NADAR HASTA HUNDIRNOS

Hace tiempo que Albert Camus separó el grano de la paja cuando escribió que “el único problema filosófico verdaderamente serio es el suicidio”. El gobierno holandés pretende aprobar una reforma legislativa que permitirá aplicar la eutanasia a las personas “cansadas de vivir”, aunque no padezcan ninguna enfermedad terminal o que les cause un padecimiento insufrible. Los ministros de salud y justicia han propuesto al Parlamento que “los adultos mayores que consideren que su vida ya no tiene sentido deberían poder ponerle fin de una forma digna”. Han concretado un poco más al referirse a “todas aquellas personas que se levantan cada día con la desagradable evidencia de que no han muerto durante la noche y que sólo esperan que el nuevo día sea el último”. A mi hay días que me gustarían que fueran el último, que el mundo se parara para poder bajarme de él, y abandonar así este olor a vomitona moral que nos envuelve.

Nos cuesta hablar del suicidio porque intuimos la existencia de un gesto final de valentía que la mayoría no hemos tenido necesidad de plantearnos. En la hipótesis de llegar al borde del precipicio, dudamos de nuestra capacidad para dar el último paso. Entonces asoma el respeto camusiano, o la compasión de Cesare Pavese: el suicido no es ya un hacer, es un padecer. Y ahí encontramos una postura intelectual más comprensiva, menos crítica. Pero tuvo que llegar el relativismo moral para convertir el suicidio en un acto elegante, irrefutable, digno de admiración, y al que por tanto se debe ayudar para otorgarle la dignidad que se merece. Si la vida ya no es digna, procuremos una muerte digna. No es una cuestión de vida o muerte, sino de morir de una u otra manera. Para mi esto es difícil de rebatir en el caso de enfermos terminales en pleno uso de sus facultades mentales. Sin embargo, como en el problema de la manipulación genética, intuíamos una puerta hacia lo tenebroso de difícil retorno. Las dudas estaban justificadas. Sólo era cuestión de tiempo llegar a un planteamiento tan abyecto como el que ahora se formula en Holanda.

Facilitar el suicidio a personas hastiadas de vivir supone asumir un fracaso colectivo, y también hacer realidad lo que no deja de ser un engaño: abandono la vida porque ella me ha dejado antes. Y esto no es lo peor. Con esta propuesta desaparece el suicidio como lo entendieron Nietzsche o Cioran. Para el filósofo alemán no había nada más consolador que pensar en la propia muerte para poder sobrellevar una mala noche. Y Cioran confesó que únicamente vivía porque podía morir cuando quisiera: “sin la idea del suicidio hace tiempo que me hubiera matado”. Algunos pensarán que este es un pensamiento tan retorcido que sólo está al alcance de inteligencias superlativas y atormentadas, pero la alpinista Edurne Pasabán le ha hecho esta misma confesión hace unos días al periodista Jon Sistiaga en un programa de televisión sobrecogedor con testimonios sobre la muerte. Vemos como, en manos de políticos modernos, el relativismo moral pulveriza el suicidio como idea que ayuda a sobrevivir para convertirla en un derecho individual que puede exigirse al Estado. Y ya puestos, hace innecesario el necesario arrojo final que algunos juzgan admirable: la administración te dará todas las facilidades para que no dudes en dar el último paso. La disponibilidad sobre la propia vida no puede consistir en un cómodo paseo subvencionado con dinero público.

Entre tanto, la ONG española Adopta Un Abuelo acaba de recibir el premio a la Juventud Europea en activismo social. Fundada hace dos años por un joven menos moderno que los ministros holandeses, su objetivo es combatir la soledad de algunas de las 329.000 personas mayores que viven en residencias de ancianos en nuestro país. La idea es sencilla: que esas personas se sientan acompañadas, útiles, queridas y escuchadas. Tienen ya más de mil solicitudes para instalarse en otros nueve países. Queremos una sociedad más humana y habitable, pero un país que dedica recursos a asistir el suicidio de personas mayores en situación depresiva, o asimilable, o que legisla para facilitar su decisión de morir, sólo contribuye a deshumanizar el mundo. Joseph Conrad escribió: “que piensen lo que quieran, pero no pretendía ahogarme. Tenía intención de nadar hasta hundirme, que no es lo mismo”. Un sociedad impregnada de humanismo sólo puede proporcionar flotadores a sus mayores, no piedras para sus bolsillos que agilicen el hundimiento.

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