EL GENOCIDIO DE MONTESIÓN

“A veces parece que todo nos sale mal, que nuestras decisiones son un desastre. Nos parece que estamos completamente hundidos en nuestra miseria. En ocasiones sentimos que estamos perdidos, que no tenemos a dónde ir… Es en esos momentos en donde volver se hace necesario. Y es que volver sobre el camino andado para enderezar la ruta, enmendar los errores, reconstruir los desastres… es de humanos. Pedir perdón ante el daño ocasionado, reconocer que hemos fallado e intentar comenzar de nuevo, es de quien ha comprendido la vida. Es entonces cuando la experiencia de Dios, también, se hace posible y necesaria. El Dios de las nuevas oportunidades, el que sana a los que tienen el corazón roto y venda sus heridas. Él que endereza a los que ya se doblan, levanta del polvo al desvalido. Es en esos momentos, que todos solemos vivir, en los que es necesario volver a la casa del Padre”.

Acaban de leer un post colgado hace sólo unas semanas en la cuenta de Instagram “Espiritualidad Ignaciana”. Ignacio de Loyola fundó la Compañía de Jesús en 1534, y desde entonces a los jesuitas les ha dado tiempo a desarrollar una red con más de 2700 instituciones educativas en noventa países, que dan formación a tres millones de alumnos y empleo a 200.000 profesores. Es un modelo de enseñanza basado en la excelencia y la formación en valores que goza de prestigio en todo el mundo. Ese éxito global no impide que en la pedagogía jesuítica puedan medrar sujetos que se pasan por la entrepierna el primer párrafo de este artículo. 

Supongo que Rodrigo, el joven mallorquín que encabezó la becerrada adolescente en el Colegio Mayor Elías Ahuja, no habrá tenido ocasión de leer la parrafada inicial. Mejor así. Es preferible que ignore tan bellas palabras porque en la casa del Padre, o sea, en su antiguo Colegio Montesión de Palma, su director lo ha condenado en la portada de un periódico sin hacer ninguna mención a los citados valores ignacianos, o sea, la posibilidad de enderezar la ruta, enmendar los errores y reconstruir los desastres. 

A Rodrigo le va a dar igual pedir perdón por su error ante Dios y ante la Fiscalía General del Estado, ni más ni menos, porque Rafel Barceló, el director de Montesión, ha querido dejar claro que los berridos zafios de este joven cabestro en plena ebullición hormonal “son una actuación exclusivamente personal del todo alejada de los valores que inculcamos en nuestro centro”. Hace falta ser cobarde para soltar en un medio de comunicacion semejante obviedad, solo para lamer las botas de quienes montan un debate maniqueo y falso entre educación pública y privada, ricos y pobres, derecha e izquierda… No hay rastro en sus declaraciones sobre nuevas oportunidades, ni enderezar al que se dobla, ni levantar del polvo a un chaval que va directo al infierno por un pecado de juventud.

No había suficientes trincheras cavadas en esta sociedad polarizada hasta el absurdo. Era necesario introducir una nueva divisoria: los pijos son primates que controlan peor sus instintos carnales, y las pijas del Santa Mónica no tienen conciencia del “terror sexual” al que son sometidas porque se descojonan de los cánticos zafios que entonan esos mastuerzos con los que un rato después se van de copas. En cambio, ningún hijo de familia menos pudiente ha pronunciado en su vida la palabra “puta” ni ha metido mano sin permiso en un bar. Son todos unos Albert Camus en potencia, proyectos de premio Nobel a poquito que se les ayude y se pongan a escribir sin faltas de ortografía. Hay en toda esta polémica un tufo a resentimiento social que tumba de espaldas. 

Quedan advertidos los papás de los alumnos actuales y pasados del Colegio Montesión en Palma. Si en un futuro su hijo o hija se hace tristemente famoso por alguna estupidez más o menos grave, ahí estará su antiguo director dispuesto a comentar en un periódico el bolígrafo que empleaba en los exámenes, el pin que llevaba en la chaqueta o el largo de la falda que vestía siendo aún menor de edad. Eso sí, aclarando que en su centro de enseñanza no se detectaron deficiencias significativas en su comportamiento, con lo cual traslada la posible responsabilidad posterior a terceros.

Desde el siglo XVI los jesuitas extendieron su labor evangelizadora por el Nuevo Mundo. Fueron expulsados de muchos países, y aún así siguieron cumpliendo con una importante labor pastoral y benéfica desde su exilio en Europa, contribuyendo a forjar parte de la conciencia americana de la que hoy se nutre el indigenismo. Fue una obra histórica de gran complejidad, pero pocos dudan que en ese legado las luces prevalecen sobre las sombras. Resulta patético que el director de Montesión haya pretendido limpiar la imagen de un colegio -que de ningún modo había quedado manchada- precisamente ante la minoría que identifica el Día de la Hispanidad con la celebración de un genocidio. 

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