EL SUSTO FINAL

Va para el medio millar de lunes dando la lata en esta página. Es un día como otro cualquiera en la edición de un periódico, pero con alguna peculiaridad por el hecho de tener que maquetarlo durante el fin de semana, que hay menos gente trabajando. Así que la mayoría de veces envío el texto el viernes por la noche, o el sábado por la mañana. Esto tiene ventajas e inconvenientes. El artículo pierde inmediatez, y por ello hay que prestar atención a la hora de elegir el asunto, para que en dos días la columna no sepa a yogur caducado. Pero esto mismo permite algo más de perspectiva, y que alguna pieza pueda sobrevivir a la vorágine informativa. Si yo hubiera enviado mi columna de la semana pasada el sábado por la noche, nada más ver las imágenes de la manifestación convocada en Barcelona en apoyo a las víctimas de los últimos atentados yihadistas, la hubiera titulado: “Han ganado: independencia ya”, o “Tenían razón: que se vayan de una vez”, o quizá “Yo tampoco quiero vivir en el mismo país que vosotros”.

Es el riesgo de escribir aún bajo los efectos de la nausea moral. Todo por la causa. Convertir una marcha en contra del terrorismo, con 16 cadáveres recién etiquetados en la morgue, en una acto de exaltación independentista, es más de lo que una mayoría de ciudadanos puede soportar. Y cuando escribo una mayoría de ciudadanos quiero decir exactamente eso, una mayoría de ciudadanos, sin adjetivar, sin filiación política y al margen de su posición sobre la secesión de Cataluña. Superada la vomitona inicial, uno se da cuenta que el independentismo ha fracasado con estrépito. Si el proyecto de construcción nacional de los Països Catalans necesita alcanzar ese nivel de ruindad para demostrar su fortaleza es que ha perdido la batalla. Invocar la libertad de expresión para silbar e insultar en un acto convocado para mostrar la unidad frente al terrorismo supone deformar la democracia hasta un punto que la hace irreconocible. Obviamente, los maquinistas de ese tren lanzado contra el muro de la ley, el sentido común y la realidad internacional no lo saben, y el estrépito de la locomotora les impide escuchar los silencios estruendosos de los días posteriores a su akelarre de pitos y esteladas.

Conozco indepes avergonzados por esa manipulación canalla orquestada por la ANC, la CUP y Òmniun. Gente normal que querría votar “Sí” en un referéndum para separarse de España, pero no a cualquier precio. Son personas sensatas a las que no les queda más remedio que reconocer en manos de quién están, quién maneja este proceso y a dónde les puede conducir al día siguiente de la proclamación de la nueva república catalana. Tanto apelar a la voluntad popular para terminar rebajando la exigencia de participación en su consulta, eliminando la necesidad de mayorías cualificadas, trampeando en la mesa del Parlament para colar votaciones en fraude de ley. Es el riesgo que se corre al abandonar por completo el discurso racional para apelar a las emociones. Esta semana ha vuelto a circular por las redes el video en el que Josep Borrell descuartiza sin piedad en un debate a Oriol Junqueras con argumentos sobre las cifras del “expolio fiscal”, el modelo federal alemán, el futuro en la Unión Europea, etc. Cuando Junqueras dejó de balbucear entendió que por ahí no iba a ningún sitio, y se sinceró: “me da igual todo lo que usted dice, la independencia es una cuestión de sentimientos”.

Pero los sentimientos siempre contienen algo de nitroglicerina en su interior. Por eso hay que ir con cuidado al agitarlos. Hay sentimientos colectivos muy respetables, como el de pertenencia a una comunidad cultural y política, que se prestan a escenografías multitudinarias y coloristas, prietas las filas. Pero ver cómo se obliga a unos padres a asistir de manera forzosa a un concierto de silbidos e insultos el día que se homenajea a su hijo recién enterrado, provoca un bochorno en cualquier persona de bien que se ha de digerir a solas, en silencio, en el salón de tu casa, con la mirada vagando entre el televisor y la alfombra. Es en esa muda intimidad donde una parte de los ciudadanos, personas antes que nacionalistas, comprende que con esos mimbres axiológicos, con ese orden de prioridades, es difícil construir una sociedad libre y sana.

La intelligentsia del “prusés” se ha creído esa majadería del coaching de medio pelo según la cual “crisis significa oportunidad”. Han querido transformar un atentado con víctimas de 34 nacionalidades en una demostración de modernidad e insurgencia ante el estado opresor, pero han quedado ante la comunidad internacional como una tropa de radicales que no conoce los límites de la decencia moral. Ante este panorama, cada vez hay más independentistas que exigen un referéndum con garantías jurídicas para votar sí a la república catalana, tranquilizar su conciencia y dar por bien empleados sus esfuerzos y la tabarra que nos han dado, con la secreta convicción que ganará el no, y librarse así de una nueva tiranía peor que la de Madrid. Como algunos partidarios del Brexit, pero sin llevarse el susto final del resultado.

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