EL PACTE, POR LA SENDA DE BAUZA

Hay un enigma político por resolver en Balears digno de Cuarto Milenio. Un PP silente en la oposición, próximo al estado catatónico y asediado por graves casos de corrupción no termina de despegar en ninguna encuesta electoral a pesar del cambio en su presidencia. Sin embargo, a poco que repuntara en intención de voto en los próximos meses tendría opciones de gobernar en la próxima legislatura con apoyos parlamentarios. ¿Cómo explicar semejante misterio? La izquierda más ciega se apunta a la teoría masoquista: la gente es tonta, tolera la corrupción, le gusta que le roben, el fascismo sobrevive, y en este plan. Como excusa para no reconocer los errores propios no está mal, pero vamos a intentar no deslizarnos en esta columna por el tobogán del humor para tontos, y aportar una hipótesis algo más realista y menos sectaria.

El voto de izquierdas está más fragmentado que el de derechas. Es obvio que esto no supone un obstáculo insalvable a lo hora de acceder a las instituciones y formar gobiernos de coalición. Pasada la resaca de las investiduras, los bailes de la conga y tal, comienza a aflorar la contradicción de fondo. Para que un acuerdo, de cualquier naturaleza, sea duradero en el tiempo, todas las partes que lo suscriben deben verse beneficiadas. Es fácil repartir los cargos, pero no conviene engañarse. El objetivo último, además de aplicar unos acuerdos que suelen ser lo suficientemente ambiguos como para ir trasteando, es ampliar la base electoral de todos los socios de gobierno. Esto excluye una visión cortoplacista, y exige una generosidad y una altura de miras difícil de encontrar hoy entre nuestra clase política. Aquí emergen los problemas verdaderos.

Los comienzos son sencillos, buscando los puntos comunes que no generan fricción entre los socios. Por ejemplo, tumbando unas cuantas leyes del gobierno anterior. Seguidamente, como hay que trasladar una sensación de movimiento, se recurre a una política de gestos, acciones de gran simbolismo para ocupar el suficiente espacio en los medios de comunicación. Pero aquí se abre la primera grieta importante que separa a los partidos pequeños del segmento más grueso del electorado. A diferencia de lo que ocurre en las organizaciones políticas con vocación mayoritaria, en los partidos pequeños a menudo imponen su criterio los cuadros más duros, los más ideologizados, que acaban por arrasar las posiciones más posibilistas y pragmáticas. Este fenómeno no es tan común en partidos más grandes, pero cuando sucede provoca desastres electorales como el que protagonizó José Ramón Bauzá.

La crónica política de la semana pasada es el relato más nítido del estado de la izquierda en Balears, que ha convertido la demolición de un monolito en la madre de todas las batallas políticas. Y el que se opone, fascista. La decisión de tumbar Sa Feixina contra viento y marea hace saltar las lágrimas -he leído sobre el “lirismo” que se respiraba en el Pleno del Consell de Mallorca que desprotegió el monumento- a 40 militantes de los partidos de izquierda, o a 400, o a 4000. Lo que es seguro es que no saldrán 100.000 a aplaudir, como el día del TIL. Entre el resto de votantes progresistas -mucho menos ideologizados que sus dirigentes, al igual que los de derechas- división de opiniones: a unos la demolición se la trae al pairo, y otros están en contra. Y luego están los decepcionados con el PP, que ya han encontrado una excusa para dejar de aburrirse.

Esta política de gestos, incluidas las banderas a media asta el 18 de Julio bajo el fino argumento legal de “por mis cojones treinta y tres”, está operando un cambio tan profundo en nuestra sociedad que no deja tiempo para acertar con otras fruslerías de menor trascendencia, como la regulación del alquiler turístico. El bodrio jurídico aprobado en el Parlament, en trámite de modificación a las 48 horas de vida para vergüenza de sus progenitores, ha logrado que pasara casi desapercibida otra tontería que apenas afecta a unos cuantos miles de padres y madres separados, y a sus hijos menores de edad. Sólo Diario de Mallorca publicó que los partidos de izquierda bloquearon una iniciativa del PI en favor de la custodia compartida como régimen preferente en casos de divorcio, siempre atendiendo al interés superior del menor. Es difícil encontrar un texto más sensato y equilibrado que el firmado por el portavoz del PI, Jaume Font, en una cuestión que asume con normalidad una mayoría social, de izquierdas y de derechas. Sin embargo, se ha de reconocer la habilidad de ese feminismo de quita y pon instalado en el PSIB, Més y Podemos, que logró trasladar al periodista dos falsedades del tamaño de un piano. En primer lugar, decir que “todas” las asociaciones feministas están en contra de la custodia compartida es un insulto para miles de mujeres comprometidas con la igualdad de género, con todas sus consecuencias, y que por tanto propugnan la corresponsabilidad del padre en la crianza y educación de los hijos. Y en segundo lugar, afirmar que la enmienda del PI proponía que los jueces fijaran “de forma automática” la custodia compartida en “todos” los divorcios presupone no haber leído una sola línea de sus tres páginas.

Y así discurre la acción de estos gobiernos de progreso, que más bien regresan a la senda que marcó Bauzá en la legislatura de su descalabro: unos pocos de los más fieles en estado de permanente erección política, un sector creciente de sus votantes desencantados ante tanto postureo, y un amplio segmento social discrepante cada día más movilizado por culpa de esa política de trincheras y confrontación permanente.

 

 

 

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