SUAVEMENTE ME MATA CON SU CANCIÓN

A finales de los ochenta ametrallaron en Vitoria a unos policías nacionales que custodiaban una de las puertas de acceso al pabellón de Mendizorroza mientras se jugaba un partido de baloncesto entre el Basconia y el Real Madrid. Cuando escuché la ráfaga de disparos pensé que era una traca de petardos. Mi asiento de socio estaba justo en esa esquina del polideportivo. Me incliné hacia adelante sobre la barandilla, miré a mi derecha y vi entrar arrastrándose a uno de los policías heridos. En 1990, en Santurce, ETA voló por los aires un furgón policial que salía del campo de fútbol de esa localidad vizcaína. Escuché la explosión desde las duchas del vestuario local. Uno de los dos policías asesinados me había felicitado cinco minutos antes por el buen el partido que habíamos jugado. A mediados de los noventa, de nuevo en Vitoria, una tremenda explosión me despertó de madrugada. Un etarra murió a escasos 400 metros de mi casa al manipular la bomba que llevaba en su mochila. A menos de un kilómetro de allí, pero en dirección contraria, asesinaron el 22 de febrero de 2000 a Fernando Buesa y a su escolta Jorge Díez. La primera persona en acercarse a sus cuerpos destrozados fue uno de los escoltas de mi padre, que acudía a nuestro domicilio para recogerlo. Pese a todo ello, nunca he sentido un atentado tan próximo en lo personal como el de Calviá, quizá por lo inesperado, quizá por las decenas de veces que recientemente he pasado por allí, algunas de la mano de mi hija, o quizá porque me estoy haciendo mayor.

Pido disculpas por apuntar estos lamentables datos biográficos, pero me he sentido obligado por la enorme proliferación de finísimos analistas que escucho estos días, una vez más, tocando de oído. Admiro su frialdad, la distancia que consiguen tomar y la precisión de neurocirujanos al diagnosticar una enfermedad que causa heridas sociales del tamaño de un cráter. Impresionante.

No me quiero extender en obviedades. La dificultad para distinguir las imágenes de Burgos y Palmanova de las de Kabul o Basora lo dice casi todo sobre un país que pugna por entrar en el G-8 mientras sigue sin dotar a sus Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado de todos los medios materiales necesarios para hacer más difícil el éxito de los criminales.

En mitad del duelo, de nuevo hemos asistido a la liturgia de declaraciones solemnes, minutos de silencio, condenas unánimes y lecturas de manifiestos. Todo necesario, sobre todo para reconfortar a las víctimas, pero a la vista está que insuficiente. El matrimonio del hacha y la serpiente ha celebrado sus bodas de oro por todo lo alto. Y cuando ya se van secando las lágrimas comienza a sonar de nuevo la cantinela de siempre, ese soniquete anodino, en apariencia inocuo, del conflicto político, el diálogo y la negociación. Suavemente me mata con su canción, que susurraba Roberta Flack. La cosa se resume así: esta feísimo matar, pero es sólo la terrible consecuencia de un conflicto político previo no resuelto. Porque las ideas no matan, matan las personas. Y ya está. Cada cual a lo suyo. Unos a detener criminales e impedir atentados; otros a su proyecto de construcción nacional y a resolver su “problema previo”. A los finísimos analistas esto les parecerá una simplificación interesada que no aborda la extrema complejidad del conflicto. El afán de algunos en poner el acento en esa complejidad es uno de los factores de supervivencia de ETA.

El nacionalismo democrático condena desde hace años la violencia terrorista desde un punto de vista ético. Es lo menos que se puede pedir a unos dirigentes que van a misa cada domingo antes de pasar por el batzoki. Algún tiempo después, a esta condena moral se le sumó la estratégica. El terrorismo de ETA supone una rémora, un lastre para el proyecto nacionalista porque carga de razones a las fuerzas represoras y a los partidos estatalistas. Ninguna de estas condenas del autodenominado nacionalismo democrático ha impedido la pandemia moral que asola el País Vasco, en el que una pequeña parte de la población aún justifica la barbarie, y otra no tan pequeña condena los atentados pero aboga por una solución política del conflicto, entre otras cosas porque una parte de los objetivos de ETA coinciden con los suyos. Mientras esto sea así, el razonamiento criminal siempre encontrará un último argumento para seguir matando. ETA sigue viendo al PNV como el hermano mayor remilgado, aprensivo y melindroso que quiere pescar peces sin mojarse. Menos mal que ellos están dispuestos a sumergirse en el chapapote de sangre para obtener los mismos objetivos.

Tiene razón Josu Erkoreka, portavoz del PNV en el Congreso de los Diputados, cuando dice que el final de ETA no vendrá exclusivamente por la vía policial. Cierto. Es necesaria además su deslegitimación política por parte de quienes comparten sus ideales nacionalistas. Es una broma macabra pedir a ETA que deje las armas mientras permites, por acción o por omisión, que sus representantes políticos gobiernen un solo municipio vasco. Tras treinta años acudiendo a las urnas periódicamente y más de ochocientos muertos por la causa, quizá vaya siendo hora de que el nacionalismo democrático centre sus esfuerzos en lo segundo, el adjetivo que les ha permitido ocupar legítimamente las instituciones vascas durante décadas, y aparque temporalmente lo primero, la ideología compartida con los patriotas descarriados (Arzallus dixit). No hay competición política posible con el dóping del amonal por medio, un esteroide prohibido en democracia porque da un músculo político fraudulento a quienes lo usan y además consigue un efecto paralizante sobre el resto. ETA y sus métodos contaminan el debate político convirtiendo las aspiraciones nacionalistas, en otras circunstancias legítimas, en espurias e ilegítimas, porque dan aliento a los criminales para seguir actuando y a su entorno social para seguir amparándolos. Esto, ciertamente, constituye una gran injusticia para quienes pretenden conseguir una Euskadi independiente por vías democráticas, pero en cualquier caso es una injusticia temporal y mucho más llevadera que la que padecen las víctimas del terrorismo, sus familiares y amigos. La de ellos es eterna y no cesará cuando ETA desaparezca. Los maquinistas locos del tren nacionalista vasco siguen alimentando la locomotora al grito de “más madera” con cada atentado, mientras observan a los ocupantes de los vagones traseros, condenando sus métodos para incrementar la velocidad del viaje, sí, pero subidos al tren y con el mismo destino.

Antes de que algunos comiencen a despellejarme con esa estupidez de la criminalización de las ideas, debo añadir que esta idea de la deslegitimación política de ETA por parte del nacionalismo democrático la han expuesto brillantemente y mucho antes que yo insignes ex-dirigentes del PNV, como Joseba Arregui, ex-consejero de Cultura y portavoz del Gobierno Vasco en la década de los noventa.

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