Elegir el bien

          La obra de Spinoza abatió dos mitos filosóficos intocables hasta el siglo XVII. El primero, el del Dios creador y omnipotente, convertido en Naturaleza. El segundo, los conceptos del Bien y el Mal, que dejaban de ser valores absolutos y trascendentes para volverse relativos y subjetivos. La misma acción para un individuo puede ser buena, y para otro mala. El mal deja así de existir de forma ontológica. Esta metafísica parece desmoronarse ante el asesinato frío de un niño de ocho años. El pensamiento etéreo cae a plomo ante el cuerpo sin vida de un pequeño que podría ser nuestro hijo, ante el descubrimiento de un hacha, unas ropas o el dibujo de un pez. En este punto lo abstracto deja paso a la manifestación de algo que confundimos con el mal. Es la maldad humana la que existe y se materializa. Y esta maldad no nace de la necesidad, sino de la voluntad. Se toma una decisión, la de obrar el mal. O la contraria, hacer el bien. En ambos casos depende de una decisión individual. Hasta los defensores más entusiastas del gen MAO-A como determinante de los comportamientos antisociales, reconocen que la voluntad puede llegar a bloquear una conducta violenta. Por más inducida que esté nuestra conducta, como en el caso de una infancia plagada de malos tratos, cada acto de maldad puede cometerse o evitarse.

       Elegimos la maldad, y por tanto elegimos también la bondad. Conviene estar alerta, porque nos afrentamos a este proceso mental más a menudo de lo que pensamos. La gran maldad no es frecuente, afortunadamente. A lo largo de nuestra vida nos cruzamos con pocos asesinos o violadores. Pero la maldad de baja intensidad, el provocar un dolor controlado en el prójimo forma parte de lo cotidiano. Lo hacemos por rabia, por miedo, por envidia o por venganza. En ocasiones sólo por demostrar nuestro poder: te hago daño porque puedo, porque soy más fuerte, o más inteligente, porque me sale gratis, porque escribo en un periódico o tengo una cuenta en Twitter. Obramos frustrados, iracundos o heridos, pero también en frío y plenamente conscientes de lo que hacemos. Normalmente nos arrepentimos, y en un estadio moral superior podemos llegar a pedir perdón sincero por el mal causado. Pero las pequeñas maldades pueden ir transformándonos, volviéndonos insensibles ante ellas y los efectos que provocan.

         La fricción cotidiana con la maldad banal hace callo en el alma, y te puede convertir en una mala persona incluso sin darte cuenta. No en un asesino, solo en una mala persona. Esa falta de empatía ante el dolor ajeno sedimenta con lentitud, pero termina por formar una costra pétrea que aísla de la realidad de los demás. No es difícil reconocer personas que conocimos buenas, y que el tiempo y su voluntad las transformaron en indeseables. La casuística demuestra que existe una línea de no retorno. Sobrepasada, se continua haciendo el mal a los demás sin remordimientos, causando daños reversibles o irreversibles. Aquí ya juega el grado de psicopatía. Nos gustaría que no fuera así. Lo deseamos tanto que hay quien prefiere negar esa realidad. Pero esta se impone, y la Ley debe contemplarla. Hay sujetos que se inhabilitan a sí mismos de por vida para la convivencia. Reconocer esta obviedad no tiene que ver con el deseo de venganza, ni supone renunciar a la función rehabilitadora de la pena cuando es posible, es decir, en la mayoría de casos. Una sociedad tiene derecho a protegerse del lobo humano sin entregarse al pesimismo hobbesiano. Negar esto es negar que el patrón de conducta malvada puede ser atemporal, y que no entiende de géneros, razas ni ideologías.

       Por fortuna sucede también el proceso contrario. Existen personas cuyas decisiones las hacen mejores. Podrían elegir el odio y la furia, pero eligen el perdón y una mirada luminosa para sobreponerse al horror. Los padres del pequeño Gabriel, asesinado por una mala persona, tenían más motivos que nadie para la cólera y la venganza, pero escogieron otro camino, el de la lucidez y la compasión. Cuesta creer que no dudaron en algún momento, que no desearon la muerte de la persona que les arrebató a su hijo, pero optaron por la esperanza y por situar el foco sobre la gente de bien, una mayoría, que les acompañó en la búsqueda de su pececillo y en el duelo posterior. Frente a ellos, los integrantes de la jauría digital, uno a uno, tomaron la decisión contraria. Sujetos que se suponen amables con el vecino de escalera comenzaron una escalada de salvajismo verbal contra la asesina en las redes sociales. La atrocidad de su acto y la frialdad con que trató de ocultarlo durante días delante de todas las cámaras y micrófonos que se le pusieron por delante justificaban tanto esa inquina… que no resultó suficiente. El hostigamiento brutal se trasladó a una hija de la detenida, que ni siquiera pasaba por allí. He aquí un ejemplo de ese caparazón moral que ampara la crueldad con un inocente.

       Pero hay esperanza entre tanta basura moral. En un mundo habitable no cabe tanto hijo de puta virtual como apunta Twitter. A mi alguno de estos justicieros del verbo cruel no me han aguantado una mirada sin móvil por medio. No digo un argumento, digo un silencio estruendoso. Por tanto es falsa una parte de esa violencia, aunque pueda herir. Es la cara siniestra que eligen mostrar, aunque pueda existir otra menos dañina. Si la maldad es cierta en el enjambre digital, también lo puede ser la bonhomía. En las redes abrimos una ventana para que nos observen, y elegimos qué parte enseñar. Exige un encuadre, y por tanto no solo excluimos el lado oscuro, sino que ese ejercicio nos puede ayudar a minimizarlo en la realidad, a apartarlo de nosotros para concentrarnos en nuestra bondad, y agrandarla con hechos. La madre de Gabriel no “es” una buena persona. Se comporta como una buena persona en las circunstancias más difíciles, por decisión propia, cuando todos entenderíamos la conducta opuesta. Con su vida aplastada por la vileza, nos regala a todos la lección más hermosa de amor y generosidad. Su elección nos permite imaginar un mundo mejor.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: