AHORA MANO DURA

El discurso identitario ha calado hondo en el debate público. Ha penetrado de una manera silenciosa pero potente, con tanta fuerza que nos permite hacer el ridículo sin darnos cuenta. Aquí nadie se ruboriza cuando los hechos y los números demuestran lo que todos sabemos, o sea, que en todas partes cuecen habas. Es comprensible que el tufillo xenófobo que siempre desprenden los argumentos tribales se cuele desde el vertedero de las redes sociales. Pero cuando los medios de comunicación, que supuestamente aplican filtros profesionales a la información, se suman a ese basural y enchufan el ventilador, entonces el problema se agrava.

Llevamos toda la semana leyendo pestes de los jóvenes que se encontraban de viaje de estudios en Mallorca y fueron confinados en un hotel de Palma por dar positivo en Covid o ser contactos estrechos de contagiados. Nadie puede discutir que una parte de ellos, seguramente la mayoría, mantuvieron el tipo de conductas irresponsables que están disparando los contagios en toda España en la franja de edad entre los 16 y los 30 años. El estupor aparece cuando nuestros políticos, acompañados de sus palmeros mediáticos habituales, contraponen estos comportamientos descerebrados de valencianos, madrileños, andaluces o gallegos frente al ejemplo de los “jóvenes mallorquines”.

¿De qué jóvenes estamos hablando? ¿De los que viajaron a Ciutadella por Sant Joan y dejaron imágenes lamentables de botellones masivos en Es Pla? ¿De los que amanecen tirados en el polígono de Son Castelló? ¿En las bacanales diarias de alcohol en Playa de Palma no hay un solo joven pata negra mallorquín? ¿Los nuestros cuando viajan no beben en la calle ni se van de fiesta?

Se abre la vacunación para mayores de 16 años en Baleares y en menos de 24 horas más de 40.000 jóvenes piden cita para inocularse. Es una excelente noticia, pero si no eres un talibán de las esencias patrias provoca sonrojo leer que esa es la “respuesta” de la mocedad local a los conductas incívicas de los foráneos. ¿Cuándo abran la vacunación en Madrid, Cataluña o Extremadura no habrá una respuesta masiva de su muchachada? ¿Allí son todos unos salvajes negacionistas?

Los adolescentes en algún momento, o siempre, mienten a sus padres. Es una ley inexorable, como la de la gravedad que descubrió Newton. Hay manzanas que caen de un árbol o cornisas enteras que se descuelgan de un edificio. Con las mentiras ocurre lo mismo. Las hay livianas e intrascendentes, o graves y de consecuencias fatales. No era difícil intuir que entre los estudiantes confinados hay autores de embustes gigantescos. Pero estadísticamente cabía la posibilidad que alguno dijera la verdad a sus padres y a las autoridades sanitarias.

El Govern descartó de plano esa hipótesis, tiró por la calle de en medio y se topó con una jueza que le pidió que abandonara la brocha gorda e hilara un poco más fino a la hora de restringir derechos fundamentales. Al Govern le dio pereza hacer esos deberes y la jueza permitió que la totalidad de los “sinvergüenzas” que habían dado negativo en los test se fueran a sus casas. Y entonces apedrearon a la jueza.

Ahora nos enteramos que 45 de ellos, más de un tercio del total, decidieron permanecer confinados por voluntad propia en el hotel puente. Después del linchamiento generalizado en redes y medios supongo que a estos 45 magníficos los podemos empadronar en Mallorca, porque están a nuestra altura.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? La mortalidad de esta pandemia ve remitiendo, pero la estupidez y la incoherencia del discurso políticamente correcto avanza sin descanso. Critican a los padres sobreprotectores los mismos que afirman que no hay que traumatizar a los chicos con suspensos. Se sorprenden porque no haya profesores acompañando en un viaje de estudios a menores de edad los mismos que han vaciado de autoridad las aulas con unas teorías pedagógicas tan blanditas que dejan a los maestros a los pies de los más bárbaros. Como para irse de viaje con ellos.

Algunos llevan años trabajando duro para identificar el respeto, el esfuerzo o la responsabilidad individual como valores de derechas. Ahora que entre todos recogemos los frutos de ese discurso demencial pedimos mano dura a los papás con sus retoños. Y los vándalos se ríen desde los balcones, claro.

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