EL DOLOR DE NADAL

Tengo para mí que la prensa mundial no hubiera reflejado del mismo modo el vigésimo primer Grand Slam de Roger Federer, o de Novak Djokovic. Nadal llegó muy justo, sin la preparación adecuada y con un físico castigado como ningún otro en el circuito ATP después de 21 años como profesional, 1247 partidos jugados y 17 temporadas consecutivas entre los diez mejores del ranking mundial. Ya estábamos leyendo los titulares en mitad del quinto set: no pudo ser, murió en la orilla, y todo eso. La cuestión es que todos dábamos por buena una derrota agónica, esa gesta de pundonor, esa resistencia heroica… todos menos Nadal.

Hay en ese relato unánime una épica que trasciende a la estadística y a unos números imposibles de creer. Muchos de los valores que transmite Nadal en la pista los comparte con Federer: la educación, el respeto por el público y el adversario, la actitud elegante ante el resultado -sea victoria o derrota- o el control de los nervios para no destrozar nunca una raqueta contra el suelo. Es más, el caso de Federer quizá tenga más mérito porque fue un adolescente iracundo que no toleraba el fracaso. Más tarde aprendió a controlarse.

Si hablamos de resistencia mental y espíritu de lucha Nadal comparte los altares con Djokovic. El serbio ha ganado más partidos a cinco sets y ha perdido menos que Nadal. Es más, el caso de Djokovic quizá tenga más mérito porque hasta los 24 años, cuando se encontraba bajo presión en la pista, a menudo se le iba la pinza. Más tarde aprendió a sufrir.

La capacidad de trabajo, el esfuerzo, la perseverancia, la tolerancia a la frustración, la ambición de ganar, el afán por competir, la influencia social… son virtudes que Nadal comparte con algunos de los deportistas más grandes de la historia. Lo que para mi hace única la carrera profesional de Nadal es su larguísima convivencia con el dolor. Hablamos de un matrimonio con el padecimiento. Mientras otros flirtean ocasionalmente con el dolor, o lo conocen en la etapa final de sus carreras, Nadal ha mantenido desde muy joven una relación continua con el sufrimiento físico. La única condición que Nadal le ha puesto al dolor para seguir juntos tantos años es que le permita competir. En este punto su trayectoria no admite comparación con la de Jordan, Bolt, Shumacher, Phelps, Pelé, Tiger Woods o Muhammad Ali, por citar algunos socios de ese club tan exclusivo.

Hace años que Nadal es el mejor deportista español de todos los tiempos. Podría estar pescando con los amigos cada fin de semana, o pegando bolas en un campo de golf, pero ha elegido seguir compitiendo mientras pueda. Por tanto el suyo es un dolor voluntario o, por mejor decir, elegido y aceptado como un factor más de su trabajo, que hasta hoy sigue siendo una parte importante de su vida, no la única. Y no hace falta ser millonario para entender que cuando se han ganado 127 millones de dólares en premios hay cosas que no se hacen por dinero.

Por eso, cuando Nadal explica su sufrimiento de los últimos meses y dice que no ha sido nada en comparación con el de miles de familias por culpa de la pandemia, hay que escucharle con atención porque es un experto que habla más allá de la teoría. La filosofía y la religión han especulado sobre la metafísica del dolor, pero el ejemplo de Nadal conmueve al mundo porque se entiende mejor desde la realidad de su pie maltrecho y sus rodillas castigadas.

Se plantea ahora la iniciativa de dar el nombre de Rafael Nadal al aeropuerto de Palma de Mallorca. Solo espero que no se repita el ridículo espantoso de hace ocho años, cuando se propuso desde la Universitat de les Illes Balears nombrarle doctor honoris causa y sus haters oficiales pusieron el grito en el cielo. El tenista declinó amablemente el ofrecimiento cuando ya lo habían metido en el barro de una discusión entre mezquina y paleta.

Conviene recordar que Nadal, sin pretenderlo, representa para el mundo una enmienda total a la imagen cutre, rancia, vaga y corrupta que el independentismo catalán vende de España. Además, sus éxitos también escuecen a esa izquierda que agita el resentimiento social en cada discurso. En ambos casos no se lo van a a perdonar nunca. Es cierto que esta tropa es minoritaria, pero mantiene una influencia y unos apoyos mediáticos muy superiores a sus votos. Como estas cuestiones requieren una cierta unanimidad, sugiero no causar un padecimiento innecesario a Nadal escuchando argumentos patéticos de los profesionales del odio y la envidia. Tiene suficiente con su escafoides.

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