LA MÁSCARA

Es sabido que el pesimismo tiene buena prensa y es propio de personas inteligentes cuya capacidad de análisis supera la media del pueblo llano. Es paradójica esa lucidez para verlo todo negro, una clarividencia que no admite dudas sobre un futuro apocalíptico. Yo a veces me creo inteligente y me pongo en ese plan, pero se me pasa rápido. Y luego está la salud mental. Por más que me asalte el pánico al folio en blanco, mi psiquiatra me tiene prohibido escribir más de una columna al mes sobre Podemos o sobre el nacionalismo más ruidoso y cansino que hemos de padecer. Lo tengo comprobado: si me encuentro espeso para escoger un tema sobre el que escribir, en seguida me vienen a la cabeza un par de artículos con círculos y cuatribarradas. Esta geometría variable, aunque aburrida, siempre ayuda a salir del paso, pero ya digo que hago caso al psiquiatra y trato de no abusar de esas pastillas tan útiles para el columnista que suministran las huestes de Pablo y los impulsores del procés. Tras dos semanas de excesos navideños vamos con la última copa de cava, por supuesto catalán.

Trato de disimularlo para no parecer tonto, pero a veces me invade un sentimiento de optimismo, una confianza inexplicable en el género humano. Séneca decía que “lo que la ley no veda puede vedarlo el pudor”. Es lo que ha sucedido el jueves pasado en la cabalgata de Reyes de Vic, donde estaba previsto que miles de niños portaran farolillos con la estelada, para así orientar mejor a Sus Majestades en su ruta hacia una arcadia independiente, feliz y catalana. Si de paso dejaban algún regalo a los chavales, pues mejor. Al final, con todo organizado y las cámaras de TV3 enfocando en directo los rostros ilusionados de los párvulos, parece que a una mayoría de “indepes” le resultó excesiva semejante obscenidad, y encontraron poco adecuada la utilización de sus hijos en una manifestación nacionalista encabezada por tres individuos disfrazados de magos de Oriente.

La escenificación prevista para ser retransmitida por la televisión pública catalana resultaba tan impúdica que personas nada dudosas de su compromiso independentista se manifestaron incómodas, o directamente en contra de convertir una tradición infantil en una reivindicación política. ¿Todas? No. Como en la aldea gala de Astérix, los más fuertes resisten. Jordi Sanchez, presidente de la Asamblea Nacional Catalana que organizaba esta parada de los horrores, aseguró que los farolillos con estelades eran una “tradición” en el pueblo desde hace cuatro años -al parecer los plazos son más asequibles de alcanzar en las tradiciones nacionalistas que en las religiosas, que por lo general se miden en siglos- y enmarcó el llamamiento en un “acto de normalidad”. Oscar Wilde escribió que “un hombre es menos auténtico cuando habla por cuenta propia. Dadle una máscara y os dirá la verdad”. Con la máscara de la ANC bien colocada en su jeta, Sánchez nos ha revelado su verdad, y muchos independentistas con hijos o nietos en edad de despertarse el seis de Enero ojipláticos y dando gritos de alegría, se han asustado.

Los hombres no encuentran más que tres frenos: la fuerza física, la fuerza de la ley y la vergüenza. Es esta última la que comienza a resquebrajar los proyectos totalitarios llevados siempre adelante en nombre de un pueblo. Los movimientos de masas son una enorme locomotora de vapor que exige cada día más madera para incrementar, o al menos mantener, la velocidad de crucero del proyecto político. La reclamación de esfuerzo va en aumento, y termina por reducir el espacio de libertad individual a límites difíciles de soportar. Es lo que ha sucedido en Vic, y lo que terminará ocurriendo en el Camp Nou, en los campus universitarios o en cualquier asociación de vecinos. El individuo sano necesita un mínimo de oxígeno no politizado para sobrevivir, pero este espacio de libertad individual debilita el proyecto de construcción nacional, la dictadura del proletariado o la supremacía de la raza aria, por poner algunos ejemplos. Esta es la contradicción esencial que históricamente ha convertido en inviables el nacionalismo identitario, el comunismo y el fascismo.

Por eso, en condiciones de estabilidad y mínimo bienestar social, estas ideologías no son capaces de construir consensos amplios o de alcanzar mayorías suficientes por vías democráticas. En ellas no hay espacio para la divergencia, y no existe proyecto común viable y duradero sin individuos libres. Los movimientos de masas necesitan disfrazarse, parecer algo distinto a lo que son, apelar a los sentimientos y no a la razón, mostrar una cara más amable y risueña. Es entonces cuando comienzan a hablar con la máscara puesta, y ahí se les entiende todo. Aparece entonces el pudor, que en palabras de Víctor Hugo es “la epidermis del alma”. Por eso soy optimista, porque no hay suficientes hombres sin alma, y porque raras veces aparece una masa suficiente de votantes sin pudor para hacer realidad los delirios de una minoría que, aunque pueda disimular un rato, el tiempo termina por demostrar que no conoce la vergüenza.

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2 Comments

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  1. Excelente, como casi siempre, amigo! Desde mi punto de vista, sólo ha faltado una palabra: hacen trampas, de forma sistemática, obscena, premeditada, con nocturnidad y alevosía…A propósito del nacionalismo…

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