SAHARA ARENA

Decía Max Weber que el buen político debe tener “amor apasionado por su causa, ética de su responsabilidad y mesura en sus actuaciones”. En el caso de nuestro actuales gobernantes, nadie puede albergar ninguna duda sobre su devoción incondicional por la causa saharaui. En la ética de la responsabilidad me detendré al final. Y en cuanto a la mesura de sus actuaciones, un barco que transportaba arena del Sahara con sus papeles en regla atracó en el puerto de Palma, y hasta allí se acercaron para impedir su descarga un conseller del Govern, un vicepresidente del Consell de Mallorca, tres regidores de Palma, cuatro diputados autonómicos, y un diputado nacional llegado desde Valencia. Imagino que semejante batallón de representantes públicos sujetando una pancarta en horario laboral hizo sentir orgullosos a sus militantes más comprometidos con las injusticias de este mundo. El resto alucinamos con el despliegue institucional, y tratamos de imaginar hasta dónde hubiese llegado este activismo de salón si el barco hubiera llegado cargado de recursos naturales más valiosos y menos abundantes, como fosfatos, gas, petróleo o pesca.

Aunque haya mucha arena en el Sahara, parece lógico que los representantes de la causa saharaui hablen de expolio de sus riquezas. Esa afirmación resulta coherente con la consideración que las autoridades del Frente Polisario dan a sus propios ciudadanos en los campos de refugiados de Tindouf: recursos humanos que no deben ser expoliados por potencias extranjeras. El caso Maloma destapó en España el de otro medio centenar de mujeres, retenidas contra su voluntad por sus familias biológicas con la connivencia del gobierno de Argelia. El asunto es cuando menos delicado, y las denuncias -formuladas por organizaciones de prestigio en la defensa de los Derechos Humanos- han llegado a Naciones Unidas. A pesar de ello, la respuesta de nuestra izquierda pancartera ha sido unánime: silencio atronador. El conflicto saharaui no merece caer en el olvido de la comunidad internacional, pero ese apoyo acrítico, ciego y sordo ante los abusos, resta credibilidad a la causa y a sus entusiastas defensores. Se puede estar a favor de los refugiados, y al mismo tiempo reconocer las consecuencias que en los últimos años está acarreando el conflicto interno entre la vieja guardia declinante del Polisario, laica y nacionalista, y los nuevos dirigentes, mucho más próximos a una interpretación del Islam que ampara el sometimiento de la mujer a la voluntad de sus padres y hermanos.

En esta historia, como en todas, cada uno viene a hablar de su libro. Eso es respetable. El pueblo saharaui lleva décadas reclamando en un litigio de derecho internacional contra el Reino de Marruecos. Es un asunto complejo que despierta las simpatías de mucha gente hacia la parte más débil, que subsiste en condiciones durísimas en mitad de un desierto pedregoso. Hasta aquí todos de acuerdo. Pero entonces nos topamos con la realidad, esa que nos obliga a tragar con un jefe odioso en la oficina, a soportar a un cuñado pesado en las comidas familiares, a ser paciente con un vecino incómodo pero que abona puntualmente los gastos de la comunidad. El mismo día que nuestros políticos hacían corrillo ante un atril del Parlament para protestar por la llegada de un barco de arena, poco antes guardaban un minuto de silencio por las 22 víctimas mortales del atentado terrorista en el Manchester Arena, reivindicado por el Estado Islámico. Se necesitaron casi 48 horas para identificar los cadáveres de adultos, adolescentes y niños despedazados por la metralla de una bomba casera.

París, Bruselas, Londres, Berlín, Estocolmo… los profesionales de la pancarta deben pensar que estos salvajes eligen el lugar del atentado por sorteo, o dejando caer su dedo a ciegas sobre el mapa de Europa. Pero no es así. Los terroristas que han atentado en estas ciudades son combatientes adiestrados en Siria e Irak, o radicalizados por redes extremistas en Libia, Túnez, Egipto, etc. En España hace trece años que no sufrimos el zarpazo de estas bestias, pero mañana mismo podría ponerse a cero el contador. La sequía de atentados islamistas en nuestro país se debe al trabajo eficaz de nuestros servicios de inteligencia, que de momento van deteniendo a estas alimañas antes de morder. No hace falta ser un experto en materia antiterrorista para entender que, dada nuestra posición geográfica, ese esfuerzo sería mucho menos efectivo sin la colaboración de Marruecos. Nuestro vecino del sur vivió en 2003, un año antes de los trenes de Atocha, su peor atentado terrorista. Los 33 muertos y más de 100 heridos de Casablanca, en su mayoría marroquíes, provocaron la ampliación de la prisión preventiva, la posibilidad de registros policiales sin orden judicial y la interceptación automática de comunicaciones y cuentas corrientes. Una ética de la responsabilidad nos obliga a priorizar, y a reconocer que esta involución de las libertades civiles en Marruecos, que no facilita una solución al problema saharaui, ha beneficiado nuestra seguridad nacional. El flujo de información es constante y permite la labor de anticipación de Policía y Guardia Civil. No se trata de elegir entre arena o muertos, pero hay que contarlo todo y no engañar al personal. Tampoco es este el mundo que hemos elegido, es el que nos ha tocado vivir.

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3 Comments

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  1. Es Ud. uno de los pocos periodistas que escribe para mayores de edad. Felicidades.

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