NO MIRES ARRIBA

España se pega fuego en la semana trágica de cada verano. Pasado mañana se cumplirán nueve años del peor incendio que se recuerda en Baleares. Fueron 2400 hectáreas calcinadas en la Serra de Tramuntana por la imprudencia de un desgraciado, al que le cayeron poco más de dos años de cárcel. Las imágenes de esta semana en los telediarios nos retrotraen a aquel Apocalipsis rojo. Para hacernos una idea de la magnitud del desastre, solo en la provincia de Zamora ya se ha quemado una superficie quince veces superior a la de Mallorca en 2013. 

En toda la península han ardido más de 80.000 hectáreas. Es una de esas cifras, como la del patrimonio de los multimillonarios, que se escapa al cálculo humano. Si alguna vez han acudido a un estadio de fútbol, recuerden el rectángulo de juego y traten de imaginar esa extensión verde 120.000 veces más grande. Esa es nuestra última tierra quemada.

Lo del cambio climático ya se parece al bolso de Mary Poppins. Vale para todo y puede salir de él cualquier cosa. Es evidente que los efectos del calentamiento global se hacen visibles en olas de calor cada vez más intensas y extensas, pero no hay que engañarse. Negar que en España existe un déficit de prevención y una negligente gestión forestal que facilita el avance de estos incendios extremos y explosivos es hacerse trampas al solitario. 

El que suscribe, que no es ingeniero forestal, contaba hace nueve años en un artículo lo que había visto aquel verano en la isla de Skye, en Escocia. Eran gigantescos bulldozers trabajando en mitad de los bosques de pino silvestre típico de aquella zona septentrional. Son las tareas comunes de desbrozamiento que se realizan cada año en parajes de alto valor ecológico. 

Existe un ecologismo sensato, el que se apoya en la ciencia y no en la superchería, que aboga hace tiempo en sus documentos por “reducir la densidad del arbolado”. O sea, lo que viene siendo talar, un sacrilegio para los talibanes verdes que proclaman el gusto por una naturaleza barbuda y salvaje. Luego llega el calor, una colilla o un pirómano, y no hay dios que detenga el avance de las llamas. 

Se comprenden las lágrimas de los afectados, vecinos que han perdido sus casas, o su medio de vida, o el paisaje sentimental de sus vidas. Gentes que morirán sin volver a ver los árboles a los que treparon de niños, junto a los que jugaron y crecieron. Es lógico que esa mirada triste se pierda en el horizonte oscuro, y que nadie mire arriba en busca del meteorito. En la ciudad nos preocupamos tanto por las emisiones de los vehículos diésel que no alcanzamos a pensar en lo que esos incendios han lanzado a la atmósfera. Son los atascos de varios años en Madrid y Barcelona. 

No hace falta ir tan lejos. En Mallorca los periodistas hacen zoom con su móvil desde el Paseo Marítimo para enfocar la chimenea de un crucero que se va, y suben la foto a Instagram: esos turistas que contaminan. Pero a pocos kilómetros, en Menorca, se incendia por enésima vez un vertedero y la noticia pasa casi desapercibida. Otro clásico del verano. Esos mismo turistas que contaminan observan durante horas desde las playas cercanas a Mahón una descomunal columna de humo negro -el equivalente a un centenar de cruceros sin chimeneas y a escape libre- y nadie se pregunta qué pinta a estas alturas del siglo XXI un vertedero en una isla declarada por la UNESCO Reserva de la Biosfera.  

Que no se molesten en Menorca, por favor. En Ibiza ocurrió lo mismo el verano pasado y tampoco hubo debate ni notas de prensa de ese ecologismo que brama contra el cambio climático con el aire acondicionado a tope. Ahí tenemos esas piras en potencia instaladas en mitad de unas islas que padecen veranos cada año más tórridos, con el sol en lo alto jugando a la ruleta rusa con una bengala, una madera o un cristal que refleja en un plástico. Mientras tanto pedimos a los ciudadanos que reciclen y a los cruceristas que no vengan. No caben más turistas en Baleares, ni más hipócritas. 

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