HISTORIA DE UNA CHAQUETA

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         Cuando me separé y me fui del domicilio conyugal mi padre solo me dijo: no te metas en un antro. Le hice caso y alquilé un ático pequeño con una terraza el doble de grande. En un día despejado, lo primero que veía al incorporarme en la cama era la isla de Cabrera. Supongo que el hombre intuía el calvario judicial que me esperaba en los próximos años para poder ejercer de padre de mi hija, así que prefería que atravesara aquel infierno con luz a mi alrededor. Lo cierto es que entré por primera vez en aquel apartamento y al segundo pensé: aquí me quedo. Antes de atisbar Cabrera ya había visualizado el rincón donde colocaría la cuna y el parque para Irene, que tenía un añito. 

         Cuando consideré que ya había tirado suficiente dinero manteniendo dos alquileres, uno en Palma y otro en Madrid, me compré mi primera vivienda, otro ático soleado, orientado a poniente pero sin vistas al mar. Después de haber visitado más de veinte propiedades, entré en aquel salón inundado por la luz de media tarde y otra vez pensé: aquí me quedo. Y lo mismo me sucedió con mi segunda y última adquisición, mi actual domicilio, otro amor a primera vista. La sugerencia inmobiliaria de mi padre fue uno de los diez mil consejos acertados que me ha ido regalando desde pequeño. Para bien o para mal, frisando los cincuenta soy un caso resuelto, así que ahora sus recomendaciones son para su nieta. Pero en otro gesto de generosidad me las transmite a mi, como si el general no quisiera saltarse la cadena de mando. 

            He tenido más parejas que inmuebles, pero me ha sucedido lo mismo. Un fogonazo al llegar que me dijo: permanece cerca y habrá sol, en su vida y en la tuya. Es verdad que al final se nubló, pero el eclipse no borra el recuerdo del buen tiempo ni de los días felices. En uno de ellos estaba en París, acompañado por una mujer a la que quise mucho. Era una tarde calurosa de abril, y paramos a descansar bajo la sombra de un gigantesco arce sicómoro, en los jardines de la plaza Luis XVI. Allí permanecieron enterrados durante años los restos de Maria Antonieta recién pasada por la guillotina. Supongo que yo también perdí la cabeza, porque al salir de allí vi en un escaparate del Bulevar Haussmann una chaqueta de ante marrón que me susurraba lo mismo que la mujer de mi vida en el salón soleado del hogar: quédate conmigo. Me la probé, miré a Natasha y sus ojos inmensos de color verde turquesa me dijeron: cómprala. 

               Los caminos de la seducción son inescrutables, y su final también. Cuando conocí al periodista Ricardo Fernández Colmenero yo vestía aquella americana. Estábamos en la sala de espera de un plató de televisión, pero él solo tenía ojos para una pantalla. El Barcelona jugaba un partido de Champions, y no era cosa de molestar a un culé acérrimo. Supongo que su equipo ganó, y el programa de Neus Albis fue bien, porque al acabar nos fuimos de copas y nos quisimos al primer gintonic, como las casas, las novias y las chaquetas esplendorosas. Y así hasta hoy. Entre medias Ricardo tuvo un hijo con Lur, y también parió una de esas columnas magistrales que el año pasado le valieron el premio Julio Camba y el Unicaja consecutivos, un hito periodístico que le compensa el doblete frustrado del Barça esta temporada. 

               Ahora, cuando rememoro el momento estelar de mi vida, no me viene a la cabeza ni la cima de una montaña ni un arco de meta. Por culpa de aquella chaqueta Colmenero me coló en “Se retira el minivestido”, una de sus joyas sabatinas en El Mundo, compartiendo párrafo con Ryan Gosling y David Beckam. A mi madre y a mi nos encantan las hipérboles literarias de este chico, porque nos hacen soñar con un amor a primera vista con Sandra Bullock, Eva Mendes, o en su defecto alguna de sus primas. Desde entonces pienso que ya me puedo retirar, como el minivestido de Lur, y vivir de las rentas de ese texto viral. Por eso el otro día me puse la americana para entrevistar a Ricardo en Canal4 Televisión con ocasión de la Feria del Libro y la firma de ejemplares de su Literatura Infiel, que sin apenas haber arrancado va para la tercera edición. La chaqueta es tan bonita que luce en cualquier percha, pero ni así conseguí hacer sombra al talento de Colmenero, que se presentó ante las cámaras en mangas de camisa, rebosando elegancia interior, sentido del humor y sensibilidad, sin necesidad de chaqueta. 

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