EL FRENAZO DE THELMA Y LOUISE

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La semana pasada Jorge Dezcallar contaba en una charla hacia dónde cree él que va el mundo. Es lamentable constatar el desperdicio de talento y experiencia de un servidor público aún en plena forma. Que un país se permita el lujo de jubilar completamente a un diplomático de ese nivel es lo mismo que renunciar a la opinión del mejor oncólogo porque ha cumplido los 65. Un absurdo. Dezcallar, columnista en estas misma páginas, desmenuzó las claves del final de este periodo histórico, del ascenso inesperado de Trump y del repliegue americano que propone, de la decadencia de Europa y de la irrupción de nuevos actores en el tablero de juego internacional. Estremece un poco escuchar por boca de quien ha sido testigo directo de ciertos conclaves cómo se toman las grandes decisiones mundiales, quién establece hasta dónde sube o baja el precio del petróleo, o qué guerras se permiten. Entre tanta geopolítica de altos vuelos Dezcallar nos dejó también algunas perlas más domésticas. Por ejemplo, que puede dar fe que el Despacho Oval de la Casa Blanca es mucho más pequeño de lo que parece en la fotografías y en la televisión.

Yo me lo creí, pero al día siguiente se publicó en varios periódicos una fotografía que confirmaba las estrecheces de la estancia que mejor ha simbolizado el poder hegemónico ejercido por Estados Unidos en las últimas décadas. Trump reunió de pie alrededor de su mesa presidencial a una treintena de líderes negros de universidades americanas, y aquello parecía el camarote de los hermanos Marx. La escena coral con toda esa gente sonriente y apretujada ha pasado bastante desapercibida, porque en primer plano aparece una señora rubia platino, arrodillada en el sofá con sus zapatos de tacón sobre una tapicería impoluta color crema. Kellyanne Conway está inclinada hacia la derecha con el culo en pompa, tratando de obtener el mejor encuadre para la foto del grupo que está tomando con su smartphone.

Conway es una asesora de Trump célebre por su teoría sobre los “hechos alternativos”, que es una manera fina de mofarte de los medios de comunicación sin tener que insultarles en Twitter todos los días. Los “hechos alternativos” vienen a ser una posverdad menos pomposa, más asequible para un público que se pierde más allá de los 140 caracteres, y encajan perfectamente con la imagen de un cargo público que se sienta en el sofá de un despacho oficial, rodeada de cámaras y en presencia de numerosos invitados, como si estuviera en el salón de su casa. Detrás de ella y enfrentados a su trasero están los reporteros gráficos profesionales acreditados en la Casa Blanca, en una nítida demostración de la nueva jerarquía informativa en la era Trump.

Siempre me ha sorprendido ver el despacho de un político repleto de fotos de su familia, lleno de instantáneas con sus seres queridos o imágenes de su intimidad. No digo que sea grave, pero a mi me causa una cierta incomodidad porque entiendo que aquel espacio, por muchas horas que se pasen en él, se destina a una función que debe quedar claramente separada del ámbito privado. Lo mismo ocurre con el mobiliario. Hay sofás para sentarse y otros que invitan a repantingarse. En mi salón hay uno de los segundos, porque nunca sirvo el té de las cinco y las personas que entran en mi casa son de la suficiente confianza como para arrellanarse en él sin pudor. Trump ha redecorado el Despacho Oval con ese estilo opulento y hortera característico de sus mansiones. El tradicional rojo de las cortinas ha dado paso a un dorado kitsch que tumba de espaldas el buen gusto. Sin embargo no ha tenido arrestos, de momento, para colocar un tresillo en plan chill out donde relajarse mientras diseña un nuevo orden mundial. Ello no ha sido óbice para que su asesora se sintiera como en casa.

Alguien estará pensando que esto sucede porque los americanos se creen los amos del mundo, pero el gran Quico Homs también se puso cómodo la semana pasada en el juicio por saltarse una resolución del Tribunal Constitucional, y quiso explicar a sus señorías que en su casa le enseñaron a no interrumpir al que está hablando. Estaba tan a gusto el político catalán que el magistrado que preside la Sala de lo Penal que lo juzga le tuvo que recordar que no estaba en su casa, sino en el Tribunal Supremo. La anécdota es tontuna, pero reveladora de ese concepto patrimonial del nacionalismo sobre las instituciones públicas, incluida la Administración de Justicia. A Conway se le perdona el desliz porque parece que en cuanto suelte el teléfono va a empezar a hacerse la manicura allí mismo. Pero la grandilocuencia declaratoria de Homs, como antes fue la de Artur Mas, nos llevaba a imaginar un final épico a lo Thelma y Louise, ambos cogidos de la mano y pisando a fondo hacia el precipicio. No pudo ser, porque su frase antológica al declarar que “no había forma humana de entender la resolución del Constitucional” nos lo vuelve a colocar al nivel de Homer Simpson, prototipo del votante medio de Trump.

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