INTELIGENCIA EJECUTIVA, PARA HOTELEROS

Hace quince días dejábamos escrito en esta misma página que la paciencia no es global, y que el modelo salarial y de relaciones laborales en una economía desarrollada no puede contar con la mansedumbre ovina que se observa en otros lugares. Sea por cuestiones culturales -como en la India- o por la bota de un sistema totalitario apretando el cuello de los trabajadores -como el en el caso de Cuba- la resignación con que se asumen unos salarios de subsistencia en los países en vías de desarrollo no constituye un factor exportable al resto del mundo. Si alguno de los grandes hoteleros mallorquines considera la pachorra de esta santa tierra como una fortaleza más de su negocio, quizá sea porque no es capaz de escuchar a lo lejos los tambores de guerra. Anticiparse a las crisis es lo que permite a las organizaciones no sólo sobrevivir, sino progresar en un entorno cambiante.

El Presidente de AC Hoteles, Antonio Catalán, ocupó todas las portadas el mes pasado con un alegato en contra de los beneficios excesivos en el sector turístico. Habló de revertir externalizaciones, de subcontrataciones abusivas y de diferencias salariales imposibles de defender desde la honestidad empresarial. Según parece al día siguiente se tuvo que poner a hacer los deberes en su propia casa, pero el discurso fue impactante porque ponía el foco sobre una evidencia: el turismo es un sector de personas, no tecnológico, ni industrial, y los costes salariales no se pueden tratar como el de los chips, o los tornillos, porque eso podría llevar a la quiebra del modelo de negocio. Pocos días después Iberostar celebraba su 60 aniversario, y su presidente Miguel Fluxá solicitaba a las autoridades políticas caminar de la mano y que les ayudaran a mejorar la imagen del sector hotelero. Miguel Fluxá es un hombre inteligente que sabe que la imagen de un sector no se cambia diciendo cosas distintas, sino haciendo cosas distintas. El se aplica el cuento en casa, y por eso su organización celebra cumpleaños sexagenarios con unos elevados niveles de satisfacción en su plantilla, que se traducen en un servicio excelente. No es el único caso: este año la compañía hotelera RIU ha decidido repartir parte de sus beneficios entre sus trabajadores. Esto sucede porque la ética rinde beneficios a las empresas que quieren perdurar en el tiempo, no a expoliadores que agarran los beneficios y desaparecen más pronto que tarde.

La idea anterior es una de las perlas que dejó el pasado viernes en Palma el filósofo José Antonio Marina. Invitado por la APD de Baleares, Marina habló también de inteligencia colectiva. Si la aplicamos a las relaciones de pareja, la ausencia de inteligencia colectiva explica que dos personas inteligentes constituyan un matrimonio estúpido. Algo parecido sucede con los hoteleros mallorquines, donde el inmovilismo de alguno de los cónyuges perjudica notablemente la reputación del sector. El vigente convenio colectivo expira en abril de 2018, pero con cifras de ocupación y rentabilidad en máximos históricos ningún empresario que no esté aquejado de miopía aguda puede negar la necesidad de abordar esa revisión para la temporada que viene. Y no sólo para prevenir tormentas mayores en forma de conflictividad laboral y deterioro de la imagen del destino. Es una cuestión de sostenibilidad social, que es la que garantiza un futuro próspero. A algunos esto les sonará a poesía, o a certificados de responsabilidad social colgados en los despachos de altos ejecutivos, pero no lo es. Se trata de puro pragmatismo. El presidente del Círculo de Economía de Cataluña, Anton Costas, advertía recientemente de la ruptura de la conexión entre crecimiento económico y progreso social. Dicho de otra manera: el incremento de los salarios y la lucha contra la desigualdad es el mayor de los frenos a los populismos, que han hecho de la manipulación de la frustración el motor de su avance electoral.

Para Marina la inteligencia ejecutiva es la que rige sobre todas las demás, porque supone la capacidad para dirigir bien el comportamiento, eligiendo las metas, aprovechando la información y regulando las emociones. No es por tanto una mera cuestión de conocimientos, y en ese sentido todos podemos ser inteligentes porque todos ejecutamos acciones. El filósofo inventó en uno de sus libros un “Congreso Virtual sobre Inteligencia Ejecutiva”. Allí se encontraba con un becario enviado por una agencia de noticias para cubrir el acto, y le preguntaba al chico si sabía qué era la inteligencia ejecutiva: “claro, es la inteligencia de los directores de empresa, de los ejecutivos. El mismo nombre lo indica”. Lo que sería deseable para nuestro futuro colectivo es que ninguno de los grandes directivos del sector hotelero en Balears, en España y en el mundo se comportara en este punto con la inexperiencia y la cortedad de miras de un becario.

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