UNA PICA EN FLANDES

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Es inquietante sentirse raro sin pretenderlo, esa impresión de desplazarte en dirección contraria enfrentado a una masa que se dirige hacia ti, no sabes con qué intenciones. Como en un mal sueño, lo normal es sentirse solo, o incomprendido. Lo siguiente es quedarse quieto y dejarse llevar por la corriente. Javier Marías decía en una entrevista hace unos días que las redes sociales han dado alas a las opiniones furibundas y a una imbecilidad organizada muy difícil de combatir. Esto tiene consecuencias. Marías percibe que “mucha gente que escribe en prensa está cada día más achantada, más temerosa”. Un juzgado de Palma ha condenado a una empresa por prohibir a una empleada el uso del velo islámico en su horario laboral, y de inmediato leí y escuché en los medios de comunicación un elogio casi unánime de la sentencia. Democracia avanzada, defensa de las libertades, progreso, tolerancia, respeto… una avalancha de palabras y expresiones estupendas de esas que no dejan espacio para discrepar sin sentirte un extremista, o un provocador barato. Y entonces llegan Trump y Le Pen y la lían parda.

La diferencia entre opinión pública y publicada es un fenómeno cada día más preocupante. El exceso de corrección política está reduciendo la discrepancia razonada a unos límites asfixiantes en una democracia que presume de serlo. La invasión de un buenismo estúpido va sumiendo a la sociedad civil y a los medios tradicionales de comunicación en una especie de modorra intelectual, en un sopor acrítico cuyo único objetivo es mantenerse en el mainstream sin hacer ruido. ¿Quién quiere parecer intolerante? ¿quién va a discutir la libertad religiosa? ¿quién va a disentir so pena de ser calificado de racista? Pero la gente por la calle murmura, habla para sus adentros, o da su opinión en el salón de su casa sin asomarse a los periódicos, ni a las radios, ni a las televisiones. Me refiero a personas normales, sensatas, que no tienen nada en contra de las creencias individuales de los demás, que viven y dejan vivir, pero que también piensan por sí mismos sin necesidad de crear opinión o manifestarla públicamente. Hasta que aparece un candidato espabilado y verbaliza sus pensamientos.

Me gustaría saber qué dirían los portavoces de este buenismo hipócrita si se plantaran en cualquier oficina pública y fueran atendidos por un funcionario con un enorme crucifijo estampado en el pecho. Es curioso ese laicismo militante de quita y pon, como si unas religiones molestaran más que otras y hubiera que combatirlas con más fiereza. Mantener las misas fuera de la programación de una televisión pública sería lo propio en un estado aconfesional, pero ser atendido en un servicio público por una mujer tapada con el velo islámico es un síntoma de tolerancia y madurez democrática. Aquí es donde mucha gente se pierde en silencio, no entiende nada, y entonces llegan los iluminados para explicarles esa contradicción y enseñarles el camino de salida. Hace unos días leíamos que en Austria la coalición de gobierno entre socialdemócratas y democristianos se plantea prohibir el uso del burkha en espacios públicos. La pregunta que me asaltó de inmediato fue: ¿o es que estaba permitido? Quizá lleguen tarde. Seis meses antes la extrema derecha había perdido las elecciones presidenciales por solo treinta mil votos.

Es obvio que el burkha y el hiyab son dos cosas distintas en grado, pero están relacionadas por su concepto de base. Ambas prendas son manifestaciones de una creencia religiosa, y sus defensores -y defensoras- aducen que su uso es voluntario, y que es la mujer la que debe decidir quitárselo. El feminismo radical va más lejos, como siempre, y explica que lo importante es desprenderse del velo mental, no tanto del físico. Esto lo puede decir una defensora de la ideología de género en un programa de televisión minutos después de defender que el día de San Valentín es perfecto para denunciar los asesinatos de mujeres a manos de sus parejas. El mayor riesgo que corrió aquella mujer fue que un tertuliano, yo mismo, le llamara en directo aguafiestas. Si una feminista expusiera su teoría sobre el velo mental en Afganistán le podrían lavar la cara con ácido. Esto es algo más que una diferencia de grado.

Me niego a emplear el argumento de la reciprocidad para pedir que me atiendan en un mostrador del gigantesco aeropuerto de Abu Dabi con una medalla bien visible de la Virgen de Lourdes. La reciprocidad se puede exigir entre iguales, y los estados islámicos viajan varios siglos por detrás de nosotros en cuanto al respeto por los derechos individuales y la separación de lo religioso de la esfera pública. Tampoco creo que la mayoría nos escandalicemos por la exhibición de símbolos religiosos. El desasosiego lo origina la sospecha de un retroceso lento, sin retorno, por un camino que ni nos gusta ni hemos elegido. Esa sensación de cesión permanente de espacios e ideas que creíamos conquistadas para siempre la confirma el afán de la interesada por publicitar una sentencia que en teoría afecta a su intimidad. Y también la reacción de la Liga Musulmana al manifestar que “por fin se empieza a respetar en España el derecho a la libertad religiosa”, como si fuera el inicio de algo más grande, como el mismo Alá. Lo que hace siglos nosotros llamamos “poner una pica en Flandes”.

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One Comment

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  1. De acuerdo, sin dudas. Es más, creo que el buenismo es uno de los grandes problemas actuales. Y si no, que se fijen en el PSOE!

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