POR QUÉ NO SOY POPULISTA

Da miedo escribir sobre el miedo. Lo asociamos al ser pusilánime, al apoquinado, al hombre paralizado por un peligro que no ha llegado, y que quizá no se presente nunca. En la era digital, veloz e hipercomunicada, nuestros jóvenes asocian la agricultura a una economía de subsistencia. Por eso, decir que “el miedo guarda la viña” es propio de un tatarabuelo incapaz de tuitear, y que no pilla los memes. El periodista y escritor francés François Mauriac decía que “el miedo es el principio de la sabiduría”. Pero este hombre, aunque le dieron el Nobel de literatura, murió hace 46 años y ademas era un católico convencido. Al no ser argentino, ni Papa, ni de izquierdas, su fe religiosa lo desautoriza como posible guía de masas en nuestros días. En el fragor de la batalla electoral, decir que hay planteamientos de Podemos que dan susto es comenzar a escuchar de inmediato las risitas de los valientes. Seremos valientes por un día al reconocer nuestro recelo.

Las cosas que más tememos ya nos han ocurrido en la vida. En España, una amplia mayoría del censo electoral pudo votar por primera vez nada más cumplir 18 años. Son ciudadanos que tuvieron a su disposición en los kioscos todo tipo de publicaciones de diferente orientación editorial, generaciones que crecieron con una oferta de canales privados de televisión que no ha hecho más que aumentar. Los que peinamos canas y al mismo tiempo somos capaces de manejar un smartphone, hace años que hemos visto abrir telediarios con políticos sentados en el banquillo de los acusados ante un tribunal de justicia. Menos que ahora, es cierto, pero ahí estaban. Cabizbajos o desafiantes, según el caso, pero en ambos casos unos cuantos acabaron condenados. Y todo en color, periódicos y televisiones, aunque el adanismo político no lo pueda entender. Para eso está la memoria, no tan larga, para recordar a los peces que el mundo ya existía antes de su última vuelta a la pecera.

De lo que no se habla en esta campaña, ni se hablará en los cinco días que quedan, es de la propuesta de Podemos de exigir a jueces y fiscales “un compromiso con el programa del Gobierno del cambio”. Esta idea de adhesión del Poder Judicial a un proyecto político es más vieja que la agricultura. Parece de otro siglo, o al menos encontrada en un video antiguo de Youtube, en aquellos frescos y maravillosos años de la Complu. Pero no, es de hace cuatro meses, y se recogía en la primera versión del documento “Un país para la gente: bases políticas para un gobierno estable y con garantías”. El título era un completo acierto, porque un gobierno que controla a los jueces no sólo es estable, sino que se aproxima a una garantía de perpetuidad. Todas las asociaciones de jueces y fiscales, incluidas las más progresistas, fueron unánimes en la crítica de esta aberración, y Podemos tuvo que retirar la frase en una segunda versión del panfleto. La pregunta es ¿lo hizo por convicción o por conveniencia ante la nueva convocatoria electoral que se intuía?

Pero esto ya no es noticia, ni motivo de análisis. Ahora estamos en la emoción, las sonrisas, el buen rollo y el Equipo A. Si tantos periodistas olvidaron rápidamente su sentencia de muerte profesional cuando Pablo Iglesias dijo que “la propiedad privada de los medios de comunicación atenta contra el derecho de información”, ¿cómo recordar ahora la independencia necesaria del Poder Judicial?, ¿cómo mentar lo sucedido en otros países, ahora que hablar de la Venezuela chavista o la Cuba comunista. es un signo de pobreza argumental? Existe un interés en descalificar el miedo como si sólo fuera un sentimiento irracional, y por tanto vergonzante. Pero el miedo racional también existe. El temor a un peligro real responde al instinto de supervivencia, no a una paranoia. Cuando planteas tus dudas la tropa podemita responde sonriente: ¿por qué crees eso si aún no hemos gobernado? No es necesario. Yo nunca me he despeñado en la montaña por una arista de mil metros de altura, pero si veo a otros trastabillar delante de mi me doy la vuelta y no intento equilibrios en la cresta. Eso no es miedo paralizante. Se llama prudencia.

Lo peor del populismo no es la demagogia, ni las falsas promesas, ni tomar a “la gente” por lela. Eso lo han hecho todos los partidos, sólo que Podemos ha traspasado los límites tradicionales. Lo que suscita un miedo racional a ese partido es el afán por colonizar todos los segmentos sociales y de poder que el populismo conlleva. Es decir, que si “la gente” les ha votado eso se debe trasladar a todos los centros de decisión en un país. Esto es la democracia popular. Pero esta praxis choca con el principio de alternancia en el poder y de reversibilidad de las opciones políticas en una democracia. La experiencia nos dice que ha sido más fácil echar del poder a Zapatero o Sarkozy, que a Maduro o Kirchner -el clan Castro ni siquiera puede entrar en la comparación-. Para perpetuarse en el poder bajo apariencias democráticas es preciso deslegitimar a quienes discrepan, y eso sólo conduce al enfrentamiento social. Bertrand Russell es probablemente el filosofo más influyente del siglo XX. “¿Por qué no soy cristiano?” es uno de sus ensayos más brillantes, y en él se lee: “el hombre que posee el arte despertar el instinto de persecución de la masa tiene un poder particular para el mal en una democracia”. Por eso no soy populista.

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