BALTI O EL ASALTO A LOS CIELOS

En estos días de furia y ruido se agradece un oasis de reflexión y buenas formas. Manual Arias Maldonado estuvo en Palma presentando su ensayo “La democracia sentimental” (Editorial Página Indómita), y nos dejó un análisis sereno y lúcido de lo que está ocurriendo en la política local y global. Acompañado por el articulista de esta casa, Daniel Capó, Arias detalló las causas de la crisis de las democracias representativas, un problema complejo que sólo admite soluciones complejas, y por ahí ya nos vamos alejando del populismo. El autor le había contado a Virginia Eza en este periódico que el “ironista melancólico” que él propone es un ciudadano que no cree en las verdades absolutas, que entiende que la política no puede ofrecer nunca soluciones universales, y que por ello rebaja un tanto sus expectativas a la hora de decidir el voto.

Para ilustrar la crisis de las democracias representativas no hace falta viajar a Estados Unidos, a Francia, o al Reino Unido. Ni siquiera necesitamos volar hasta Madrid. El show al que hemos asistido la semana pasada en el Parlament de Balears ilustra con nitidez la degradación de la vida pública, el nivel subterráneo alcanzado por una clase política impávida ante el bochorno que provoca en sus ciudadanos. La versión sonrojante del juego de las sillas que practicaron sus señorías en el último Pleno da la medida del respeto que ellos mismos tienen por su función: ninguno. Todo por una venganza infantiloide destinada a ridiculizar a dos diputadas que ya han hecho el ridículo suficiente por sí mismas, sin ayuda de nadie.

Dice Arias Maldonado en su ensayo que “entre las ventajas de la democracia representativa se halla la de que esta puede funcionar aunque los ciudadanos no se caractericen por su especial sofisticación, a diferencia de los modelos basados en la participación directa”. Quiere esto decir que no hay problema en que un carpintero metálico presida el Parlament. Seamos justos: si un electricista que provenía del sector metalúrgico llegó a Ministro del Interior para apadrinar una “Ley de la patada en la puerta”, ¿por qué Balti no puede ser la segunda autoridad de Balears? En esto consiste también la democracia imperfecta, en encajar perfiles originales, o al menos novedosos, en las más altas instituciones. Pero el dilema es de más calado. Se trata de determinar si es razonable que partidos políticos que dicen creer en la democracia representativa pongan un parlamento en manos de quienes abogan por modelos asamblearios o de participación directa. Dicho de otro modo, si la democracia representativa debe facilitar su propio debilitamiento desde dentro, si es prudente azuzar una amenaza interna que con su discurso y su praxis política deslegitima el sistema de representación cuando no son ellos los que ganan las elecciones.

Podemos no quiso participar del gobierno del cambio en Balears gestado en junio de 2015, pero sorprendió a sus socios pidiendo la Presidencia del Parlament, un cargo de alto contenido institucional y de representación, y que por tanto conlleva una cierta imparcialidad. De inmediato entendimos el propósito: un Parlament “abierto a todo el mundo” -como si hasta entonces estuviera cerrado- para “amplificar la voz de la gente”. La cámara legislativa como “ágora de la vida política” en el sentido de la vieja polis griega, el lugar de reunión de los ciudadanos para discutir sobre los problemas de la comunidad, sin intermediarios. Pero Xelo salió rana y fue por libre, más preocupada por sus gastos de representación, su relevancia pública y sus cuitas personales con Francina Armengol, que por convertir la institución en un escaparate permanente de la indignación popular. Ahora en Podemos se aferran a una segunda oportunidad, tratando de colocar en la Presidencia del Parlament a un chico del que hablan bien, buena persona y más predispuesto a convertir cada pleno en una caja de resonancia para animalistas, republicanos, ecologistas, pobres energéticos, defensores de su memoria histórica, deshauciados, trabajadores abusados, camareras de piso explotadas, inmigrantes sin papeles, docentes de verde, opositores a Trump, activistas antiglobalización, simpatizantes de la causa saharaui, palestina, o de los sioux de Dakota, fumadores plenamente implicados en la legalización del cannabis, hoteleros no inscritos en la FEHM… o sea, la gente.

Manuel Arias cita a Montaigne cuando escribe que “la cólera y el odio sobrepasan el deber de justicia. Que emplee la pasión quien no puede emplear la razón”. Imagino que las reflexiones de este intelectual les puedan resultar un tanto lejanas a la intelligentsia del PSIB, pero el empleo permanente de las emociones como combustible para caldear la atmósfera parlamentaria tiene consecuencias más cercanas. El sistema representativo se degrada en su conjunto, claro, pero el primer damnificado es el gobierno, cuya acción ejecutiva y sus propuestas legislativas pierden visibilidad y pasan a un segundo plano. No parece descabellado pensar que estas dinámicas circenses en el Parlament se irán acentuando conforme se acerquen las elecciones, y convertirán el último tramo de legislatura en un auténtico vía crucis para Armengol, que ya ha tenido ocasión de comprobar la madurez de su socio externo, y su lealtad a la hora de compartir las decisiones más difíciles de su gobierno.

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