EL ÚLTIMO GENTLEMAN

LAS ROZAS RINDE HOMENAJE AL 'HÉROE DEL MONOPATÍN'El mundo está cambiando, como siempre desde que es mundo, pero hoy más rápido que nunca. Hasta hace poco la tradición funcionaba como asidero ante tanto vaivén, algo donde agarrarnos cuando venían los frenazos y acelerones propios de cualquier época convulsa de la historia. En un sentido amplio, la herencia recibida nos permitía reconocernos en el pasado para afrontar el futuro sin errar demasiado el rumbo. En ningún país se ha manifestado con mayor nitidez ese rasgo de continuidad cultural como en Gran Bretaña. La monarquía, el tweed, la ginebra, el viejo periodismo de Fleet Street, el blanco de Wimbledon, los sándwiches de pepino, Shakespeare… y así seguiríamos hasta terminar la columna. Pero nada de esto ha influido más en ese devenir histórico que un sistema educativo tan particular como el británico. Hoy escuchamos la palabra élite y nos llevamos la mano a la cartera, o directamente al revólver. Sin embargo, hasta un socialista como George Orwell, que pudo estudiar en la exclusiva escuela de Eton gracias a una beca, reconoció las bondades de aquellas instituciones privadas “que conseguían inculcar en el pueblo las cualidades del gentleman”. Orwell participó en la Guerra Civil española con la intención de “matar fascistas, porque alguien tiene que hacerlo”. Pero eso no le impidió admitir entre las virtudes del hombre inglés “la contención sentimental, el civismo más perfecto, y la ironía como freno al fanatismo”.

Esta última, la ironía, se revela hoy insuficiente para detener a los salvajes en una sociedad tan abierta y permeable a la inmigración como la británica. Eton ha dado veinte primeros ministros, pero el último de ellos, David Cameron, se afanó por ocultar su educación pija. Quizá fuera éste el primero de los errores de una carrera política que logró culminar con el desastre del referéndum del Brexit. A partir de entonces la famosa ley de Murphy comenzó a aplicarse de manera implacable: todo es susceptible de empeorar, hasta llegar a Theresa May y Jeremy Corbin. Un igualitarismo mal entendido ha permitido un hecho inédito en aquel país: dos inútiles disputándose el gobierno británico. A pesar del Brexit, el Reino Unido nunca estuvo tan cerca de la peor Europa, con el nivel de su clase política despeñándose por los acantilados de Dover.

Ahora se escribe cada día sobre la decadencia de Gran Bretaña, un imperio que a pesar de todo logró prosperar en ese crepúsculo durante siglos. Para los anglófilos convencidos como yo, ha sido doloroso comprobar el ridículo internacional de una gran nación. Unos servicios de inteligencia sobrepasados por una realidad que nada tiene que ver con las novelas de Graham Green, donde el espionaje casi constituía una actividad de ocio del establishment. Una laxitud en el análisis y unos fallos de coordinación desastrosos entre el MI6 -encargado de la información exterior- y el MI5 -responsable de la seguridad interna-. Una utilización política vergonzosa de los crímenes yihadistas en la recta final de la campaña electoral. Hasta aquí un relato similar al que vivimos en España por los atentados de Atocha en 2004. Esta sucesión de chapuzas debería rebajar el trasnochado complejo de superioridad que enarbola el populismo británico frente a los países del sur de Europa. En lo único que han superado las autoridades del Reino Unido al resto del mundo civilizado es en el sadismo con las familias de las víctimas, al aplicar unos protocolos para el reconocimiento de los cadáveres inaceptables en un país desarrollado.

Andre Malraux reconocía que sólo Inglaterra había logrado crear una élite nacional tan poderosa como la de la vieja Roma. Se refería al vivero de líderes que constituían las Public Schools, más centradas en la formación del carácter que en la mera adquisición de conocimientos. Honestidad, sentido de la justicia, rectitud personal, valentía… cuesta reconocer estos atributos en los actuales líderes del partido conservador y laborista, ambos capaces de afirmar una cosa y la contraria en un lapso de pocos meses. El escritor inglés William Hazlitt decía que “la vida de un hombre es su vida entera, no el último fulgor de una vela al apagarse”. Por eso mismo, un joven que se baja de una bicicleta para defender a una mujer apuñalada por tres criminales en el nombre de Alá no debería ser juzgado por ese acto postrero, sino por toda una vida, una educación, una familia y unos valores que le llevaron a semejante heroicidad. Agallas, vigor físico, valor hasta la muerte…al viejo listado de cualidades de un gentleman Ruskin añadió “la serenidad constitutiva ante el peligro”. Ignacio Echeverría nació en Ferrol, y no necesitó pasar por las aulas de Eton para ser un ejemplo de gentleman moderno en estos tiempos en que lo habitual es actuar para salvar el propio cuello. Ignacio Peyró explica en su “Pompa y circunstancia” que, en realidad, ya hace mucho tiempo que Burke dejó dicho que el tiempo de los caballeros se ha ido para siempre. Quizá sea así, pero en nosotros permanecerá imborrable el recuerdo de Ignacio Echeverría, el último gentleman.

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