SALVEMOS LOS ESCUPITAJOS

El mes pasado el Tribunal Europeo de Derechos Humanos ratificó la condena a un periódico digital de Estonia por permitir la publicación de comentarios difamatorios sobre una persona que aparecía en una de sus noticias. El medio consintió, o no evitó, la aparición y permanencia en su web de insultos y expresiones vejatorias hacia un directivo empresarial, que sólo fueron retirados cuando se le requirió formalmente a hacerlo. Pero el editor se negó a emprender ningún tipo de reparación, ni a afrontar una posible indemnización extrajudicial. Ahora ha sido condenado al pago de más de 30.000 euros. El Tribunal de Estrasburgo entiende que esos comentarios y opiniones formaban parte sustancial de la noticia, dando a entender que su virulencia alimentaba el interés de los lectores, y por tanto las visitas a la web. En la sentencia se reconoce explícitamente la limitación del derecho a la libertad de expresión en favor de un equilibrio respecto al derecho al honor de la personas. Esta historia comenzó en el año 2006. Desde entonces hemos leído muchas cosas en internet.

A estas alturas nadie pone en duda las bondades del paradigma 2.0. La interacción continua y el establecimiento de canales de comunicación bidireccionales enriquece el debate y, sobre todo, multiplica las fuentes de información y opinión. Además, facilita un desplazamiento, o al menos una disgregación de los centros de poder que tradicionalmente controlaban la emisión de la información de un modo casi absoluto. Este modelo de comunicación unívoca ha muerto, y es imposible que resucite. Como esto ya no se discute, ahora llega la etapa de cuantificar el precio del invento, intentar dibujar algunas líneas que delimiten el terreno de juego, y complicar la vida a los aficionados a la barra libre digital. No me estoy refiriendo sólo a los medios de comunicación on line. Aquí entran también las redes sociales, los blogs, la comunicación móvil, la viral, etc.

La cuestión básica que subyace en este asunto es la de la identidad detrás de la pantalla. Resultan curiosas de leer hoy algunas de las aportaciones científicas surgidas en los primeros tiempos del uso masivo de internet. La red favorecía la “producción de discurso”, porque éste fluía con más facilidad y se eliminaban los frenos para la comunicación o la discusión de ideas. Dominique Wolton, brillante intelectual francés y uno de los mayores especialistas mundiales en teorías de la comunicación, escribía en 1999 sobre “el placer de estar ahí, sin tener que manejar la presencia de otro”. Wolton definió esta lucha por estar y no estar al mismo tiempo como “la angustia antropológica moderna”. Internet, concebida como una industria de la soledad donde se evita la violencia física y en cierto modo la simbólica que conllevan las relaciones personales, ofrecía por tanto un lugar seguro para el intercambio libre de ideas. Un espacio de libertad donde las minorías, los oprimidos, los más débiles o simplemente los tímidos, pudieran exponer sus críticas sin tener que recibirlas ellos en persona, dado su mayor riesgo o su menor capacidad de resistencia en el cuerpo a cuerpo argumental. Todo un avance. Pasaron ocho años, que en sociología equivalen a ocho minutos, y Wolton se veía obligado a explicar en su obra “Salvemos la comunicación” (todo un presagio ese título) que comunicar significa reconocer la necesidad del otro y aceptar el riesgo del fracaso. Por eso los gatos, los perros y los ordenadores tienen tanto éxito hoy, porque nunca decepcionan. Obedecen, no discuten y nos devuelven una imagen maravillosa de nosotros mismos. Una relación sin riesgos. Con las personas todo es más complicado: se rebelan, nos replican y a veces nos reflejan aspectos desagradables de nosotros mismos. Todo ello nos obliga a la modestia, algo innecesario y extravagante en una red poblada de pequeños dioses anónimos.

La pulsión del insulto anónimo se asemeja a las ganas de escupir en la calle. A cualquiera nos puede sobrevenir el ansia por soltar el esputo, pero entendemos que así no habría forma de pasear libremente por las aceras. Sin embargo, al leer en la red los comentarios humillantes sobre la sentencia del tribunal de Estrasburgo, a uno se le ocurre la posibilidad de recopilar sus argumentos en una magna obra titulada “Salvemos los escupitajos”. Algunos piensan que el respeto por los demás, o determinadas convenciones sociales a observar en las relaciones personales, son ya cosas del pasado, inventos de curas, militares y caciques para reprimir al pueblo soberano. A mi, gracias a internet, cada día me parecen más necesarias.

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