UN MUNDO DE LIKES

Parece tímido, y lo es. No es el rasgo más común que caracteriza a un buen comunicador, pero también lo es. Discreto y con un fino sentido del humor, José María Alvarez Pallete es el Presidente Ejecutivo de Telefónica desde hace poco más de un año, y durante este periodo había reducido sus apariciones públicas hasta límites casi misteriosos. La semana pasada comenzó a prodigarse un poco más, y un centenar de personas tuvimos la oportunidad de escuchar en Palma al primer ejecutivo de una de las principales empresas españolas. Pallete es otra de esas personas empeñadas en desmontar la teoría nihilista según la cual para triunfar en cualquier ámbito profesional competitivo -como por ejemplo el de las grandes multinacionales- hay que ser un tipo con pocos escrúpulos.

Su primera decisión como número uno de la compañía fue renunciar al aumento de sueldo que le correspondía por su ascenso. Además, congeló la asignación que ya venía recibiendo como CEO de Telefónica. El “gesto” se tradujo en ingresar en su cuenta alrededor de 3’6 millones de euros al año menos que su antecesor en el cargo, César Alierta. Ya sé que esto es algo que haríamos todos con semejante nómina, por supuesto, y que si no lo hacemos es porque no nos lo podemos permitir con nuestro sueldo de andar por casa. Pero hasta los haters profesionales me reconocerán que cuando alguien que ha prescindido por decisión propia del 40% de su salario se pone a hablar de valores, como mínimo se merece el beneficio de la duda, y escucharlo con atención.

Alvarez Pallete habló de inteligencia artificial, del crecimiento exponencial del flujo de datos, y de la estrategia de su corporación para afrontar los retos que se plantean en ese nuevo escenario global. Y es ahí cuando insistió en la necesidad de un marco universal de valores, de unas reglas con un componente moral capaz de establecer límites en la actual selva digital. Y sonaba creíble. Porque el problema no se reduce a una cuestión de derechos y obligaciones, sino que va mucho más allá. Cuando este hombre afirma que “la vida real se está fusionando con la vida digital” está alertando de profundos cambios que afectan a nuestra vida cotidiana: el funcionamiento de nuestros electrodomésticos, la manera de conducir -o pronto de no conducir- o los tratamientos quirúrgicos, por ejemplo. Pero ese análisis es aún más complejo, porque esa inmediatez en la transmisión de información lo que está provocando es una transformación total de los comportamientos sociales, de la manera de relacionarnos y del modo en que interpretamos las reacciones de los demás.

Yo no tengo problema en que una pareja exhiba con frecuencia en las redes sociales sus fotos acarameladas, sus viajes románticos o sus citas felices. Puedo imaginar que cuando pasan unas semanas sin dar ese tipo de señales de vida es que andan un poco distantes. Luego vuelven las imágenes en almíbar, y ya está. Es lo normal. No pasa nada, porque uno entiende que los otros, como hago yo, eligen la parte de su vida que quieren mostrar. Y en general se agradece esa exhibición de lado amable de la existencia, porque para problemas ya tengo los míos. El problema surge cuando se pierde la perspectiva y se termina por confundir la vida digital con la real. Yo un par de veces al año intento subir montañas hermosas, lo cuento en Facebook, y algunos piensan que trabajo para el programa “Al filo de lo imposible”. Y no es eso. Ocurre que no me hago fotos cada día doblado sobre el ordenador, ni lavándome los dientes.

Esta confusión de la parte digital por el todo analógico comienza a ser preocupante cuando afecta de tal manera a tu conducta que se convierte en la única motivación para hacer o decir una cosa, o la contraria. Si esta patología se reduce a una cuestión individual, allá cada uno con las consecuencias, porque es difícil dar el pego todo el tiempo, incluso en Instagram. Pero si el asunto atañe a todo un colectivo el asunto se complica, porque se amplifica esa distorsión de la realidad a basa de palmadas y likes. Las primarias en un partido político no dejan de ser unas votaciones en una página de Facebook, donde sólo se molestan en inscribir los auténticos fans. Trasladar los resultados de ese escrutinio a una expectativa electoral puede resultar algo así como confundir los amigos de Facebook con tus amigos reales. Podemos mantener un ejército de soldados ante un teclado, en guardia permanente, copando las redes como si aquello fuera una votación diaria y espontánea que refleja la voluntad ciudadana en tiempo real. Pero luego llegan las elecciones y sin saber cómo en seis meses se nos van a la nube un millón de votos. La culpa entonces es de Pallete, que todavía no ha llevado la fibra óptica a cada villorrio de España, y así fusionar para siempre la vida real con la digital.

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