RENACIMIENTO

El otro día estuve en la mitad del mundo. Quiero decir físicamente, en la latitud 0º según la tecnología exacta de un GPS militar, con mi cuerpo sobre la línea equinoccial que separa los dos hemisferios del planeta. La geofísica nos depara sorpresas por efecto de la gravedad y los campos magnéticos de la Tierra. En Ecuador no existen tornados, ciclones, huracanes o tifones. Las fuerzas de la naturaleza se contrarrestan en un juego de suma cero que impide ese tipo de catástrofes metereologicas. Al enterarme imaginé un mundo perfecto en el que sucediera lo mismo con las discrepancias entre humanos, capaces de anular entre ellas sus energías contrarias para no llegar nunca al desastre de una guerra, por ejemplo.

A pesar del ruido y la furia que nos aturde estos días me resisto a abandonar mi tendencia a un optimismo moderado. En el museo de Inti-Ñan, a escasos kilómetros de Quito, tuvimos ocasión de degustar uno de los mejores cacaos del mundo, el de Ecuador, en el país que fue probablemente el primero en emplearlo hace más de 5000 años. Pero a mi regreso a España descubro gracias a mi hija que los principales exportadores del mundo son Costa de Marfil y Ghana. Si esto ha sucedido con uno de los alimentos más antiguos de la Humanidad, me pregunto cuándo llegará el día en que la ciencia permita que suceda lo mismo con el agua casi infinita de la región amazónica, y que ese bien tan preciado se extienda al Africa de las sequías eternas.

Los primeros meses de la pandemia en 2020 fueron de estupefacción generalizada. La ciencia estaba aturdida ante la magnitud de las consecuencias de una enfermedad de la que se sabía muy poco. Hoy pocos dudan que la respuesta al virus en forma de vacunas ha sido decisiva para recuperar nuestras vidas, o al menos una parte de ellas. Y además esa respuesta se ha producido en un tiempo récord, algo que ni los más optimistas eran capaces de asegurar hace tan solo dos años.

El astrónomo británico Martin Rees ha publicado un libro muy recomendable que, sin llegar al entusiasmo pinkeriano, dibuja un futuro prometedor para la Humanidad gracias a la alianza de la tecnología, la industria farmacéutica y la biomedicina. “Si la ciencia va a salvarnos” es un lúcido alegato en favor de una ciencia trufada de humanismo, que alerta de las principales amenazas sin caer en ese catastrofismo al que tanto se agarran los que venden miedo para ganar poder.

Rees ha cumplido ochenta años pero dice que le quedan muchas cosas por hacer desde su monumental erudición y su obsesión por la divulgación científica. Hace dos décadas publicó un libro en el que predecía que la Humanidad tenia un 50% de posibilidades de extinguirse en el siglo XXI, pero hoy le preocupa lo contrario, es decir, la posibilidad al alcance de unos pocos de prolongar mucho la vida. Este cambio de criterio de Rees demuestra una sabiduría no sometida a su propio ego. Se refiere a una élite que de joven quería ser multimillonaria, y ahora que lo es quiere volver a ser joven, esta vez para siempre.

De manera implícita Rees está situando el problema de la longevidad en su dimensión ética, y no en la física. La cuestión fundamental a resolver no es cuánto dura la vida, sino qué hacer con ella. Ni ustedes ni yo pertenecemos a esa élite, así que, en el día que los cristianos celebramos la Natividad, mi decisión es volver a nacer un poco cada 25 de Diciembre, tratando de progresar algo como ser humano. Eso no significa otra cosa que intentar hacer un poco mejor la vida de la personas que quiero. Feliz Navidad.

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