PAPÁ ESTÁ ENFADADO CON EL MINISTRO

Mi hija está enferma. El tema, sin ser demasiado grave ni urgente, reviste una cierta importancia y estamos a la espera de poder realizar unas pruebas en un hospital público. Antes la cosa no se demoraba más allá de unos días, pero la crisis y los recortes están alargando las listas de espera hasta unos niveles insoportables. Por fin nos llaman para darnos cita, pero yo ya estoy absolutamente indignado con la ministra de Sanidad y el resto del Gobierno. Creo que ya es hora de plantar cara a estos laminadores de derechos fundamentales, así que me he organizado convenientemente con los familiares de otros pacientes y hemos decidido no acudir ese día con nuestros hijos, padres o abuelos a los centros sanitarios donde están citados. Y no sólo eso. A poco que se puedan mover los enfermos, incluso en silla de ruedas, los vamos a llevar a una tremenda manifestación para que el gobierno se entere de lo enfadados que estamos. Vamos a vaciar los hospitales de pacientes para doblar el espinazo de los políticos que mandan, porque la visión ese día de los médicos cruzados de brazos y cobrando su jornada laboral va a ser superior a sus fuerzas y van a tener que rectificar.

¿Por qué todo lo que acaban de leer es una estupidez que no se le ocurriría a nadie? Porque nadie juega con la salud, y menos de un ser querido, porque la situación de tu hijo, padre o abuelo, podría empeorar por culpa de tu desvarío, y porque esa necedad no contribuiría lo más mínimo a cambiar las cosas. Con la educación no ocurre eso. Con la educación sí se puede jugar, de hecho hace años que lo hacemos, y además pensamos que el estudiante ya no puede empeorar. A mí la tasa de fracaso escolar en España, un 28%, me provoca tal vergüenza que soy incapaz de culpar de la misma a un partido político, ni siquiera a dos. Para alcanzar estos niveles de indigencia en nuestro sistema educativo tiene que remar mucha más gente hacia el desastre. Necesitamos a toda la tripulación del buque trabajando duro para hundirlo.
Leo que un papá le dice a su hijo de siete años que no irá al cole para defender lo público y protestar por los recortes. Doy por supuesto que el infante es un superdotado con 150 de coeficiente intelectual, y que ya a los tres años comprendió y asimiló los valores del esfuerzo, la disciplina, la constancia y el cumplimiento de las obligaciones. Porque en España la única obligación que tiene un joven hasta los dieciséis años respecto a los servicios públicos que los adultos le sufragamos con nuestros impuestos es ir a clase. Y si me apuran tratar de aprovecharlo, aunque esto último ya es más por su propio beneficio. Para obtener los paupérrimos resultados de un sistema educativo caro e ineficiente no basta con perpetrar una reforma educativa cada cuatro años, ni contar con un profesorado desmotivado y autocomplaciente. Es imprescindible la colaboración de padres que amparen, insten o hagan la vista gorda para que sus hijos no cumplan con su primera y casi única obligación, que es estudiar. Es necesaria la complicidad de personas que no entienden que en un país desarrollado la educación no es sólo un derecho, sino un deber, y hoy más que nunca una necesidad.
El informe sobre la educación en España elaborado en 2011 por la OCDE „no por el ministro Wert„ es tan demoledor respecto a las consignas que se gritaban en la manifestación infantil del pasado jueves que su lectura te deja abochornado porque pulveriza la falacia de “a más recursos, mejor enseñanza”. En España, el gasto medio por alumno en relación al PIB por habitante está dos puntos por encima de la media de la OCDE, y tres puntos por encima del de la UE. La ratio de alumnos por profesor es más baja que la media europea en todos los ciclos educativos, y también la media de alumnos por clase en los centros de enseñanza pública (no así en la privada). El gasto corriente dedicado al profesorado en España es diez puntos superior a la media de la OCDE. En la última década se han duplicado el número de becas, y se ha incrementado un 43% el gasto medio por alumno. La conclusión es obvia: el problema fundamental de nuestro sistema educativo no es de recursos, sino de eficacia y resultados. Hace un año nuestros hijos también podían terminar la ESO convertidos en auténticos zoquetes, pero no hacíamos huelga y los mandábamos a clase cada día porque al menos nos pagaban la beca del comedor. Ejemplar. De todas las formas de protestar contra el gobierno, los padres defensores del absentismo escolar eligieron, no sólo la menos edificante, sino la más lesiva para sus hijos.

En el informe PISA 2009 se relacionaba directamente la comprensión lectora con el Indice de Estatus Social, Económico y Cultural. Y está demostrado que esta comprensión lectora sube gradualmente a medida que se incrementa el tiempo dedicado por los niños y jóvenes a leer por placer. La manifa duró un par de horitas. Cuando los chicos terminaron de gritar pidiendo dimisiones, me gustaría saber qué porcentaje de papás pancarteros dedicaron un rato del resto del día, por ejemplo, a leer con sus hijos, o a fomentarles ese hábito. O quizá esta sea también una tarea para el ministro de educación, o para los profesores fuera de su horario escolar.

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