POR UN CONGRESO DE LOS DIPUTADOS RECTANGULAR

El Congreso de los Diputados celebró el jueves el último pleno de esta legislatura fugaz, y el presidente de la cámara se despidió de sus señorías con un frase tan solemne que parecía llevar en el cargo media vida, y no cuatro meses. A mi este broche final, tan afectado, me ha resultado coherente con el tono teatral del resto de sesiones, con ese punto de corrala castiza que tanto juego da a los cronistas parlamentarios. Pero aquí confundimos la viveza del debate y un alboroto sano con el uso espurio de la institución, transformada por algunos en un patio de colegio. Entre un aparcadero para marmotas y un plató de telebasura debe existir un término medio. Andre Maurois escribió que el Parlamento inglés funciona como una “válvula de seguridad”, donde los representantes de la soberanía popular escenifican sus golpes bajos y disputas para que el resto del país pueda seguir jugando a cricket. Pero España, también en esto, es diferente. Aquí la idea parece ser la contraria: el hemiciclo como altavoz de los bajos instintos, como gran ventilador del rencor y el enfrentamiento nacional. La palabra desde el escaño se convierte en el abanico que aventa las brasas del pueblo, para ver si prenden y provocan el gran incendio social.

No llegaremos al extremo del Duque de Wellington, que sugirió construir las Houses of Parliament a la orilla del Támesis londinense, “para que el populacho no pueda exigir sus demandas sentándose en frente”. Pero la utilización perversa de la sede del poder legislativo termina por socavar una de sus funciones principales: la transacción, el acuerdo, la búsqueda del espacio común entre discrepantes. Para ello es conveniente el respeto personal, claro, pero aún más el respeto por la inteligencia del adversario político. Y aquí comienza a complicarse el asunto. En Inglaterra, sus señorías tienen prohibido leer sus intervenciones en la Cámara de los Comunes, y a los más apurados sólo se les permite ayudarse de breves notas en sus discursos. En España, durante la sesión de constitución de esta efímera legislatura asistimos a pintorescas fórmulas de promesa o juramento, pero algunos de nuestros próceres fueron incapaces de recitar de memoria su ocurrencia de dos líneas, y tuvieron que leerla íntegra.

Ignacio Peyró cuenta en su gran “Pompa y circunstancia” (Editorial Fórcola) que el Primer Ministro Atlee recomendaba a los parlamentarios novatos “especializarse y no ir al bar”. Nuestros diputados primerizos sólo han tenido tiempo de lo segundo, y de hacerse unos selfies. Al parecer la mayoría de ellos van a repetir en las listas electorales y no se esperan grandes corrimientos de voto, así que deberían aprovechar estas semanas eternas hasta la nueva constitución de las cámaras para preparar su primera intervención. En Inglaterra, ese maiden speech del debutante comienza siempre con un agradecimiento a la labor de su antecesor, sea cual sea su filiación política. Detrás de esa cuestión formal se encuentra un reconocimiento a la continuidad de la institución. Se entra en la casa de todos para mejorarla, no para demoler una arquitectura constitucional que permite la rotación de traseros sobre los escaños cada vez que hay elecciones. Por cierto, en Inglaterra no se asignan lugares fijos para los diputados rasos, y en su día se tuvo que prohibir el uso de sombreros para guardarse el sitio. En España, tras la constitución de la Mesa del Congreso, el segundo pifostio de esta legislatura cuasi nonata lo tuvimos para decidir dónde se sentaba cada grupo en función del tiro de las cámaras de televisión. Aunque, bien pensado, mejor eso que el espectáculo de sus señorías entrando en tropel cada semana en el hemiciclo para reservar las butacas con sus mochilas.

Pedro Sánchez ha rectificado su insulto a Rajoy en un debate electoral, y algunos lo han interpretado como una vergonzosa bajada de pantalones. Lo siguiente es quejarnos de la falta de acuerdos. Yo creo que hay que elegir. O la cal viva o el beso. Las dos cosas al mismo tiempo no pueden ser. La única certeza después del 26 de Junio es que seguirá siendo necesario un pacto, sea el que sea. Por tanto, parece razonable que a partir de ahora todos los partidos se vayan moviendo en esa dirección, y sembrando el campo del entendimiento. Frente a la estrategia devastadora del napalm dialéctico, en las próximas semanas los españoles nos merecemos el fertilizante del respeto y la mesura en los mensajes electorales. Churchill decía que la forma rectangular -y no hemicíclica- de la Cámara de los Comunes, favorecía una oratoria más encaminada a la razón que a la emoción. Mañana se disuelven las cámaras legislativas, y no vamos pedir aquí un reforma estructural del Salón de Plenos de la Carrera de San Jerónimo, pero sí una enmienda a la totalidad del discurso visceral y faltón de nuestros líderes, si es que de verdad queremos pasar página y dejar atrás el espectáculo circense de estos últimos meses.

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