BESAR A LA FLACA

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La Casa de la Trova en Santiago de Cuba huele a ron y a madera vieja. Ocupa un hermoso edificio colonial en la esquina entre las calles Heredia y San Félix, y su salón de la planta baja comienza a bullir de verdad cuando cae el sol. Ahora no lo sé, pero hace años el local se iba llenando de un humo de habano bueno que ascendía hasta la balconada del segundo piso, y entre aquella bruma blanca todas las gatas se volvían pardas. 

-Gallego, ¿de qué parte de España vienes?

-De Mallorca

-¿Dónde es eso?

-Es una isla en el Mediterráneo, cerca de Barcelona

-Ah, Barcelona, como Jarabe de Palo. Yo soy la Flaca -y en ese momento asomaron entre sus labios dos hileras de perlas blancas, perfectas-

-Pero la Flaca se pasea por el Malecón de La Habana -le contesté-

-Tonto, la Flaca es una diosa, y las diosas estamos en todas partes

Entonces aquel junco de ébano se alejó con un movimiento elástico. No sé cuántas libras de piel y hueso desfilaron aquella noche ante mis ojos, pero había también carne prieta de sabor dulzón. Pau Donés había actuado un par de años antes en el Teatro Karl Marx de La Habana junto a Compay Segundo, y ya era un músico muy conocido en Cuba. No era difícil imaginarlo en el escenario de aquel local, sentado en un taburete con su “Dolores” -la guitarra que se trajo de Cuba porque la Flaca se le resistía- cantando al amor, a la mujer y a la vida, o sea, la vieja trova santiaguera. 

El sociólogo francés Gilles Lipovetsky rechaza una filosofía trágica de la ligereza. Por eso discrepa abiertamente de Kundera y su insoportable levedad del ser. Defiende la ligereza, pero no toda la ligereza. En su ensayo sobre el asunto (De la ligereza, Ed. Anagrama, 2016) sostiene que un cierto individualismo ligero nos libró de los grandes males del siglo XX: el comunismo, el fascismo y el nacionalismo, las ideologías pesadas y pensadas para las masas que trajeron dos guerras mundiales, la shoa y millones de muertos en la Unión Soviética. 

El libro de Lipovetsky es brillante, pero su párrafo más conmovedor se encuentra en una nota a pie de página: “¿Podemos imaginar algo más deseable que la alegría? ¿Qué vida sería la nuestra sin las alegrías de la despreocupación, el esparcimiento, la risa, la elegancia, la gracia del arte? Introducir la ligereza en la existencia, danzar con la vida: ¿quién no lo desea ardientemente?”. 

Pau Donés confesó en una entrevista haber leído diez libros en toda su vida, “o quizás menos”. Apostaría un beso de la Flaca a que el ensayo de Lipovetsky no estaba en su lista. Sin embargo, las letras de muchas de sus canciones destilan una joie de vivre, una baile liviano y feliz con su propia existencia, como un pasar de puntillas gozando sin molestar. Cuando en sus últimos años llegó la adversidad en forma de cáncer, siguió sonriendo. 

Existe una ligereza buena como existe un relativismo bueno. Depende, de qué depende, de según cómo se mire todo depende. Frente al hierro ideológico que hoy nos golpea, Pau Donés esgrimía en su música y en su vida una aleación flexible, cimbreante como el cuerpo garboso de la Flaca. Y un optimismo existencial que los alabadores de lo profundo toman por estupidez, y a otros nos parece un signo de sabiduría. Bonito, todo me parece bonito. 

Otro día le leí que su hija le había hecho “más fuerte, más persona y más feliz”, y ya no dejé de seguirle porque pensé que, por encima de su música, debíamos pertenecer a la misma tribu. Se declaró hasta el final “un kamikaze en el amor y un aprendiz en el sexo”. Y ahí seguimos, estrellándonos y aprendiendo, como Pau, que confesó no haber llegado a besar a la Flaca porque se quedó dormido.

Su último videoclip, lanzado pocos días antes de su muerte, es un homenaje a México, el segundo país más importante en su carrera musical después de España. En él aparecen mariachis, un cáctus, la Virgen de Guadalupe, un retrato de Emiliano Zapata y hasta una camiseta del Día de Muertos que luce el teclista de la banda. El culto a la muerte en México, que en realidad es una celebración de la vida, se refleja en el centenar de nombres empleados para referirse al óbito. Uno de los más populares es “la flaca”. Ahora que Donés se ha quedado dormido para siempre, conociéndole seguro que la recibió con un beso. Por fin.

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