor inútil. Los eufemismos empleados en el texto leído por dos tipos sanguinarios adquieren un tono paranoide al dar por concluida su “actividad política”. 50 años y 853 muertos más tarde, ETA no solo no ha conseguido ni uno solo de sus objetivos políticos, sino que los ha frenado. Esta es la acusación velada que se formula contra ellos desde una parte del nacionalismo vasco. Ahora, con el apoyo de una pléyade de palmeros y tontos útiles llegados desde varias partes del mundo, entre todos estos quieren explicarnos en qué ha consistido el “conflicto”, para que lo entendamos bien. Al parecer observan en las víctimas de ETA una tendencia excesiva a la melancolía, una extraña añoranza por un pasado que no va a volver, y que disfrazan de memoria. Ahora que ETA nos ha perdonado la vida por última vez, esta es la última ofensa que ha habido que soportar. 

          Hasta los doce años mi hija paseó de la mano de su abuelo acompañado por dos escoltas. Hoy es mayor de edad, y cuando vuelve de marcha creo que entra en casa con sigilo, pero con los calcetines puestos y con más posibilidades de no despertarme porque no echamos los cerrojos de la puerta. Es ese calcetín que no cae al suelo el que me certifica que tengo memoria, no melancolía. 

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