CERO NEGATIVO

No dejas para mañana lo que puedas hacer hoy, y lo vas dejando. Reconozco aquí un problema de conciencia al que no pongo remedio. Siempre con excusas, siempre con retrasos. En mi caso la cuestión se agrava porque soy un auténtico pata negra. Han debido pasar más de dos décadas desde la última vez que doné sangre, y aún recuerdo la sonrisa de la enfermera al comunicarle mi grupo sanguíneo. Le dijo a su compañera en la cabina contigua que tenía un cinco jotas. Luego levantó la camisa de mi antebrazo e insistió a través de las cortinas entreabiertas: hoy es mi día de suerte, ¡mira qué hermosura de venas!. Cerré los ojos para no ver la aguja penetrando en mi piel, y me animé imaginando a aquella belleza madura mordiendo mi carne trémula. Cosas de la edad, la mía. Sentí el leve pinchazo y al abrir los ojos allí seguía ella, alejada de mis sueños y concentrada en el oro líquido que extraía de mi cuerpo. Aquel fue un verano de llamamientos continuos a la población por la escasez de plasma en los hospitales. En mi caso, cero negativo, donante universal, la panacea para el problema de la falta de donantes. Menos del diez por ciento de la población dispone de un tipo de sangre apta para todos sus congéneres. Y a mismo tiempo esa minoría sólo puede recibir transfusiones de su mismo grupo y RH. Esto supone una responsabilidad añadida.

Ahora pienso que si alguna vez necesito una transfusión el primer tipo que escaseará será el mío. A esta reflexión tardía seguro que se han adelantado los más espabilados. Además de los deportistas tramposos, que se extraen sangre en las alturas con el hematocrito por las nubes para autotransfundirse durante la competición, imagino a los más previsores almacenando bolsas de su propio plasma, por si la necesitan en un futuro. Este forma de anticipación al accidente o a la enfermedad suele ser cosa de las personas más afortunadas económicamente, que como todos sabemos son mucho más egoístas que los pobres. Por eso algunos pagan en clínicas privadas por conservar las células madre del cordón umbilical de sus bebés, algo que miles de millones de personas en el mundo no se pueden permitir. En cualquier caso, se plantea un dilema moral a la hora de conservar para una necesidad futura algo que otros necesitan hoy de manera urgente. Pero este debate se podría extender a los ahorros bancarios, y entonces nos cargamos el sistema.

Lo que resulta evidente es que no podemos vivir sin sangre. Por eso hay que acertar con los eslóganes, y con los nombres de las oenegés. Reclamar una tierra sin sangre supone una muerte segura, en primer lugar para los más débiles. Debemos titular con prudencia, medir el impacto, porque el dramatismo sin mesura resta credibilidad a la denuncia. Si no existen los matices nos quedamos sin matanzas, y antes veremos una Mallorca sin hoteleros que huérfana de sobrasada. 130.000 personas han firmado en Mallorca para que se prohiban las corridas de toros. Son muchísimas. Con esos niveles de sensibilización proteccionista, cuesta creer que en la perrera de Son Reus descienda el número de adopciones de animales abandonados, y persistan los sacrificios cuando las instalaciones se saturan. Bastaría con que el uno por ciento de los firmantes diera un paso al frente para acabar con el problema, si el problema del que hablamos se circunscribiera al maltrato animal. No me cabe duda que ese es el motivo que mueve a muchas personas de buena fe, pero negar en todo esta movida otras motivaciones es de lelos.

No soy aficionado a los toros, y si lo fuera en Mallorca lo tendría complicado, como los incondicionales del esquí alpino. No sé cuántas corridas se celebran al año en la isla, ni en cuantas localidades, pero no deben ser muchas por lo que leo y escucho. Y si no se hacen más paseíllos supongo que es por la afición menguante. Como tantas otras cosas, que fueron y ya no son. Dicen los abolicionistas que la tradición o el valor artístico no es argumento para mantener la tauromaquia, pero algunos de ellos son los mismos que claman por conservar adefesios arquitectónicos o costumbres absurdas que sólo se sostienen por motivos de orden sentimental. Y es aquí donde la contradicción es flagrante. Así que uno no puede evitar pensar en que son otros los motores que impulsan este fervor animalista en un territorio con tan escasa presencia de estoques y capotes. Resultaría muy revelador analizar la distribución en el mapa ibérico de los municipios declarados antitaurinos, pero ello supondría romper mi promesa a cumplir en esta columna durante el tórrido verano: cero negativo de política.

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