EL ELEFANTE GALLARDÓN

Alberto Ruiz-Gallardón adelantó la semana pasada los ejes principales de su reforma del sistema judicial y Gaspar Llamazares le acusó de entrar como un elefante en una cacharrería. El Ministro de Justicia se estrena esta legislatura como diputado en el Congreso, y en su despiste de novato aún no se ha enterado que las cosas de palacio deben ir despacio. En su primera comparecencia parlamentaria en la Carrera de San Jerónimo, el recién llegado esprintó impetuoso en lugar de adaptarse al trote cochinero de los más veteranos en el escaño. Esta osadía es aún más grave al afectar de lleno al Poder Judicial, con el que los ciudadanos estamos tan satisfechos de su imagen y funcionamiento. Por ejemplo, se ha alabado de manera unánime el papel estelar, literalmente, de la magistrada Margarita Beltrán por cómo ha conducido el juicio que ha sentado a Jaume Matas por primera vez en el banquillo. Se ha dirigido a fiscales, abogados, acusados y testigos con ponderación, templanza y comedimiento en las expresiones, tratando de arrojar luz sobre los hechos objeto de prueba, evitando la dispersión y las declaraciones innecesarias. Ha transmitido en la sala una imagen de imparcialidad, mesura, sensatez, equidad y firmeza en todos sus gestos y expresiones. La pregunta es: ¿cabía esperar algo distinto de un magistrado de lo penal que tiene en sus manos la decisión de meter o no a un individuo varios años en prisión? Ese aplauso unánime de un desempeño que debería ser habitual no hace sino revelar la percepción generalizada de una Justicia en estado catatónico.

Con toda tranquilidad, otro diputado y jefe del señor Llamazares, Don Cayo Lara, vociferaba pancarta en mano a las puertas del Tribunal Supremo en protesta por el juicio a Garzón. Como diría un personaje de José Mota, y no pasa nada. Si yo viera al Presidente o a un vocal del Consejo General del Poder Judicial increpando a sus señorías a las puertas del Congreso antes de una votación, ese día trataría de irme a vivir a otro país. Ya dijo Alfonso Guerra aquello de “Montesquieu ha muerto”, pero tampoco es necesario ponernos ahora a pasear el cadáver. Recuerdo la explicación que recibí hace mucho tiempo en una clase de Derecho Constitucional sobre la reforma del sistema de elección de los miembros del CGPJ. Un catedrático de ideas progresistas, Antonio Bar Cendón, se afanaba en justificarnos la reforma impulsada por el ministro Ledesma por la que todos los vocales pasaban a ser elegidos por el Parlamento: la composición del órgano de gobierno de los jueces debía ser una expresión más de la soberanía popular, y esta reside en el Congreso y en el Senado. Después de la clase y en una tertulia reducida le manifesté mis dudas sobre el riesgo de politización de la Justicia, y me dio la razón, pero vino a decir que ese era un peligro asumible con tal de no permitir que un estamento tan conservador como el de los jueces en los años ochenta pudiera suponer un palo en la gigantesca rueda de 202 diputados que hacía girar Felipe González para transformar España. De aquellos polvos vienen estos lodos. Comparar los jueces o los militares de hace treinta años con los de hoy es una sandez, pero una reunión del CGPJ o del Pleno del Tribunal Constitucional se transmite actualmente en los medios de comunicación como si fuera el derby copero por excelencia, y luego pedimos a los ciudadanos que confíen en las instituciones.

Gallardón no ha hecho otra cosa que anunciar el cumplimiento del programa electoral con el que su partido ganó las elecciones por mayoría absoluta. Como es más rápido y sencillo proclamar que el gobierno miente, esto de anunciar al mes de tomar posesión del cargo que vas a cumplir con lo anunciado en la campaña electoral parece que descoloca un poco. Y como además nos han subido los impuestos, razón de más para que incumplan el resto del programa electoral. Es evidente que se ha puesto de moda la exigencia del cumplimiento del mismo a beneficio de inventario, pero quien pensara que Gallardón iba a pasar desapercibido por un ministerio sólo porque no puede hacer túneles ni plazas es que no conocía al elefante.

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