MEJORES Y MÁS FUERTES, DECÍAN

Eran once fogatas dibujando una C en el suelo. En el descanso del partido alguien preparaba unas bolas de algodón, las impregnaba en alcohol y les prendía fuego. Acercábamos las manos y las botas de fútbol a esas hogueritas, tratando de calentar unas extremidades que eran témpanos de hielo. En los ochenta se podían improvisar aquellos akelarres deportivos porque el piso de los vestuarios era de ese cemento que lo aguanta todo. Hoy no sería posible, porque son de unos materiales amables que imitan el parquet. Algunos llegan a instalar suelo radiante. Aquellos días de invierno en Vitoria te tenía que gustar mucho el fútbol para no pasarte al baloncesto, que al menos nunca se jugaba sobre barro. 

A veces al acabar un partido nos tenían que ayudar a desvestirnos, porque los brazos se quedaban tan rígidos que no podíamos ni tirar de la camiseta para sacarla por la cabeza. Un domingo de enero jugando en Burgos el asunto rondaba los diez bajo cero. Lo recuerdo porque me dieron un balonazo en la cara y el hexágono del Adidas Tango se me quedó marcado en la mejilla varios días. Esta semana he leído las quejas de algunos futbolistas profesionales en España porque les han obligado a jugar con temperaturas muy bajas.

Unos chavales millonarios, fuertes como robles y embutidos en ropa térmica de última generación protestan porque les hacen trabajar en condiciones severas, que ya si eso esperamos a que escampe. La primera reacción sería cederlos una temporada al Dínamo de Kiev, para que juegan durante meses con esos balones naranja fosforito tan llamativos cuando ruedan sobre la nieve. 

Pero superado el calentón ante tanta blandura, uno entiende. Es comprensible su lamento, acorde con los tiempos que vivimos. Dicen que una sociedad tiene los políticos que se merece, y supongo que también tenemos los futbolistas que nos merecemos. La Agencia Estatal de Meteorología advirtió de la nevada histórica que se avecinaba con una exactitud horaria casi mágica. A pesar de ello un conductor que quedó atrapado en la M-30 de Madrid -en la M-30, no en la Karakorum Highway- protestó amargamente en las redes porque nadie, ni los servicios de emergencia, ni el ejército, ni la patrulla canina, se había acercado para llevarle un botellín de agua. En un país así es lógico que haya futbolistas profesionales que no quieran jugar bajo cero. 

No quiero hablar aquí de una sociedad infantilizada, porque hay niños muy duros. Quizá obligados por unas circunstancias difíciles desarrollan una capacidad para afrontar las adversidades que ya quisieran para sí muchos adultos contemporáneos, entre ellos algunos de sus profesores. En Mallorca ha hecho estos días un frío inusual, como en el resto de España pero con quince grados más que en gran parte de la península. A este frío se ha unido la necesidad de ventilar con regularidad las aulas por culpa de la pandemia.

Estas bajas temperaturas tan anómalas son temporales, como el propio nombre del temporal Filomena indica. Para la semana que viene dan en la isla sol, alguna nube y máximas de 18 grados, pero un sindicato de profesores en Baleares pide más calefacción en los centros porque la temperatura interior no debe bajar en ningún momento de 17 grados. Para acelerar la negociación antes que llegue la primavera yo reclamaría también parquet y suelo radiante, o en su defecto pupitres con asientos calefactados. 

El virus no solo está poniendo a prueba la verdadera resiliencia individual y colectiva, si es que esta última existe, que lo dudo. También está funcionando como espejo de nuestras miserias y egoísmos. La semana pasada hubo unos miles de personas que se manifestaron sin autorización por la falta de ayudas ante el cierre de sus negocios por razones sanitarias. En su mayoría eran pequeños empresarios y autónomos que no disponen de las coberturas que afortunadamente amparan a otros trabajadores afectados por la crisis. 

Sentí pena al leer algunas críticas furibundas hacia ellos -cafeteros, les llamaron despectivamente- por la falta de empatía al no entender su desesperación. Y peor aún, sentí un inmenso bochorno al comprobar que algunas de esas críticas provenían de personas que no solo mantienen abiertos sus negocios, sino que les van viento en popa. O de funcionarios que trabajan desde su casa -eso dicen- y que no solo mantienen sus salarios sino que los han visto incrementados este año. Nos dijo el Gobierno que de esta crisis íbamos a salir mejores y más fuertes. Supongo que se referían a los futbolistas, por el frío. 

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