IMPERFECTOS

¿Existe el hombre perfecto? ¿Concebimos al menos la idea? Si pensamos en un canon estético encontraremos respuestas en el arte. El ideal de belleza ha sido representado durante siglos de múltiples formas. Si hablamos de escultura, por ejemplo, sufriremos para elegir entre las obras maestras de Bernini, Cánova o Giambologna. Pero algo nos dice que el asunto es más complejo cuando somos capaces de emocionarnos ante las amputaciones de la Venus de Milo, o ante una diosa decapitada que habitaba en Samotracia. 

Ahora el Caixaforum de Palma nos muestra un recorrido por el arte de lo inacabado, y claro, nos hace pensar. Su exposición Non Finito es un compendio de obras que comenzaron pero no concluyeron, de bocetos preparatorios, de utopías imposibles, de proyectos en continua transformación, del efecto en ellos del tiempo y de la expresión de lo infinito, algo por definición inabarcable. 

Así contemplamos la emoción de los preliminares, ese instante en que la obra asoma pero no está, donde se atisba un exceso de energía por encauzar. Hay apuntes, croquis, plantillas, trazos simples y moles de piedra apenas golpeadas por el cincel creador. Son fetos de obras, bebés balbucientes y niños que tienen algo que decir, pero aún no encuentran las palabras. Atisbamos un camino por recorrer, pero sabemos que hay que esperar.

También encontramos representada la arrogancia humana, que a menudo conduce a la tragedia. Es el momento en que el artista se cree Dios, dibuja la Torre de Babel y sobreviene el desastre. Con el paso de los siglos hemos mejorado el cálculo de estructuras, y eso nos ha permitido añadir plantas para acercarnos al cielo. Pero ese desafío constante a las leyes de la física ha topado con la ineficiencia de edificios de un kilómetro de altura. Bajar a por el pan supone una expedición de cuatrocientos pisos, doscientos de ida y doscientos de vuelta. 

Más interés despierta la obra que se mueve en una metamorfosis continua, o que varía por el simple efecto de la erosión o del paso del tiempo. En este punto la creación se aproxima a la condición humana: el arte envejece igual que envejecemos nosotros. Envejece bien -las obras inmortales- o envejece mal -los bodrios que engendra la especulación en el arte-, pero envejece. En el ser humano esta frontera marca la diferencia entre la madurez y la decrepitud. 

Y por fin la representación del infinito. Son los cielos que no acaban, el bucle perpetuo y la inmensidad del mar. Una fotografía del océano Pacífico representa el arte inacabable, que es el reverso del arte inacabado. Es la última metáfora del ser humano, otra obra inacabada hasta el día que muere. 

La exposición de Caixaforum nos muestra la belleza de lo no concluido, de las obras nonatas y de su evolución. Y entre medias se cuela la soberbia humana, esa insolencia estúpida capaz de desafiar las leyes de la naturaleza. Los seres humanos nos reconocemos defectuosos, asumimos nuestras taras y una gran mayoría ni siquiera aspiramos a la perfección. Pero hemos ido a topar con una generación de políticos arrogantes que no admiten tanta mancha humana, no le encuentran la gracia al lunar,  y aspiran a crear el ciudadano ejemplar.  

El ciudadano ejemplar no corre por la montaña, ni transita por cualquier camino, ni suelta al perro en el campo. El ciudadano ejemplar no fondea su barco en el arenal de toda la vida, ni conduce su coche a 120 por una autovía de tres carriles, sin curvas pronunciadas ni densidad de población cercana. Tampoco conduce a 100, ni a 90. El ciudadano ejemplar circula a 79. El ciudadano ejemplar no emplea el género verbal como sus abuelos, ni como sus padres. El ciudadano ejemplar no se quita la mascarilla en mitad de una calle solitaria, no toma cañas ni le da al berberecho en mitad de una pandemia. 

En la obsesión del político por cincelar al individuo modélico a base de prohibiciones encontramos la insolencia del ingeniero social que pretende construir a decretazos su Babel soñada. Y esta altanería conduce al fracaso, no tanto por creerse Dios todopoderoso sino por desafiar los principios de la naturaleza humana, que es defectuosa por definición. Reducir un batacazo electoral a una cuestión de tapas y libertinaje supone no asumir la condición imperfecta del votante. Para ello es necesario entender que ese elector puede equivocarse hoy cuando no te vota, pero quizá también ayer cuando te votó. 

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