ATILAIR

El hombre ya se había fotografiado vestido de Papá Noel, de torero, y palpando el culo simultáneamente a dos señoritas para hacer publicidad de impacto, nunca mejor dicho, de la aerolínea que preside. Al frente de Ryanair, Michael O’Leary ha llevado hasta el extremo un estilo de dirección arrogante, agresivo e incluso abiertamente hostil hacia los directivos de otras compañías. Es como el futbolista sucio y marrullero que escupe al contrario en el campo, le menta a su madre, y al final del partido hace una peineta a los contrarios en el túnel de vestuarios. Si el árbitro no le pilla, los aficionados, en este caso sus accionistas, le ríen las gracias y así hasta la siguiente jugada polémica. La cosa de momento va bien, pero siempre hay una cuestión de límites, de líneas o tarjetas rojas. Ahora O’Leary se ha fotografiado delante de un grupo de trabajadores de Spanair haciendo la señal de victoria. Tampoco es de extrañar esta falta de escrúpulos en un tipo capaz de instalarse un tacógrafo profesional en su flamante Mercedes para poder circular por el carril-bus de Dublín sin que lo sancionen.

Pero todo esto es no deja de ser una cuestión de gusto y sensibilidad. No es el problema, ni tampoco una casualidad. Responde a una estrategia perfectamente calculada para crear una imagen de aerolínea macarra, pendenciera, un punto barriobajera, que por ello se asocia directamente a barata. Esta percepción ya instalada en el subsconsciente del cliente provoca que, cuando éste es atracado a mano armada por Ryanair, llegue a considerarse culpable por su error, o por haber tratado de ser más espabilado que una compañía presidida por un señor con una fortuna calculada en quinientos millones de euros, y que por ello se debe creer más listo que todos sus pasajeros juntos. Porque una parte importante de los ingresos de Ryanair provienen precisamente de esos sablazos a traición denunciados hasta el aburrimiento por las asociaciones de consumidores y los medios de comunicación. A partir de ahí, la gente es libre de recibir codazos y empujones a la hora de embarcar porque no hay asientos asignados, o hacer cola frente a un mostrador de facturación en pleno mes de agosto junto a otro pasajero vestido con cuatro jerseys y un abrigo para no pagar exceso de equipaje, porque el bochorno, tanto físico como circunstancial, es algo subjetivo.

Lo que asusta es que un personaje como O’Leary puede presionar durante años en Bruselas a través de potentísimos lobbies para que se rebajen las condiciones de seguridad en el transporte aéreo al objeto de beneficiar su cuenta de resultados. Lo que escandaliza es que este señor ondee orgulloso la bandera de la libre competencia entre empresas mientras reclama subvenciones para operar desde determinados aeropuertos secundarios. Y estas subvenciones se le han concedido, no para garantizar la conectividad aérea de una región (en hora punta tardas más en llegar desde el centro de Londres a Heathrow que desde Girona a El Prat), sino para evitar el ridículo de ver una costosísima infraestructura desierta. Lo que da pena es comprobar la inutilidad de una Unión Europea que consiente un vergonzoso dumping fiscal y social a una empresa irlandesa, en uno de los casos más flagrantes de competencia desleal que se pueden encontrar.

Ryanair ha dejado ya de volar desde algunos de esos aeródromos fantasmagóricos, pero en su descargo hay que decir que la mayoría los ha abandonado exactamente igual que los encontró, vacíos. El problema surge cuando se pretende dar rienda suelta a esa voracidad depredadora en regiones donde el transporte aéreo no es una opción sino una necesidad. Ninguna compañía de aviación es una ONG, pero habría que distinguir entre los que vinieron para sembrar y quedarse pastando una larga temporada de los que pueden arrasar con todo y dejarnos un páramo invernal escaso de aviones. En mitad de una crisis galopante, no parece prudente espolear al caballo de Atilair.

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