SEGUIR VOLANDO

 

Eran un par de hermanos revoltosos peleando por un juguete. Su padres se desentendían hasta que los decibelios de la discusión infantil superaban lo admisible, y entonces les regañaban dulcemente en francés. Detrás de ellos esperaban una pareja de alemanes de edad madura, que sonreían a los pequeños sin importarles el alboroto. Ejecutivos sin corbata, algún joven mochilero, un pasajero de color… yo avanzaba en paralelo en la fila de al lado esperando para facturar mi equipaje en otro vuelo. Cuando ya había recogido mi tarjeta de embarque vi en el mostrador contiguo una cara que me resultó familiar. En aquel momento no lo reconocí, pero luego supe que era Marcelo Parente, el jefe de gabinete del alcalde de Río de Janeiro, con el que me había reunido unos meses antes. Sucedió todo hace doce años. Recuerdo con tanta precisión aquella cola de pasajeros porque están todos muertos. 

El vuelo 447 de Air France se partió por la mitad mientras caía en picado al océano Atlántico tres horas después de despegar del aeropuerto de Galeao, en Río de Janeiro, con destino a París. Murieron sus 228 ocupantes, pero solo se recuperaron 50 cadáveres. Durante las semanas posteriores seguí con atención las investigaciones sobre las causas del accidente, y también la búsqueda de los cuerpos. No sé por qué suponía que en algún momento aparecería el peluche de los críos en una playa de Fernando de Noronha, que es uno de los lugares de la Tierra que más se deben parecer al paraíso celestial, donde imagino que están esos niños.

Ya digo que en ocasiones la mente recorre caminos insospechados, y yo estuve durante un tiempo soñando con la vida de aquellos muertos. De dónde vendrían, a dónde irían, su último beso o el abrazo que les esperaba al aterrizar. Supongo que pudo ser una manifestación leve de estrés postraumático, pero no lo sé porque es la primera vez que lo cuento. La cuestión es que en los meses y años posteriores jamás dejé de subir a un avión por miedo a que se cayera, o explotara en pleno vuelo, o un enajenado decidiera estrellarlo contra una montaña. 

Entiendo que en mi cabeza logró imponerse la fría estadística sobre la imagen del osito flotando en el mar. En aquel 2009 fallecieron en todo el mundo 458 personas en accidentes de aviación. Fueron aproximadamente los muertos que hubo en España entre Enero y Febrero de ese mismo año por accidentes de trafico. Y luego está el tamaño de la aeronave. Las probabilidades de accidente se multiplican en aparatos pequeños. Resulta asombrosa la cantidad de fallos que se deben producir simultáneamente para que un Airbus 330 se precipite al océano. Pero una vez sucedió, y yo estuve cerca.

La he visto poco este último año, como a tanta gente querida. Al principio hablábamos más, pero después las llamadas y mensajes se fueron espaciando. Yo lo atribuía a una situación familiar un tanto complicada, con dos hijos transitando su adolescencia en el peor momento posible, y un marido, regatista profesional de élite, ahogándose en tierra porque su vida está en el mar. Me gusta respetar esa distancia con las verdaderas amistades cuando la necesitan, pero la ausencia tan prolongada de M. era sospechosa. 

M. vive en Mallorca hace años, pero es argentina. Finalmente me escribió el jueves: “recién hoy puedo relatar sin romperme a trozos”. La llamé, y se rompió a trozos. Su madre había fallecido dos semanas antes de manera repentina. Una mujer sana, de 78 años, se va en cuestión de minutos por una embolia pulmonar tres días después de recibir la primera dosis de la vacuna rusa contra el COVID. M. es un poco bruja, una de las personas más intuitivas que me he cruzado en la vida. Ese sexto sentido le provocó un pálpito oscuro días antes del pinchazo de su madre en Buenos Aires. Lo más doloroso de escuchar para mí no fue la noticia del óbito, sino sentirla culpable a 12.000 kilómetros de distancia por no haber podido hacer nada, algo así como intentar detener un Airbus en caída libre. 

Aún no he sido capaz de llamar a M. para decirle que su mamá tenía que inmunizarse, igual que aquella familia tenía que subir a ese avión. No sé cómo decírselo porque mis padres se han vacunado y están bien, como la inmensa mayoría de personas inoculadas. Es fácil teorizar y agarrarse a los números cuando estás en la cola de al lado, en la del vuelo que aterriza, como casi todos. Pero a una amiga del alma le ha tocado esperar en la terminal al familiar que no llegará, y ahora no me salen los porcentajes. De las personas soñadoras que conozco M. es la más soñadora, y también la más fuerte. Por eso pronto entenderá que tiene que seguir volando.

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