PRIMARIAS: EL TIRO POR LA CULATA 

            Hay palabras que suenan a música celestial. Democracia, por ejemplo. A pesar de ello esa dulce melodía se percibe distinta según quien sea su intérprete, y entonces, para aclararnos, le fuimos añadiendo apellidos: representativa, liberal, asamblearia… Pero este linaje sobrevenido no era suficiente, porque incluso los sistemas totalitarios comunistas se definían a sí mismos como “democracias populares”. La gente seguía hecha un lío. Así que en los tiempos en que la política se ha convertido en el arte de generar dos eslóganes diarios, uno para la mañana y otro para la tarde, había que simplificar. Democracia es votar. Chin pum.

           La utilización más burda de esta necedad, que ni siquiera llega a verdad a medias, fue la del independentismo catalán. Ni imperio de la Ley, ni respeto por las instituciones. Democracia es votar. Se ponen urnas y ya está. Como si en Cuba y en Venezuela no se votase. En opinión de nuestros líderes, el equilibrio de poderes, un sistema de contrapesos o la independencia judicial son conceptos demasiado complejos para ser asimilados por el ciudadano medio. Democracia es votar, a secas. Y así, en este lento proceso generalizado de ir tomando a los votantes por idiotas, llegamos al invento de las primarias en los partidos políticos. 

           En España el primer experimento lo hizo el PSOE en 1998. Josep Borrell se impuso como candidato a la Presidencia del Gobierno al Secretario General de su partido, Joaquín Almunia. Borrell duró un año, y renunció antes de las elecciones por las zancadillas que recibió desde la dirección del PSOE, incluida la filtración de un escándalo fiscal de un antiguo colaborador suyo en el Ministerio de Hacienda. Así se las gastaba el aparato de Ferraz, al que se le fueron las ganas de más primarias abiertas a toda la militancia durante 16 años. En 2014 recuperaron el invento, principalmente por la presión del modelo asambleario que enarbolaba la fuerza emergente que irrumpía en la izquierda, Podemos. Pedro Sánchez se impuso a Madina y Pérez Tapias. Sánchez duró dos años, y en 2016 tuvo que dimitir al perder el apoyo de la Ejecutiva Federal con un partido completamente fracturado. Volvió a ganar en 2017, y lo primero que hizo fue reformas estatutarias en el PSOE para reducir el poder del Comité Federal y ampliar el ámbito de decisiones de la militancia. 

         A la mayoría de opinadores esta música le sonaba fresca como el trino de un jilguero, pero algunos recelamos de la eficacia del invento en un sistema de partidos como el nuestro. A mi me llegaron a espetar en directo en un programa de televisión que esta desconfianza hacia las primarias demostraba mi falta de convicciones democráticas. 18 meses después de su reelección como Secretario General del PSOE, Pedro Sánchez propone como candidato a la Alcaldía de Madrid a Pepu Hernández, y ayer le monta un acto de presentación por todo lo alto para brindarle su apoyo incondicional. Aclara que no lo hace como Presidente del Gobierno, ni como Secretario General de su partido, sino en calidad de militante socialista, como uno más. Sánchez cada día lo pone más complicado para no partirse el pecho de la risa con sus ocurrencias. 

        Después de 30 años sin un alcalde socialista en Madrid, este cómico planteamiento   podría parecer excepcional, algo que responde a una situación desesperada por recuperar el poder. Pero no hace falta viajar a la capital para comprobar la debilidad del invento. Sin ir más lejos, en Baleares las primarias del PSIB se han resuelto sin urnas: tres candidatos para tres candidaturas al Govern, Consell y Ayuntamiento de Palma. A cara de perro, pero sin necesidad de votar no sea que nos hagamos daño. 

        Pero este no es un problema del PSOE. Imitando a los socialistas, las primarias se fueron extendiendo al resto de partidos, porque no querían parecer menos “democráticos”. La cuestión a resolver es sencilla, y no tiene que ver con los bandazos de Sánchez, ni con el control del aparato sobre los posibles candidatos. Las primarias en España, ¿han mejorado la calidad de nuestra sistema de representación? ¿han permitido una mayor democracia interna en los partidos? ¿han contribuido al debate de ideas? ¿han mejorado el nivel de los candidatos y de la clase política en general? ¿O más bien han reforzado el cesarismo de los que ganan laminando las voces discrepantes? El modelo de híperliderazgo que se ha impuesto en todos los partidos y la falta de equilibrios orgánicos demuestran que las primarias son unas de esas grandes ideas que aplicadas fuera de contexto producen exactamente el efecto contrario al deseado. Lo que viene siendo salir el tiro por la culata. 

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