LA RAZÓN DE MAHLER

     Hace unos años mi amigo navegaba el estrecho de Bonifacio al atardecer, con un viento suave que impulsaba su velero en el paso entre Córcega y Cerdeña. Solo aquella luz, y el silencio roto por la caricia ligera del casco sobre las aguas, hubieran bastado para emocionar a cualquiera. Pero a mi amigo, el patrón del barco, no le pareció suficiente tanta belleza, e hizo sonar el célebre Adagietto de la Quinta Sinfonía de Mahler sobre aquella cubierta dorada por los últimos rayos del día. Y lloró, claro.

       Tras una vida plena de millas náuticas y belleza, aquel recuerdo se le aparece como un fogonazo cada vez que surca feliz las aguas vespertinas de Mallorca. Yo le escuchaba admirado, como tantas otras veces desde el día afortunado que me regaló su amistad. Hay en el mar, y en una forma concreta de navegarlo, un profundo sentido estético de la vida que lo impregna todo. Por eso Mahler, y por eso sus lágrimas.

       El estrecho de Bonifacio está considerado uno de los más complejos de atravesar del mundo por sus corrientes, sus bancos de arena y sus escollos. A su escasa profundidad se le añaden unas condiciones meteorológicas a menudo adversas. Pero aquella tarde el canal quiso darle una tregua a mi amigo y le permitió no solo cruzarlo, sino hacerlo escuchando a Mahler. Cuando ayer lo contemplaba al timón no lo pude evitar, y en mitad del mar recordé la belleza salvaje de las montañas comprometidas que ascendí, en las moles de hielo y roca que un día relajaron algo su fiereza para permitirme acariciar sus cimas. 

       Lo que más he echado de menos en los últimos meses han sido mis padres y las montañas, por este orden. En unos días espero poder aliviar el primer vacío, pero el segundo va a tardar más. Si un virus no hubiera puesto patas arriba el mundo y nuestras vidas, esta semana que comienza estaría tomando un vuelo a Katmandú para tratar de ascender una de las montañas más altas de la Tierra. Pero no podrá ser, como tantas otras cosas. La razón nos ayuda a entender esas renuncias, pero no impide la nostalgia de una vida que comienza a parecer muy lejana. 

        En estos tiempos extraños hay que sacrificarse para no enfermar, ni hacer enfermar. Pero si aspiramos a algo más que a sobrevivir debemos esforzarnos también por mantener las pasiones, esas emociones crónicas, porque sin ellas decía Stendhal que nos idiotizamos. E idiotizarse es aún peor que vivir con miedo. Una expedición al Himalaya se ha convertido en algo tan lejano como el sueño de un adolescente. Pero cuántas veces las vidas que merecieron la pena ser vividas se construyeron sobre un anhelo de la infancia. 

       Por culpa de un virus hoy los niños y jóvenes deben cuidar de sus mayores. La Quinta Sinfonia de Mahler supone también una inversión completa del orden natural de los acontecimientos. Su primer movimiento es una marcha funeral de una intensidad dramática descomunal. Esa visión de la muerte va dejando paso a la dulzura y la esperanza en sus compases intermedios, para concluir en una celebración exultante de la naturaleza, en un monumental canto a la vida más próximo a la energía juvenil que a los traumas adultos.  

        Ver a mi amigo sonreír al timón navegando hacia poniente, volviendo a puerto con su preciosa nieta brincando entre nosotros, me hace creer que fue el Mahler más optimista, el que le acompañó cruzando Bonifacio, el que impondrá su razón para atravesar esta pandemia. Y al final rolaremos de la música fúnebre al Adagietto, de aquella tristeza a la pulsión vital que nos lleva a surcar los estrechos más difíciles, o subir las montañas que nos acercan al cielo. 

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