DE PINTXOS

pintxos

Estuve de pintxos por la parte vieja de San Sebastián hace unas semanas. La última vez que paseé por allí fue hace cuatro años. Han cambiado algunas cosas, y otras no, como la vida misma. Permanece en cada bar el espectáculo visual de las barras repletas de pequeñas genialidades gastronómicas esperando que te precipites sobre ellas como Trump sobre una mujer, por instinto animal y sin mesura. Pero uno se contiene porque es educado y sabe que hay más bares. Pero ha cambiado el paisaje del barrio. Se encuentran más tiendas de souvenirs con el producto estrella para los visitantes: la típica txapela vasca. Se ven heladerías en cada esquina, algunas boutiques de ropa exclusiva y productos delicatessen. También ha variado el paisanaje. Lo viejo de Donosti está repleto de turistas, sobre todo franceses, pero también ingleses, americanos… y españoles. Menos estética borroka y más gorras y cámaras de fotos. Y una atmósfera más liviana, menos densa, más relajada. El jueves pasado se cumplieron cinco años del anuncio del “cese definitivo de la lucha armada” por parte de ETA.

Ya digo que las cosas han cambiado, muchas a mejor, pero no todas. El hombre es un animal de costumbres y yo, sin darme cuenta, me sigo comiendo los pintxos acodado en la barra y girado hacia la puerta de entrada al bar, nunca de espaldas. En realidad, como bien saben mis amigos, intento sentarme de cara a la puerta en cualquier restaurante, por costumbre. Me lo recomendó hace veinte años Isidro, el policía nacional que más tiempo permaneció junto a mi padre como escolta. Lo hizo al día siguiente que un pistolero le levantara la tapa de los sesos a Gregorio Ordóñez en La Cepa, otro templo del buen comer en lo viejo de Donosti. Según reza la sentencia que condenó a los autores materiales del asesinato, “la bala penetró por la región parieto-temporal izquierda alta y, siguiendo una trayectoria descendente y oblicua, salió por la región retromandibular a nivel del tercio medio de la rama ascendente derecha”. O sea, que un tipo que estaba de pie lo mató por la espalda cuando estaba sentado. Entonces le repliqué a Isidro que no tenía muy clara la utilidad de su consejo si un terrorista se te acerca con una pistola en la mano. “No creas -me contestó- hay algunos psicópatas en ETA, pero la mayoría son muy cobardes. Es mucho más difícil disparar a alguien que te está mirando a los ojos”.

Como hay cosas que no cambian, en otro alarde de bravura hace unos días varias decenas de nacionalistas radicales propinaron una paliza en un bar de Alsasua a dos guardias civiles y a sus parejas. Y llegaron las explicaciones. No debían estar allí, fue una provocación, los medios de comunicación manipulan, es una consecuencia del conflicto político, un montaje policial…en fin, la verborrea de toda la vida. Hasta el PSOE de Alsasua se sumó a esa cantinela infame manifestando su “preocupación y malestar por la masiva presencia de la Guardia Civil en el pueblo”. Que un concejal socialista firme semejante despropósito prueba una de las mayores falacias que venimos escuchando los últimos años: que la sociedad vasca, y la navarra, han derrotado a ETA.

kale

En Euskadi ya nadie se agacha cada mañana para buscar una tartera con explosivos en los bajos de su coche. Y no hay que acudir cada dos por tres a funerales por difuntos con una agujero de bala en la cabeza. Objetivamente son buenos datos. Pero la violencia ejercida durante décadas por una minoría no se esfuma por un comunicado de ETA, ni con los proetarras integrados en las instituciones vascas. El Estado de Derecho ha derrotado a ETA con la Ley en la mano. Aunque los hijos de Batasuna lo sigan negando, eso lo saben todos los demócratas. Pero la derrota social de esta tropa aún queda lejos. Es algo más que evidente fuera de las grandes ciudades, donde persisten comportamientos cotidianos incompatibles con la libertad y la convivencia pacífica. En los pueblos de plomo del País Vasco y Navarra el proceso de deslegitimación de la violencia etarra avanza mucho más lentamente de lo que el nacionalismo democrático nos quiere hacer creer. Quedan más de 300 asesinatos por resolver, pero en los últimos cuatro años casi la mitad de los presos de ETA han salido a la calle para ser recibidos en sus pueblos con honores.

La equidistancia, el pasar página a toda velocidad, funciona como una droga paliativa: adormece, mitiga el dolor, pero no cura la enfermedad. La gente de bien quiere paz, claro, pero la realidad demuestra que no es posible a cualquier precio. En Colombia los ciudadanos se han negado a indultar el narcoterrorismo de las FARC a través de un acuerdo de paz vergonzante. Porque allí, al igual que aquí, la mayoría entiende que sí hubo buenos y malos, víctimas y asesinos, inocentes y culpables. Y esa mayoría está dispuesta a demostrar su superioridad moral frente a los bárbaros a través del perdón y la generosidad hacia el arrepentido, pero no falseando la historia. Porque en eso consiste también la democracia: en salir de pintxos, o de copas, por donde te de la gana.

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