FARSA Y TRAGEDIA

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No se cuenta, pero el pasado uno de octubre miles de españoles y catalanes cerraron los ojos e imaginaron sus vidas fuera de este país. La vergüenza por las imágenes que nos deparó la fiesta de las urnas opacas dio paso a una sensación de año cero. Comenzar de nuevo en Lisboa, en Río de Janeiro o en Melbourne, lejos de tanta furia y sinrazón. Porque hacerte sentir extranjero en tu propia tierra es un objetivo fundamental de cualquier plan secesionista. Llega un momento en que uno baja los brazos y se rinde. Por miedo, por cansancio o por el deseo de que tus hijos crezcan en una atmósfera menos opresiva, más respirable.

Además, existe una dimensión épica en la migración que aflora a menudo entre los desplazados. La capacidad de superación, de levantarse y reinventar sus vidas en un nuevo entorno, una Odisea sin dioses. Leemos estos días testimonios de catalanes haciendo las maletas y en ellos hay tristeza, claro, pero también se atisba la liberación, y una cierta ilusión por alejarse de aquello que les ha angustiado en silencio durante años. Muchos vascos que hemos cumplido los cuarenta reconocemos con facilidad esa musiquilla. En este tiempo pre-revolucionario la figura de Stefan Zweig es citada con frecuencia en los artículos de opinión. Hace casi una década que traje al escritor austríaco por primera vez de paseo a esta columnata abierta, pero hoy su presencia resulta más necesaria que nunca. En una conversación con Romain Rolland, Zweig llegó a mostrarse agradecido con Hitler por haberle imprimido un nuevo élan, un impulso vital que le permitía “liberarse de los peligros de convertirse en un burgués aposentado”. Eso fue en 1934, en la fase dorada de su exilio, rodeado de fama y dinero.

En 1930 un intelectual de la talla de Zweig había llegado a reconocer la atracción -incluso una simpatía momentánea- hacia el nacionalsocialismo. El partido nazi pasó de uno a seis millones de votos en poco menos de dos años, y él atribuyó este ascenso vertiginoso a la rigidez de los actores de la vieja política. Juzgó los resultados electorales como “una revuelta quizá poco sensata, pero fundamentalmente sólida y positiva de la juventud contra la lentitud y la irresolución de la alta política”. De nuevo nos suena la canción. De aquella época sobrevive un trozo de película muy curioso de Zweig en una fiesta en un jardín de Salzburgo. Zweig luce feliz como el animal social que era: elegante con una chaqueta y una corbata chic a rayas, sonriente y amable, se mueve con agilidad entre los invitados y logra captar la atención de todos sus amigos. Rolland escribió que para Zweig la amistad era una especia de religión, y su generosidad no tenía límites. Aquello sucedía en el verano de 1933. Habían transcurrido seis meses desde el ascenso de Hitler a la cancillería alemana. Medio año después Zweig se exiliaba definitivamente de su país.

La semana pasada vi imágenes de jóvenes trajeados, con corbatas de seda y zapatos Oxford, cortando el tráfico de la Diagonal en Barcelona. Acababan de descender en veloces ascensores hidráulicos desde el piso tropecientos de una elegante torre de oficinas, donde la entidad financiera que les paga su espléndida nómina tenía hasta la semana pasada su sede central. También se veían chicas con falda ejecutiva, blusa de seda y zapatos de medio tacón sonriendo en mitad de la calzada. Hay en el gesto del grupo de treintañeros un aire alegre, casi festivo, que me recordó al video de Zweig. Es esa misma ingenuidad juvenil, esa candidez estúpida que con tanta amargura se reprochó a sí mismo Zweig en los últimos años de su vida.

En plena resaca del 1-0, un periodista se preguntaba en Twitter: “si el Parlament aprueba una Declaración Unilateral de Independencia, ¿cómo se las arreglará la Generalitat para sacar toda la morralla que hay en Cataluña?”. Estos elegantes ejecutivos bancarios piensan que la morralla no son ellos, que la xenofobia y el totalitarismo se dirigirán únicamente contra los que no votaron en un referéndum ilegal, esos fascistas. Como Zweig, que aún sonreía en el jardín de Salzburgo cuando sus libros acababan de ser quemados en la hoguera de la Opernplatz de Berlin por el sindicato nazi de estudiantes. Yo sé que algunos piensan que esto es una completa exageración, que el mundo ha cambiado, y que no se van a repetir los errores del pasado. Es justo lo que pensaba un hombre tan inteligente como Zweig al recordar el desastre provocado por los nacionalismos durante la Primera Guerra Mundial. Estaba convencido que algo así no podía volver a suceder. Y sucedió. Marx decía que la historia se repite, la primera vez como tragedia, y la segunda como farsa. La vida de Zweig demostró que se podían invertir los términos, empezar con la farsa y terminar con la tragedia. Por eso mismo hay que quedarse, y ayudar a los que se quedan, para acabar con la farsa y evitar la tragedia.

 

 

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