FELICES EN ESPAÑA

El gobierno de Marruecos está construyendo en Casablanca un estadio con capacidad para 115.000 espectadores. Cuando concluyan las obras, a finales de 2027, el Gran Estadio Hassan II se convertirá en el mayor recinto del mundo específicamente destinado a celebrar partidos de fútbol. El presupuesto de una infraestructura tan colosal alcanza los 460 millones de euros, aunque ya sabemos cómo son estas cosas, que suelen acabar costando el doble de lo previsto. En cualquier caso, para el proyecto integral que contempla, no sólo el estadio, sino la urbanización del perímetro, los accesos, nuevas carreteras y un estación de tren, el reino de Marruecos ya ha reservado más de mil millones de euros. En los últimos diez años, su PIB nominal ha crecido más de un 60%. Hay que ser muy ingenuo, un ignorante o un perfecto caradura, para calificar como «crisis humanitaria» la estampida de más de 60.000 ciudadanos marroquíes que, en menos de 24 horas, han entrado ilegalmente en España. Afirmar que su población emigra del país huyendo de la miseria es, sencillamente, falso.

Pero hay más. Marruecos dispone de unos servicios de información, tanto internos como fuera de sus fronteras, que se cuentan entre los más eficaces del mundo. Es un régimen autoritario en el que nada importante que pueda afectar a su seguridad nacional, o a sus relaciones internacionales, sucede sin que se entere pronto el ministro del Interior. Gracias a ello, por ejemplo, el islamismo radical no se ha expandido en nuestro vecino del sur como lo ha hecho en otros países del Magreb. Que el gobierno de España haga creer que decenas de miles de jóvenes pueden agolparse en escasas horas cerca del espigón de El Tarajal sin el conocimiento de las autoridades marroquíes y, seguidamente, declarar que se está en permanente contacto con esas autoridades, es tomar por imbéciles a los ciudadanos, especialmente a los ceutíes. 

Vox ha perdido el monopolio del uso de la palabra «invasión» porque medios de comunicación de todo el mundo han utilizado ese mismo término para describir lo sucedido esta semana en la frontera y en las calles de Ceuta. Pedro Sánchez ha calificado los hechos como una «violación de nuestra integridad territorial». La sorprendente es que, justo antes, había afirmado ufano que las relaciones de España con Marruecos son excelentes. Menos mal. Si nos lleváramos mal con Mohamed VI, nos metería un misil por Algeciras. 

Culpar a las mafias de este caos migratorio es como culpar al fuego de los incendios. Las mafias delinquen y el fuego quema. La cuestión es qué hacen los bomberos, si extinguirlo o permitir que avance. Parece evidente que, en Marruecos, cuando la marabunta rugía en las inmediaciones de la frontera con Ceuta, la policía recibió órdenes de no sacar las mangueras hasta que el fuego migratorio resultó inextinguible. El mensaje de nuestros vecinos ha sido nítido: Ceuta es nuestro, entramos y salimos cuando queremos.

Esa muchachada jubilosa ocupando a la carrera la ciudad autónoma, proyecta hacia el exterior una imagen terrible de España. Algunos se alegrarán por ello, claro, pero un país que se muestra incapaz de defender sus fronteras no es un compañero de viaje fiable. Es obvio que los socios europeos hace tiempo que le habían tomado la matrícula a Pedro Sánchez, pero el episodio de esta semana nos sitúa en otra pantalla. 

Ya no se trata de que Sánchez vaya por libre en Bruselas, de que sea un demagogo, un populista, un mentiroso o un líder insolidario. El problema alcanza otra dimensión porque en Francia viven más de dos millones de personas de origen marroquí. En Bélgica, más de medio millón, una cifra similar a la de Italia. En Países Bajos, 450.000. Esto supone la existencia de multitud de redes familiares o de amistad capaces de acoger a miles de personas que entrarían ilegalmente en territorio Schengen. 

Lo único que espero es que nadie en Europa sepa quién es Alfonso Rodríguez Badal, el delegado del Gobierno en Baleares que, ante la avalancha de pateras argelinas que sufrió Mallorca el verano pasado, nos vino a decir que tranquilos, que estos muchachos que desembarcaban en nuestras playas sólo estaban aquí de paso, que la isla sólo era un puente para trasladarse a otros puntos de la península y del continente, donde les esperaban sus contactos. Así, los estabulamos como reses en el puerto y les pagamos el pasaje en barco a Barcelona para quitárnoslos de encima. Todo muy humanitario. 

O no, a lo peor en Roma, en París o en Amsterdam sí se acuerdan del modus operandi del gobierno de Sánchez y de las declaraciones de su delegado en Baleares. Quizá por ello esta vez hayan decidido que, si España no es capaz de defender su territorio nacional, mejor cerrar las fronteras para que esos miles de jóvenes que sonríen tan alegres a la cámara en los telediarios, permanezcan felices en España. 

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