LA LECCION ELECTORAL

La primera semana de postparto electoral nos has dejado perlas tan brillantes que por sí solas iluminan algunas de las causas del voto de 24 millones de españoles. La voluntad de la “gente” ha desaparecido del debate interpretativo de los resultados, y en la redes sociales han resucitado los muertos, los viejos, los dementes y los síndromes de Down para explicar el ascenso del Partido Popular en votos y escaños. La tesis del pucherazo es tan obscena que un tipo inteligente como Pablo Iglesias no ha tenido más remedio que rechazarla públicamente. Sin embargo, la posibilidad de un fraude masivo para explicar los resultados electorales se propagó de tal manera en sólo 72 horas que llegó a ser divulgada y debatida en medios de comunicación supuestamente serios. ¿Cómo hemos llegado a este punto? ¿Cómo explicar que profesionales de la información den cobertura y credibilidad a semejante delirio? Aunque parezca increíble, el relato de una democracia low cost en España, de un sistema secuestrado por poderes fácticos que impide el natural y lógico acceso de la “gente” -la suya- al poder, ha calado en una parte de la opinión pública.

Sus dirigentes aún están ojipláticos, pero lo cierto es que cinco millones de votantes han continuado dando su apoyo a Podemos. Menos de los que esperaban, sí, pero son uno de cada cinco electores. Sería bueno no olvidarlo. Cuando Pedro Sánchez deje de verse en su espejo como el ganador de las elecciones de la izquierda, quizá repare en que un Partido Popular castigado por la gestión de la peor crisis económica de las últimas décadas, y por una corrupción que apunta a la metástasis, le saca 52 diputados y dos millones y medio de votos. Una distancia para hacérsela mirar con calma. El PSOE ha resistido el sorpasso en este round, y a pesar de ello puede ser el futuro perdedor del combate en la izquierda si no consigue desmontar el relato de Podemos. Y otro tanto podría decirse del Partido Popular. Cuando Mariano Rajoy consiga recuperarse totalmente de lo que fuera que ingirió la noche electoral antes de salir al balcón de Génova, debería entender que la amenaza real de un político como Pablo Iglesias ocupando la Moncloa es fruto de los gravísimos errores del bipartidismo en general y del PP en particular.

El principal motivo por el que a Podemos se le han fugado un millón de votantes no ha sido su campaña electoral de sonrisas y abrazos. Tampoco su coalición sincera con el comunismo, una ideología que no hay necesidad de demonizar porque de ello se encarga su praxis histórica. No es fácil presentar hoy las ideas del marxismo-leninismo como garantes de la prosperidad, el bienestar social, las libertades y los derechos individuales. Al menos no en sociedades que han alcanzado unos niveles mínimos de desarrollo, y que aspiran a mejorarlos. El avance meteórico de Podemos tampoco lo ha frenado ese gazpacho ideológico de tan difícil digestión para el elector medio, subido a un autobús que circula a base de giros bruscos, frenazos y acelerones del discurso que revuelven el estómago a cualquiera. No ha sido ese su error más grave. El peor enemigo de Podemos ha sido la realidad.

El relato de Podemos dibuja España como un país de niños malnutridos, con unos servicios públicos subsaharianos y unos niveles de explotación laboral cercanos a los de Bangladesh. Luego llegan las rebajas y se evidencia una recuperación de la capacidad de gasto de las familias. La dieta salvaje impuesta por la crisis provocó un adelgazamiento súbito de la clase media, algo sumamente peligroso para la salud social de un país desarrollado. Los primeros en detectar los síntomas de esa anemia, empeorados por el latrocinio sistemático de fondos públicos, fueron los profes de la Complu. Pero Iglesias también sabía que esa indignación no era eterna, ni sería posible mantener el hambre y la tensión revolucionaria cuando la “gente” abarrotara los centros comerciales y volviera a irse de vacaciones. Por eso advirtió que sólo tendrían una oportunidad para asaltar los cielos, aunque los resultados del 20D le concedieron de carambola un segundo intento. Ahora dice que le han dejado de votar porque la gente sólo quería “darle un meneo a la política española”. Lo ha clavado Pablo, pero le ha faltado concluir el análisis que explica su fracaso. ¿Por que sólo un meneo y no romper definitivamente con el inútil jarrón chino de la Transición?

Lo que una mayoría de ciudadanos está reclamando, la que te lleva a ganar unas elecciones, es que se vuelva a conectar el ascensor social, averiado desde la última legislatura de Zapatero. En los momentos más duros de la crisis, el discurso incendiario y catastrofista ha permitido convencer a una minoría no despreciable de la conveniencia de desmontar ese elevador, e instalar a todo el mundo en la planta baja. Pero el planteamiento choca contra la naturaleza misma del ser humano, que necesita atisbar un camino de progreso individual, y no sólo colectivo. De ahí que las ideas de la izquierda radical no terminen de imponerse por sí mismas en ninguna democracia avanzada, y su avance puntual sólo se explique por los errores de los demás. Si PP y PSOE no consiguen entender esto, y que el futuro pasa por la moderación y por la construcción de espacios de consenso en los que se pueda mover con comodidad una amplia mayoría social, volverán a dar argumentos y oportunidades a esa narración iracunda y resentida que se ha disfrazado con todos los trapos ideológicos a su alcance para alcanzar el poder. De momento sin éxito, pero no conviene tentar demasiado a la suerte ni a la soberbia insufrible de su candidato. Los inteligentes aprenden de sus errores, y Errejón es con diferencia el más listo de esa clase, alguien a quien no se le conoce ni un solo video salvaje en YouTube, ni un tuit aterrador.

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