LLAMENME TONTO

Internet no siempre fue lo de hoy. Había algunos limites, aunque solo fueran los impuestos por la escasa velocidad de descarga. Llámenme tonto, pero hace 25 años tuve en la mano un CD con el video sexual de Pedro J. Ramirez, y decliné amablemente el ofrecimiento. No fue por pudor. Solo pensé que si aquello era un extorsión a un periodista que estaba investigando crímenes de Estado, echarle un vistazo a su disfraz y a su gimnasia pélvica con una exótica prostituta era contribuir al éxito del chantaje, De acuerdo, mi visionado sería un grano en el desierto, pero es así como se forman los desiertos, grano a grano.


Tampoco quise ver unos años después los videos de Rodrigo de Santos en aquel prostíbulo homosexual. El acceso a esas imágenes era más sencillo, y aquellas orgías tenían otras connotaciones porque se pagaron con dinero de todos y el protagonista era un político que se presentaba en sociedad como un ferviente católico de moral estricta. Esa contradicción, y por supuesto la malversación de fondos públicos, justificaban la revelación de los hechos que hizo el diario Ultima Hora. Pero, llámenme raro, pero los detalles y las imágenes escabrosas seguían sin interesarme.


Los filtros de los medios de comunicación, fuera o no acertada su aplicación, han saltado por los aires. Cósima Ramírez, la hija de Pedro J., confesó en una entrevista haber visto el famoso video sexual en 2014, cuando tenía 23 años. Fue a Internet, y ya. Después se declaró muy orgullosa de su padre, porque el periodista aguantó la brutalidad del chantaje y siguió investigando los GAL. Podríamos pensar que, a pesar del escarnio público, esta es una historia con un final casi feliz, con el extorsionador en la cárcel acompañado por un ministro, un secretario de Estado y varios policías y guardias civiles. Pero yo no dejo de preguntarme cómo hubiera sido la infancia y la adolescencia de Cósima en los mejores internados franceses y británicos con aquel video rulando por los móviles de sus compañeras.


Supongo que a estas alturas de la columna no hace falta que diga que no he visto el video sexual del actor Santi Millán. Llámenme loco, pero a mí la única intimidad ajena que me interesa es la que su propietario o propietaria comparte conmigo. Y me gustaría pensar que se nota mi falta de interés porque nadie me ha enviado ese video, ni se ha compartido en ninguno de mis grupos de WhatsApp. Este es un mensaje de esperanza: con algo de voluntad, del cotilleo repugnante se sale.


Cada día es más sencillo violar la intimidad de alguien. Este debería ser motivo suficiente para que en el futuro fuera decayendo el interés por estos robos digitales. Si todos pudiéramos mostrar un Velázquez en el salón de casa se relajarían las medidas de seguridad en el museo del Prado. Creo que llegará a suceder, que a fuerza de costumbre esta basura dejará de ser la noticia más leída en los digitales, y que las empresas que gestionan las principales redes sociales llegarán a ser responsables subsidiarias de su difusión. Mientras tanto, los daños colaterales de estos delitos pueden ser devastadores.


No haberlo hecho, no haberse grabado, no haberlo guardado en el móvil… llámenme ingenuo, pero nada de esto justifica convertirse en cómplice activo o pasivo de la cadena. Por muchos motivos, pero solo daré dos: en primer lugar, porque el castigo es desproporcionado. Y en segundo lugar, porque las peores consecuencias a menudo no las soporta la persona que aparece públicamente en pelotas.


Hasta en la guerra existen las leyes, aunque algunos las infrinjan. No vale todo, ni siquiera con el peor enemigo. Creo que Pedro Sánchez es el presidente más desvergonzado, amoral y dañino que ha tenido España en democracia, a una distancia sideral del siguiente. Y no por su ideología, sino por su falta de escrúpulos para acceder y conservar el poder. Llámenme bobo, pero yo he rezado para que en el contenido robado de su móvil personal no hubiera material íntimo. No se lo merecería él, ni su mujer, ni sus hijas, ni por supuesto el país que preside. Sí, parece improbable tanta torpeza, pero también pensó que podía resucitar a Franco para siempre, y así le va últimamente cada vez que se ponen las urnas. Son los electores los que deberían sacarlo de La Moncloa, y no los servicios secretos de un país extranjero.

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