EL CAMBIO CLIMÁTICO DERRITE LA UTOPÍA ANTINUCLEAR

Un inmenso lienzo negro agujereado por miles de alfileres cubriendo un haz de luz. Así es el cielo estrellado en una noche rasa contemplado a tresmil metros de altitud. La ausencia de nubes en el crepúsculo de la montaña suele provocar temperaturas más bajas, pero aquella madrugada se presentaba extrañamente templada. Salí del refugio en la oscuridad con una camiseta térmica y una chaqueta fina para escalar.


Ni siquiera en la hora previa al amanecer, el momento más frío del día, necesité otra capa de abrigo. Ni atravesando un collado con algo de viento, ni tampoco sentado en la cima, descansando tras ocho horas de ascensión, cuando el cuerpo parado pierde rápidamente temperatura. Es un lujo comerte una onza de tu chocolate favorito al sol, a casi cuatromil metros, en mitad de los Alpes, con diez grados de temperatura y rodeado de uno de los paisajes de montaña más bellos de la Tierra. Pero también es un drama.


Descendimos de la Aiguille du Chardonnet por otra arista hasta desembocar de nuevo en el glaciar del Tour, el más septentrional de Francia en el macizo del Montblanc. Era tarde, sobre las tres, y el sol caía a plomo. En ese momento, a la satisfacción por haber completado una maravillosa actividad de alta montaña se unía la tristeza cada vez que dábamos un paso sobre el glaciar. Caminábamos sobre nuestros crampones atravesando decenas de riachuelos que descendían desde una amplia meseta superior. Miles de litros de agua fluían bajo nuestras botas sin posibilidad de volver a ser lo que fueron, hielo centenario. Aunque fuera en helicóptero, yo traería a este lugar a cada negacionista del cambio climático. Nada de teorías, nada de estadísticas, solo abrir los ojos y observar lo que está sucediendo.


La sensación de calor o frío es bastante subjetiva. Además, el cuerpo se acostumbra. La calefacción y el aire acondicionado hacen imperceptible para el ser humano las variaciones de un par de de grados en las temperaturas promedio. En el mundo desarrollado, si hace más calor ponemos más el aire. Y si hace más frío ponemos más la calefacción, o nos ponemos más ropa. Hay quien estira la evidencia científica hasta deformarla, pero en la alta montaña el impacto visual de las consecuencias del calentamiento global es tan obvio y dramático que no cabe negación.


En los últimos años hemos escuchado a Trump, Bolsonaro, Boris Johnson, Marine Le Pen o Santiago Abascal enzarzarse en un debate cuasi mágico sobre las causas del calentamiento global. Entre las soluciones propuestas por estos políticos está, por ejemplo, frenar la inmigración. O directamente no hacer nada, porque sería peor. No se rían: se han creado think tanks en Europa y Estados Unidos para defender desde la pseudociencia esta pasividad.


Algunos habrán situado la raíz del problema en los populismos de derechas liderados por este quinteto de genios. Ojalá fuera tan sencillo. Se puede discutir el grado, pero a estas alturas negar la incidencia en el cambio climático de la quema de combustibles fósiles suena a broma. Y es aquí donde la izquierda más cool debería hacer un pensamiento sobre la demonización de la energía nuclear en Europa. No hacía falta ser premio Nobel para intuir que el cerrojazo impuesto a esas centrales en muchos países iba a suponer a medio plazo un incremento del consumo de gas e hidrocarburos, porque las renovables de momento no dan para para tanto.


Por culpa de Putin y el previsible general invierno que nos espera, la Unión Europea ha rectificado su taxonomía para incluir entre las energías verdes el gas y la nuclear. Ha sido determinante la presión de Alemania, el motor económico de Europa que se encamina a una recesión sin precedentes desde la Segunda Guerra Mundial por culpa de unas decisiones que convirtieron al país en dependiente energético de un sátrapa sin escrúpulos. Si tanto se alabó en su momento la capacidad de influencia del ecologismo alemán en las decisiones que tomó Angela Merkel, quizá ahora sea conveniente alguna reflexión crítica sobre esa presión antinuclear.


A pocos kilómetros de donde me encontraba aquella tórrida jornada de montaña, al día siguiente en Italia se desplomaba un pedazo gigantesco de la Marmolada, generando un río salvaje de hielo roca bajando a trescientos kilómetros por hora. De momento han aparecido nueve cadáveres. Los glaciares se derriten a un ritmo nunca visto. Algunos han perdido un tercio de su volumen en solo una década. El dato demuestra que la velocidad a la que avanza este drama ambiental es muy superior a la precipitación con la que decidimos condenar una energía nuclear barata y que no produce emisiones. La cruda realidad está aplastando determinados planteamientos ecologistas como si les cayera encima un sérac de los Alpes.

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