TRUMP, FILÓSOFO

He imaginado qué ocurriría si decidiera agarrar por el sexo a algunas mujeres que conozco. Previamente seleccioné una muestra lo más ajustada posible al universo femenino con el que me relaciono. Las escogí guapas y feas, casadas y solteras, listas y tontas, jóvenes y maduras, trabajadoras y ociosas, ambiciosas y conformistas, tímidas y atrevidas. En mi delirio, incluso me permití añadir un par de ellas que pudieran albergar un remoto interés físico en mi. Todas sus respuestas giraban en torno a una misma acción: rodillazo en los testículos. Mi conclusión sincera de semejante experimento admitía tan poca controversia que tuve que rebajar la premisa inicial. Pasé a imaginar qué ocurriría si me limitara a decirles que iba a poner mi mano sobre sus genitales, sin llegar a hacerlo. En este caso las reacciones eran más variadas: asco, vergüenza, pena, desprecio, indiferencia… también aparecía algún sopapo. No había dudas. Todas las mujeres del experimento empeoraban su opinión sobre mi en diferente grado -y eso que en algunos casos era difícil- y por tanto mi posición frente a ellas a la hora de solicitarles algo quedaba muy debilitada. Donald Trump pidió el voto a todas las electoras norteamericanas, y treinta millones de ellas se lo concedieron. Si excluimos la diferencia de poder entre un millonario Presidente de Estados Unidos y un articulista de provincias, mi ensayo mental demuestra un error común que cometen la personas en general, y los analistas políticos en particular: la tendencia a pensar que, a grandes rasgos, los mecanismos de decisión del electorado funcionan de una manera similar a los de tu entorno más próximo.

Confío en que el primer párrafo de esta columna ayude a disipar una idea estúpida que últimamente gana adeptos: criticar a Trump supone instalarse en la corrección política y social. Ahora resulta que para salirse del mainstream hay que encontrar las virtudes de un personaje atrabiliario como el presidente electo de Estados Unidos. Toda la vida lo fácil había sido alabar al que gana, ponerse del lado del que ostenta el poder. Pero los tiempos avanzan una barbaridad, y ahora lo original es encontrar alguna gracia en la zafiedad y la mala educación de un triunfador de casino. Es la gran paradoja de la era digital, que en realidad supone un retorno al blanco y negro de principios del siglo XX. No hay matiz posible en el moderno pensamiento binario: cero, uno, o conmigo o contra mi. La nueva política se convierte así en una gigantesca trinchera ideológica, más ancha y profunda que ninguna de las conocidas tras la Segunda Guerra Mundial.

Ya digo que a Trump le han votado millones de mujeres susceptibles de ser agarradas por ahí. Pero también le han votado inmigrantes de origen hispano que han considerado que sus amenazas durante la campaña electoral no iban con ellos, practicantes del credo musulmán que no se han sentido aludidos por sus observaciones sobre la seguridad nacional, pobres indiferentes a la jactancia de Trump sobre su habilidad para no pagar impuestos durante décadas, homosexuales de extrema derecha sordos ante la homofobia patológica del candidato. Todo esto es perfectamente posible porque Trump no ha alcanzado su victoria a lomos de un discurso, sino de tuits. En contra de lo que algunos creen, el populismo se construye sobre un no relato, o si se prefiere, sobre una narrativa que no precisa de coherencia, y que justo por esa condición es capaz de llegar a cualquier votante venciendo sus contradicciones.

El filósofo Byung-Chul Han explica que “el enjambre digital no es ninguna masa porque no es inherente a ninguna alma, a ningún espíritu”. Son individuos aislados, cada uno con sus propios intereses, que no desarrollan ningún nosotros. En esto consiste la auténtica revolución de nuestro tiempo. Por eso Trump se ha impuesto contra pronóstico a una inmensa mayoría de colectivos que lo rechazaban, en un triunfo incomparable del individualismo sin límites. El Make America great again decae como slogan electoral para convertirse en un conjuro mágico. No hace falta definir América, ni un proyecto común, porque América eres tú. La capacidad de seducción de Trump resulta así hechizante: os diré a cada uno lo que queréis escuchar. Tomad lo que os guste y olvidad el resto.

El error ha estado en despreciar el idiotismo de Trump. Deleuze dijo que “hacerse el idiota ha sido siempre una función de la filosofía”. Desde Sócrates -que sólo sabía que no sabía nada-pasando por el idiota de Descartes -que lo ponía todo en duda- hemos llegado al idiota moderno encarnado en Trump, que no pretende alcanzar ninguna evidencia sino convertir lo absurdo en un motor del pensamiento. Por eso el idiota es el hereje de nuestros tiempos, alguien que tiene el valor de desviarse de la ortodoxia y convertir su no discurso en una praxis de libertad que se opone a todo poder. Trump emerge como un héroe de la resistencia contra la “violencia” del consenso, un marginado recluido en su torre de oro que no precisa de ideología ni comunicación coherente, porque va contra todos. Por eso no importa por dónde agarre a las mujeres, ni cuántos inmigrantes expulse. El está en el abracadabra.

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