CONTRA MOLINOS DE VIENTO 

Hace unos días atravesé Holanda en coche. A mí, que sueño cada día con montañas, me fascina la inmensidad de ese paisaje llano. Hace siglos los Países Bajos comenzaron su batalla contra el  agua y ya le han ganado al Mar del Norte unos 7000 kilómetros cuadrados, la quinta parte de su superficie total. Si existiera un lugar en el mundo para una conversión masiva al terraplanismo debería ser Holanda. Quiero decir que esas planicies infinitas se incrustan en el ADN del país como las cordilleras nevadas en el de Suiza. 

A pesar de ello, los holandeses también llevan siglos rompiendo sin complejos esa perspectiva lineal a través de sus molinos. Primero lo hacían para moler el grano, como todos, y más tarde para achicar el agua ganada al mar. O sea, por supervivencia. Ahora recorres sus autovías rectas y sigues viendo molinos. Pero no en lontananza, sino pegados a los arcenes. Y no son molinos tradicionales, sino gigantes blancos que agitan sus tres aspas afiladas para producir energía eólica. Viendo el precio que está alcanzando la electricidad en Europa, seguimos hablando de supervivencia. 

El Gobierno de España ha acudido a Europa para que nos ayuden con el drama de la factura de la luz. Italia, Portugal y Grecia andan casi tan ahogados como nosotros. El resto de países de la Unión van apretados, pero sin llegar a nuestra asfixia escandalosa. Pedro Sánchez ha empleado su mejor sonrisa de galán de telenovela venezolana, pero aunque parezca increíble no ha sido suficiente para convencer a sus colegas de comprar el gas como las vacunas, o sea, en bloque. 

El primer ministro holandés, Mark Rutte, alineado con Alemania y Suecia, ha defendido la prudencia, no tomar medidas drásticas y evitar reformas profundas de un mercado de la energía que ha costado años negociar. Y ha recordado que cada país es distinto y ha podido decidir su propio mix energético.

Esta vez uno de los socios más amables con nosotros ha sido el primer ministro belga. Alexander de Croo ha declarado que el caso de España es especial porque somos una “isla energética”, en alusión a nuestra dependencia de suministros externos de gas y petróleo, y al déficit de conectividad internacional de nuestra red. 

Ahora que Baleares está de moda en Holanda y en Bélgica para que sus ciudadanos compren segundas residencias, solo espero que ni Rutte ni de Croo se pasen por aquí y se interesen por el mix de nuestro “archipiélago energético”. Si deciden investigar sabrán que en el destino que sus compatriotas visitan ávidos de sol y buen clima no hay manera de aprobar un proyecto de parque fotovoltaico de suficiente capacidad para que sea rentable. La razón es que consumen territorio. Solo se estimula el autoabastecimiento a través de la instalación de placas solares en tejados y plazas de parking, algo que como todo el mundo sabe está al alcance principalmente de los más pobres. 

Tampoco verán aerogeneradores para producir energía eólica, ni en el Pla de Mallorca, ni en la Serra de Tramuntana, ni siquiera a unos kilómetros de nuestras costas, porque provocan impacto visual. Sabrán que nunca hemos tenido centrales nucleares, y que hace unos años se armó un pollo descomunal por si acaso una empresa encontraba petróleo cerca de Ibiza. Si siguen investigando averiguarán que hemos acelerado el cierre de centrales térmicas que consumen carbón barato para reducir las emisiones de CO2. 

Si a estas alturas Rutte y de Croo aún no se han largado de vuelta, se enterarán también que en Ibiza y Menorca continúan usando vertederos para enterrar residuos, basura que en sus países, y también en Mallorca, se emplea para generar energía a través de la incineración. Si se aburren y echan un vistazo a nuestra prensa local comprobarán que el discurso contra el carbón y la energía nuclear, pero también contra la valorización energética de residuos, contra los parques fotovoltaicos y contra la energía eólica en Baleares los mantiene el ecologismo radical y los partidos que se llaman “verdes”. Esos mismos que hoy en Alemania exhiben un pragmatismo que les permite pugnar por el ministerio de Finanzas o el de Asuntos Exteriores. El de Medio Ambiente lo tienen superado, pero aquí seguimos agarrados al botijo. 

Baleares es un espejo de la situación. El problema de la energía en España es un ejemplo más del nivel de infantilismo que ha alcanzado el debate público en nuestro país en los últimos años. En el asunto de la transición ecológica nos han dicho que lo podemos tener todo, que lo podemos tener ya y que lo podemos tener barato. Menos emisiones que en Alemania, más rápido que en Suecia y más barato que en Francia, con sus nucleares en marcha. Y claro, en Europa nos dan largas y nos miran con condescendencia, como se mira a los niños malcriados.

El alejamiento de la realidad económica, algo tan propio del hidalgo español arruinado, ha convertido a Sánchez en un Quijote luchando en Bruselas contra molinos de viento. Sin nucleares ni térmicas, sin gas ni petróleo propios, el presidente embiste contra las compañías eléctricas como si fueran las culpables de un tarifazo provocado por decisiones políticas. Una locura, y una causa perdida, como la de Alonso Quijano.  

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