TINA Y TANIA

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Una belleza de la época, sensual y misteriosa, camina colgada del brazo de su amor por una calle de Ciudad de México. Salen de un mitin político, que será el último para él. La primera bala le atraviesa el brazo izquierdo y el intestino. La segunda le perfora un pulmón. El 10 de enero de 1929 el comunista cubano Julio Antonio Mella cae abatido a tiros en presencia de su pareja, Tina Modotti. Costurera, modelo, fotógrafa, revolucionaria, luchadora social y emblema de libertad para miles de mujeres oprimidas, en el interrogatorio policial Modotti incurrió en graves contradicciones frente al relato de otros tres testigos oculares. La justicia mexicana nunca llegó a esclarecer aquel crimen, y Modotti abandonó el país bajo la sospecha de haber colaborado, o al menos conocer a los autores del atentado. Toda su vida arrastró aquella culpa.

Tina Modotti formaba parte de “la banda de los trece”, un reducido grupo de artistas y activistas políticos en aquel México efervescente de comienzos del siglo XX. Tina fue amante de al menos cinco de sus miembros. Mella era uno de ellos, pero antes había estado con el fotógrafo norteamericano Edward Weston -posterior mentor de su carrera artística- y con los pintores Diego Rivera y Xavier Guerrero. El quinto, el que sustituyó a Mella en el corazón de Tina, fue el italiano Vittorio Vidali. Vidali fue el autor intelectual del asesinato de Mella, y todo apunta a que Tina ya lo sospechaba en el momento del tiroteo. Más tarde lo supo con total certeza: “no es más que un asesino, y me arrastró a un crimen monstruoso. Lo odio con toda mi alma, pero estoy obligada a seguirlo hasta el final. Hasta la muerte”. Vidali era el “señor Lobo” de Stalin en México, el limpiador antitrotskista que más tarde fue enviado a España a depurar disidentes. Jesús Hernández, ministro de aquel gobierno republicano, afirmó en sus memorias que Vidali fue el cerebro de la captura, tortura y asesinato de Andrés Nin durante la Guerra Civil Española. Este es el carnicero que enamoró a Modotti y la convirtió en espía de Moscú por el mundo.

A pesar de la calidad indudable de la obra fotográfica de Tina Modotti, su personaje no es tan conocido como el de su íntima amiga y confidente, Frida Kahlo. La pintora mexicana es fija en todas las listas de mujeres que cambiaron el mundo. Su rebeldía contra los hábitos sociales, su defensa de la mujer en el arte y la resistencia física y mental a sus padecimientos corporales la convirtieron en una heroína del feminismo en los años ochenta. La dependencia emocional de Modotti por un liquidador sin escrúpulos como Vidali puede resultar patológica, algo excepcional en una mujer de su personalidad, pero Frida Kahlo contó que “una vez, en una fiesta de Tina, Diego disparó contra un fonógrafo. En ese momento empecé a interesarme por él, a pesar del temor que le tenía”. Diego es Diego Rivera, el que fue su marido en dos ocasiones, un genio brutal y pendenciero, un depredador sexual que entre sus numerosas infidelidades llegó a incluir a Cristina Kahlo, la hermana pequeña de Frida.

Me vengo a referir a que esta fascinación femenina por el macho alfa en la izquierda radical viene de lejos. Está en su ADN, y ni siquiera en esto ha conseguido ser original la “nueva política”. Si uno repasa el listado de lideresas en la cúspide de los movimientos políticos, las encuentra de casi todos los colores. Hasta hace bien poco sólo había dos ideologías que nunca había sido encabezadas desde lo más alto por una mujer, pero el ascenso de Marine Le Pen en la extrema derecha francesa deja el dudoso honor del pleno histórico masculino a la extrema izquierda. Ahora, Iñigo Errejón denuncia en uno de sus documentos el machismo en Podemos, un exceso de testosterona en su funcionamiento interno, y “una agresividad en el debate que expulsa sobre todo a las mujeres”. Es cierto que esas dinámicas repelen a muchas mujeres, pero es obvio que atraen otras. Es asombroso el arrobamiento femenino que se aprecia ante la violencia argumental, incluso gestual, que a menudo emplea Pablo Iglesias.

Hoy, el mundo en general y la extrema izquierda en particular están mejor que en 1929. Las ejecuciones de entonces a balazos a la salida de un mitin se han sustituido por tuits, que no matan pero denigran la imagen del compañero revolucionario. Se reemplaza así la balacera contra el disidente por el hashtag ofensivo lanzado desde el aparato de la organización, que deja huellas digitales, claro, pero no manchas de sangre. Algunas mujeres de Podemos, como Carolina Bescansa, lo han advertido desde dentro y se han apartado de esa línea de fuego que abrasa el debate de ideas y funde la dignidad femenina. La última aportación del gran líder a su duelo en el Ok Corral de Vistalegre ha pasado bastante desapercibida por lo sutil, pero supura una vez más un machismo insoportable. Según Iglesias, ahora la corriente anticapitalista es “la corriente de Miguel” (Urban), mientras que la corriente de Errejón es la corriente de “Iñigo y Tania”. El macho-alfa se basta solo para el combate, pero el macho-niño necesita una mujer a su lado para enfrentarse a él.

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