MAGIA REAL PARA DOÑA LETIZIA

Dicen los críticos de la monarquía que es una institución anacrónica en democracia. A favor del argumento juega el hecho que el principal teórico de la monarquía constitucional falleciera hace  un siglo y medio. El periodista y politólogo Walter Bagehot dejó escritas en The English Constitution todas las claves del funcionamiento de la institución en el país que vio nacer el primer parlamento del mundo. Es una descripción completa de las funciones de la Corona, de sus límites y de la utilidad de su poder simbólico. Muy antiguo no debía sonar aquel texto cuando nuestra vigente Constitución recogió todas sus ideas esenciales, excepto la frase que hizo famoso el libro de Bagehot. En ella establecía la condición para que la monarquía mantenga el afecto del pueblo: “no debemos dejar que la luz del día se pose sobre la magia”.

Ese afecto es el segundo pilar más importante que mantiene en pie la institución. El primero es la confianza. Por eso abdicó el Rey emérito, porque la confianza, en el ámbito de los asuntos públicos, una vez perdida es muy difícil de recuperar. Pero la segunda columna, la del cariño, tampoco se puede resquebrajar, porque la monarquía se tambalea. Si fuera suficiente una relación fiduciaria bastaría seleccionar una persona imparcial, honesta y eficaz que cumpliera con las funciones asignadas a la más alta magistratura del Estado. 

Mi impresión es que la Reina Letizia está confundiendo el concepto de profesionalidad, que tantas veces fue citado como el mejor atributo de su predecesora, la Reina Sofía. Decía Bagehot que “la corona hay que pasearla”, y no se le ocurrió establecer horarios estrictos ni vacaciones según convenio. Pero esta Semana Santa los Reyes han decidido no asistir con sus hijas a la misa de Pascua en Palma, tal como venía haciendo la Familia Real desde hace casi tres décadas. 

Es difícil explicar en qué consiste esa “magia” de la que hablaba Bagehot. Su fuera fácil no seria magia, sino un vulgar truco de manos. Sin embargo, parece claro que algo tiene que ver con la tradición y con el carácter familiar de la institución, que en palabras de Bagehot “lleva el orgullo de la soberanía al nivel de la vida diaria”. 

Los Reyes no son los CEOs de un país. La agenda hiperprofesional de Don Felipe y Doña Letizia contempla vacaciones privadas en los mismos días que cualquier otro españolito de a pie. Esto supone un fallo garrafal que afecta a la imagen de una institución que en la actualidad no dispone de ese margen de error.

No necesitamos tenerle cariño a la presidenta del Consejo de Estado, ni al del Tribunal Constitucional. La obsesión de Doña Letizia por presentarse como una eficacísima funcionaria, informada de la actualidad, perfecta en el protocolo y en sus discursos, le lleva a pensar que, concluidas sus tareas, puede administrar su tiempo libre de un modo parecido al del resto de ciudadanos, haciéndolo coincidir con las vacaciones escolares de sus hijas, por ejemplo. Pero se equivoca.

Revolución y monarquía son conceptos que conviene mantener alejados. Cuando los aproximas  las cabezas coronadas suelen salir peor paradas que las de la plebe. La previsibilidad de los actos de los monarcas enlaza con las ideas de sucesión y continuidad que encarnan. Bien está que se intente actualizar una institución cuya utilidad es difícil de explicar desde la pura racionalidad, sobre todo a los más jóvenes. Pero el hecho de saber lo que van a hacer siempre en determinadas fechas es parte de esa “magia” que aporta estabilidad a la institución.

Algo debió intuir Felipe VI de esta pifia de Pascua cuando acudió en solitario y por sorpresa a hacerse una foto con unos regatistas en el Club Náutic de s´Arenal, y cuando vuelve en los próximos días a Palma a un acto en la Fundación La Caixa, esta vez acompañado de su santa esposa. 

En mi caso, y creo que no soy una excepción, la razón principal por la que defiendo la monarquía se basa en los resultados que cosecharon en España los dos experimentos republicanos, que supusieron un fracaso absoluto en términos de convivencia. Pero claro, para saberlo hay que estudiar algo de Historia al margen de ideologías. Con tanta ignorancia y ganas de derribar el régimen del 78 por parte de algunos, Felipe VI debería ir con cuidado de no centrar balones tan fáciles a los rematadores de la monarquía, siempre atentos a señalar su inutilidad.

Isabel II de Inglaterra cumplió el jueves pasado 96 años, 70 de los cuales los ha vivido como reina. Es el arquetipo de monarca querida y respetada en una democracia parlamentaria, y comparte con Doña Letizia el rasgo que aleja a esta última de Mallorca: su desdén por la navegación. Sin embargo, hasta el reciente fallecimiento de su marido, el Duque de Edimburgo, una de las pocas ocasiones en que no pudo contener las lágrimas en público fue el día que fue retirado del servicio el yate real Britannia. Supongo que ese es el tipo de magia que humaniza, genera afecto, y se aprende en familia porque no se enseña en la escuela de Harry Potter

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