QUEMARSE A LO BONZO

En Mallorca tenemos convocadas varias huelgas en pleno verano de consecuencias desastrosas. Dos de estos conflictos, el del transporte discrecional y el de hostelería, golpean directamente sobre el pilar fundamental, y por desgracia casi único, de nuestra economía. Cuando los sindicatos amenazaron hace semanas con llevar a cabo estos paros en el apogeo de la temporada turística nos pareció algo tan suicida que la mayoría lo interpretamos como una estrategia más de negociación, legal, por supuesto, pero de consecuencias tan dañinas que no resultaba creíble. La prueba de que el amago parecía inverosímil es que ni los futuros turistas, ni las empresas que nos los traen, ni la prensa especializada, se lo tomaron entonces muy en serio. Las reservas prosiguieron al mismo ritmo y no se registraron cancelaciones. Pero en los últimos días ya se han encendido todas las luces amarillas con tendencia al naranja.

Las personas cuyas decisiones pueden mover un millón de turistas de un destino a otro no están indignadas, ni enfadadas, ni decepcionadas. Si me apuran y exagerando un poco, ni siquiera estarán preocupadas. Estoy seguro que se encuentran absolutamente fascinadas ante este espectáculo. Dos náufragos que se necesitan mutuamente para sobrevivir, y que en lugar de nadar juntos hacia la costa se hacen ahogadillas. Una región europea con graves problemas económicos, con unos índices de desempleo dramáticos y una pérdida de competitividad flagrante en los últimos años, puede quedar sumida en el caos en el peor momento del año por un conflicto laboral que afecta a su principal industria de servicios, o sea, al ochenta por ciento de su PIB. Sin entrar en el detalle de la negociación, trato de imaginarme en la piel de un lector de periódicos inglés, alemán o sueco hojeando las páginas de información internacional a la hora del desayuno. Cuando una gran parte de trabajadores españoles está soportando un severo ajuste salarial, más en el sector privado que en el público, los sindicatos de la hostelería solicitan incrementos varios puntos por encima del IPC y rechazan flexibilizar su jornada laboral. Y un líder sindical añade: “no estamos dispuestos a retroceder treinta años”. Suena bien, y justo. El problema surge cuando una alternativa a esa posibilidad no es la mejora de las condiciones laborales, ni siquiera su mantenimiento, sino regresar a la situación de hace sesenta años, cuando no existía una industria turística tal y como hoy la conocemos en Balears. Yo cada vez tengo más claro que algunos no son conscientes de lo que nos estamos jugando, no en este verano, sino en la próxima década.

Estamos todos aporreándonos el pecho de manera sincronizada, y con toda la razón, ante Bruselas y Madrid ante una hipotética subida del IVA turístico porque nos dejaría en clara desventaja frente a nuestros competidores directos, y simultáneamente vamos a ofrecer al mundo imágenes de nuestros turistas tirados en un aeropuerto, o buscando desesperadamente un sándwich por el hotel. Nuestras lágrimas fiscales van a resultar un poco menos creíbles en Europa con la industria turística parada durante agosto en Canarias, la Costa Blanca, la Costa del Sol y Balears.

Que una cadena hotelera como RIU se esté planteando seriamente sus posibilidades de futuro en la Playa de Palma, la zona turística que la vio nacer hace más de cincuenta años, es para echarse a temblar. Se escuchan algunas críticas muy duras hacia los hoteleros mallorquines que han expandido internacionalmente sus empresas. Se les reprocha haber reinvertido en otros países los beneficios obtenidos aquí en sus primeros hoteles. Si te interesas por el argumento nadie consigue explicarte de una manera racional por qué deben enterrar ese dinero en un destino de rentabilidad menguante como el nuestro. Se apela entonces a una cuestión sentimental, de agradecimiento a la tierra que los vio nacer. Y en este punto tengo que estar de acuerdo, porque comparando las cuentas de resultados de sus hoteles en Mallorca y en el Caribe, sólo desde un plano emocional puedes entender que no hayan vendido ya todos los de aquí. Los fondos de capital riesgo huyendo de los proyectos turísticos en España hacia los latinoamericanos, y queremos a los Riu, Fluxá, Escarrer, Barceló, Matutes o Piñero quemándose a lo bonzo en nuestras preciosas playas. Un planteamiento de justicia social y muy realista, pero con 80.000 parados estivales.

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