NOSTALGIA DEL AGRO

Desde el aeropuerto internacional de Kutaisi, en el centro de Georgia, hasta Mestia, al norte, no hay más de 230 kilómetros. Eso sí, se necesitan alrededor de cinco horas en coche para recorrerlos porque el último tramo es una carretera de montaña parecida a las del Himalaya. Mestia es la única localidad de la región de Svanetia que podría ser definida como «pueblo». El resto son aldeas diminutas, incluida la última, Ushguli, un conjunto de viejas alquerías construidas con pizarra y conectadas por calles embarradas al que las guías turísticas insisten en calificar como «el pueblo más alto de Europa». Es cierto que allí, a 2200 metros de altitud, habitan personas todo el año, pero en invierno permanecen incomunicadas porque la carretera queda bloqueada por la nieve.  

De Mestia a Ushguli distan 50 kilómetros que, a pesar de los desniveles para pasar de un valle a otro, se recorren con cierta facilidad en tres o cuatro días caminando. Este recorrido, que transcurre por las faldas de las montañas más altas del Cáucaso, las que separan Georgia de Rusia, ha convertido Svanetia en uno de lo destinos de senderismo más espectaculares del mundo. Es una región remota, todavía salvaje y misteriosa, jalonada por sus famosas koshkebi, atalayas de piedra construidas hace más de mil años para proteger a sus habitantes y al ganado de los invasores. Hasta hace sólo un par de décadas, a esos parajes no llegaba ni un turista. Pero las cosas están cambiando. 

Poco antes de llegar a Mestia, tuvimos que detener el coche porque un rebaño de vacas interrumpía el paso en la carretera. Entonces, vi por la ventanilla a tres jóvenes sin camiseta. Lucían torsos esculturales y sudorosos que brillaban al sol a esa hora temprana de la tarde. Estaban trabajando en el campo. Cada uno manejaba una guadaña, ejecutando una torsión perfecta y coordinada del tronco en semicírculo, que les marcaba como precisión los pectorales, los músculos abdominales y los de la espalda. Cuando detenían el movimiento para descansar, apoyados en sus herramientas parecían estatuas de Praxíteles. Estaban en una parcela bastante amplia. Calculé que iban necesitar varias jornadas para segar un extensión de terreno que, con la ayuda de un tractor, se completaría en una mañana. Se ven pocos tractores en Svanetia. 

El primer día de caminata acabamos en Zhabeshi. Cerca de la aldea, vimos varios edificios en construcción. A la entrada, tuvimos que hacernos a un lado del angosto sendero porque, de frente, se acercaba al galope un chaval que no debía de tener más de doce años. El crío montaba a pelo, sin silla, un caballo pardo y brioso que le doblaba en altura. Levanté la mano a aquel pequeño Mowgli del Cáucaso que, orgulloso, me devolvió el saludo con un gesto muy serio. En un país de la Unión Europea, supongo que a los padres les retirarían la custodia por negligencia en el cuidado de un menor. 

El segundo día pernoctamos en Adeshi. La casa de doña Marina está en obras. La matriarca quiere ampliar el piso superior y adecentar un par de habitaciones para poder alojar a más caminantes como nosotros. A media tarde, cayó un tormentón y se fue la luz en las cuatro casas que se veían alrededor, y también en la nuestra. Gracias a Dios, el suministro volvió antes de que se hiciera de noche. Pudimos ducharnos con agua caliente y disfrutar de la cena abundante y exquisita que había cocinado doña Marina. Cuando subía a mi cuarto, vi junto a la escalera de madera un cubo metálico lleno de leche recién ordeñada para el desayuno del día siguiente.

Al tercer día llegamos a Ushguli, un lugar único declarado Patrimonio Mundial de la Unesco en 1996, con paisanos sentados a las puertas de sus casas que parecen personajes de Tolkien. La diminuta iglesia de Lamaria es la última construcción que se observa en las estribaciones del glaciar del Shkhara, la montaña más alta de Georgia con 5195 metros de altitud. A pesar de los foráneos que ahora llegamos allí cargando una mochila, aquel continúa siendo un paisaje puro, evocador, idílico. Sin embargo, el visitante es capaz de intuir la dureza de esas vidas basadas en una agricultura de subsistencia.  

En Baleares, es imprescindible un debate serio y sensato sobre el futuro del turismo. Se hace necesario adoptar medidas valientes para alcanzar un equilibrio entre los beneficios indudables que aporta la actividad turística y los problemas que causa un crecimiento ilimitado. Sucede que, aprovechando el hartazgo de una parte no menor de la población, proliferan en las redes sociales fotografías y discursos que añoran la Mallorca rural de hace un siglo, cuando se tardaba un día en llegar de Valldemossa a Palma en carromato, la gente trabajaba de sol a sol en el campo y a la universidad sólo iban los hijos de los terratenientes. Yo a estos nostálgicos, por las mañanas, los ponía a ordeñar una vaca. Y por las tardes, les cedía una guadaña. Como en Svanetia. 

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