ARMARSE DE PACIENCIA

Cené el viernes en Saint Germain-des-Prés, en París, y no atisbé nada de filosofía. Había chicos guapos de melena salvaje recién salida de la peluquería, con la camisa por fuera de los jeans de diseño rotos, y la americana de Armani arremangada sobre el antebrazo como si se fueran a poner a trabajar de inmediato en algo, no se sabe en qué a esa horas. Y también rubias a lo Julie Gayet, con vestidos primaverales y un aire de elegancia informal, como si todas vinieran de rodar esa tarde un anuncio de perfume en el Jardin du Luxembourg, corriendo descalzas entre setos floreados. Pero ya digo, ni rastro de existencialismo. El barrio que fue centro de la vida intelectual europea en los años sesenta es hoy una gigantesca pasarela de moda, y también el Wall Street del negocio editorial francés. Pasé caminando junto a la casa que habitó muchos años Emil Cioran, en el 21 de la rue de l’Odeon, y recordé una anécdota que contó hace un tiempo Fernando Savater con motivo del centenario del nacimiento del escritor rumano.

Savater trató a Cioran durante más de veinte años. Se carteaban y viajaba a París para verlo un par de veces al año. Cioran lo recibía en su modesto hogar y recuerda que siempre lo trataba con una amabilidad exquisita y una enorme paciencia ante cada pregunta y comentario ingenuo que el joven filósofo español le trasladaba. En una de sus últimas visitas, antes que el Alzheimer comenzara a agujerear sin piedad el cerebro privilegiado de Cioran, éste esperaba a Savater y a su mujer para cenar como siempre en su minúsculo apartamento parisino. La fiel compañera de Cioran, Simone Boué, aquella noche había salido con unas amigas, pero les había dejado dispuestos en la cocina unos jugosos filetes de carne listos para freír. El matrimonio Savater insistió en invitar a cenar a Cioran en cualquiera de los numerosos restaurantes del barrio para evitarle el engorro culinario, pero Cioran no quiso incumplir su exigente norma de hospitalidad, y se negó a salir. Y entonces comenzó un ensayo del Apocalipsis en la cocinita, con un Cioran desbordado por la tarea de poner en la sartén un filete sin provocar un incendio en el edificio. De inmediato la mujer de Savater tomó el control de las operaciones, expulsó la filosofía del recinto culinario y restableció el orden en los fogones. Cuenta Savater que Cioran miraba hacer a su mujer con admiración y una ternura infinita, y se deshacía en elogios sinceros ante sus habilidades con la plancha, en una de las imágenes más tiernas y conmovedoras que recuerda de su amigo.
Ahora me doy cuenta que la primera vez que leí a Cioran debió coincidir en el tiempo con esta anécdota, sucedida a principios de los noventa. Pero yo sólo escuchaba los latigazos en forma de aforismos de una mente privilegiada. Sentía nada más la violencia del pensamiento de un escéptico incurable. Leía a un hombre que criticaba con crueldad el cinismo de los intelectuales de su época, mientras él se deslizaba en ocasiones por la misma pendiente, aunque nunca traspasó esa frontera hacia lo inmoral. Y ahora me pregunto si, de haber estado presente en aquella cocina, yo hubiera juzgado del mismo modo los escritos de un hombre que coqueteó gran parte de su vida con la idea del suicidio. Si hubiera comprobado por mi mismo la fragilidad ante los fogones de aquel hombre bueno y sencillo, a punto de provocar un desastre doméstico por atender a sus amigos, mi interpretación quizá hubiera sido distinta. Releo ahora los “Cuadernos” de Cioran y estoy a punto de pedir permiso al director de este diario para dedicarle los próximos cincuenta artículos, tal es la actualidad de muchos de sus aforismos. Pero no quiero abusar. Sólo dejaré aquí dos perlas para resistir en este tiempo pre-revolucionario que nos ha tocado vivir: Escribió el rumano que “nada hay más decepcionante, frágil y falso, que una inteligencia brillante. Son preferibles las aburridas: respetan la trivialidad, lo que de eterno tienen las cosas o las ideas”. Con esta manera de ir por la vida Cioran jamás hubiera triunfado como tertuliano en La Sexta, pero tampoco hubiera engañado a nadie. Precisamente por eso permaneció asombrado durante años ante el hecho de ser considerado un tótem del pensamiento político por gran parte de la izquierda antifranquista en España. Como ya había expuesto en su obra “Historia y Utopía”, consideraba a la izquierda un semillero de ilusiones vacuas y optimismo infundado, de consecuencias potencialmente peligrosas. Uno hoy también se asombra ante tanta solución mágica de megáfono y brocha gorda, y el asentimiento tontorrón de los que opinan siempre con el viento de popa. Habrá que armarse de paciencia, que como decía Cioran “es un arma tan poderosa que te convierte en imbatible. Sin ella nos vemos automáticamente entregados al capricho o a la desesperación”.

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