¿EL SILENCIO DE LOS CORDEROS?

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        Susan Sontag escribió que “la compasión es una emoción inestable. Necesita traducirse en acciones, o se marchita”. Por eso guardamos minutos de silencio, con cierta generosidad, sin escrutar demasiado la trayectoria del finado. Hemos mostrado respeto por víctimas del terrorismo de vidas nada ejemplares. Y mujeres asesinadas a manos de sus parejas habían abandonado en vida a sus hijos. No es lo habitual, pero a veces sucede. Sin embargo preferimos quedarnos en la compasión por el muerto y sus allegados. Quién sabe si la anciana que falleció hace unos días en el incendio provocado en su casa por una vela era una buena mujer. Seguramente sí, pero no importa. Nadie debería morir porque una compañía eléctrica le corta el suministro por impago. Por eso nos manifestamos en silencio, no como homenaje, sino como muestra de respeto más allá de las palabras.

Ya digo que hay que insistir en la necesidad de acción para mostrar humanidad, que es eso que nos permite convivir sin sacarnos los ojos. Frente al resto de especies animales, el hombre tiene el privilegio de manifestar duelo por desconocidos. La antropóloga Jane Goodall dedicó 55 años a estudiar las interacciones sociales y familiares de los primates, y sólo observó compasión entre una madre y su cría. Toda una vida para concluir que, a pesar de tantas similitudes entre el hombre y el mono, la compasión es una característica esencialmente humana. Y ese esfuerzo por mostrar compasión no sólo nos humaniza, sino que nos aparta del odio. Para Plutarco “el odio es una tendencia a aprovechar todas las ocasiones para perjudicar a los demás”. Por eso a la gente de bien, la mayoría, le cuesta hablar mal del que acaba de morir, porque es la peor ocasión. No es hipocresía social, son modales. Y son los modales los que establecen la diferencia entre la civilización y la jungla, entre una sociedad y una manada.

Estos convencionalismos son los que nos permiten escuchar una opinión abyecta, y departir con su autor sin mayores problemas. Nos permiten criticar una ideología concreta, y preocuparnos por un problema de salud de alguno de sus defensores. Porque la generosidad es una virtud moral, no política. Todo esto lo intuimos muchos, que sin saber cómo somos capaces de separar una cosa de la otra. Presentimos que un mundo inundado completamente por la política sería irrespirable, y buscamos oxígeno fuera de ella. Y no sólo eso. La compasión, la generosidad, el perdón, nos hacen sentir bien porque son signos de superioridad frente al miserable. No sé dónde leí que los malvados son como las moscas, que recorren el cuerpo de los hombre y sólo se detienen en las llagas. Por eso Gabriel Rufián, Joan Baldoví y tantos otros que fueron feroces en sus críticas a Rita Barberá, callaron sesenta segundos, sólo sesenta, porque en vida le habían dicho todo lo que le tenían que decir. Eligieron ser personas, y no moscas que se posan en las llagas, o en la mierda.

Hay una edad en la que uno comienza a quitarle hierro a muchas cosas. Chesterton, que era un genio, decía que “no tiene importancia maldecir al vecino, siempre que no nos admiremos a nosotros mismos”. El minuto de silencio por la muerte de Rita Barberá se convirtió en el minuto de gloria, otro más, de Pablo Iglesias, un gran admirador de sí mismo. Podía haber quedado ahí, otro barullo mediático que retrata al personaje de cuerpo entero. Pero no era suficiente. Días después el líder de Podemos ha declarado que “”lo que me encuentro en la calle son felicitaciones y que por fin haya alguien que no sea hipócrita y habla nuestro lenguaje”. No hombre no, no es eso. A mi sólo me paran señoras mayores en El Corte Inglés para decirme lo mucho que les gustan mis artículos, y mis intervenciones en televisión. El resto, los que se ciscan en mis muertos cada lunes al leerme, levantan levemente las cejas o desvían la mirada. Es así como funciona el invento, para poder soportarnos personas que no hemos elegido compartir el mismo planeta, ni la misma ciudad, ni el mismo supermercado.

Cuando muera Pablo Iglesias -y ojalá Dios lo mantenga entre nosotros como mínimo hasta los noventa, como a su admirado Fidel Castro- guardaré un minuto de silencio. Ese día olvidaré su ruindad moral, y esa obsesión tan preocupante en democracia por dar miedo a los que no piensan como él. No será un homenaje, sino una muestra de compasión hacia el dolor de sus padres, sus amigos, hacia Tania, Irene y todas las que pasaron buenos ratos en su compañía. Y también lo haré en señal de respeto por los cinco millones de votantes que en algún momento confiaron en él y en sus ideas como solución a los problemas de este país. Iglesias discrepa porque parece identificarse más con otro modelo de empatía, y de silencio: “¿buscas compasión? la encontrarás en el diccionario entre colitis y complicidad”. La frase es de Thomas Harris, el creador del personaje de Hannibal Lecter que protagoniza “El silencio de los corderos”.

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