GRAFITIS PEDAGÓGICOS

grafiti

Hay columnas periodísticas en las que, pasado un tiempo, al autor le apetece apoyarse y sonreír un poco. Uno ve pasar a los que en su día le atizaron duro, los escucha ahora, los lee, y no puede evitar recurrir a la memoria reciente. Sin maldad, ni tampoco resentimiento por las críticas recibidas -algunas algo desproporcionadas- es reconfortante comprobar que el sentido común termina haciendo mella en personas que pueden equivocarse, como todos, pero son honestas desde un punto de vista intelectual o político. Hace año y medio escribí en esta página acerca de los problemas inherentes a la legalización masiva del alquiler turístico en un destino como Balears, y un amable lector me calificó de “sicario de los hoteleros”. Hay oficios peores, la verdad, y si me dieran a elegir preferiría eso a estar cegado por el odio cerval a un sector empresarial. Pero la realidad es tozuda y, antes o después, se impone a la rabia. No han pasado dos años y ya hay consenso entre aquellos que hablaban de “socializar los beneficios del turismo” a través de Airbnb y la economía colaborativa sin límites: la cosa se nos ha ido de las manos. La conclusión es que este verano no vamos a caber todos en Mallorca.

La semana pasada el IBESTAT actualizó su estudio sobre el Indicador de presión humana en Balears. El 10 de agosto de 2015 nuestras islas acogieron a 2.010.520 personas. Aunque la estacionalidad apenas ha sufrido variaciones, en sólo quince años esta punta de ocupación se ha incrementado en más de un 30%. Es cierto que se ha producido un notable incremento de población residente, pero el dato alarmante es el de la población no residente. Desde el año 2000 los turistas alojados en oferta reglada han disminuido un 9%. Sin embargo, en el mismo período los visitantes que se alojan en oferta no reglada han aumentado… ¡un 127%!. Estos son los números que evidencian una realidad. Y son tan aplastantes que no los puede ignorar nadie, ni siquiera los que quemarían en una plaza pública a los malvados hoteleros.

Las cifras de incremento de pasajeros en el aeropuerto de Palma previstas para los próximos meses asustan tanto que hemos llegado a escuchar en boca del Vicepresidente del Govern, Biel Barceló, la misma frase que pronunció hace poco más de un año el entonces Presidente de la FEHM, Aurelio Vázquez. Si no se restringe el alquiler turístico habrá hoteleros que optarán por cerrar sus establecimientos y convertirlos en apartamentos, mucho más lucrativos, con la consiguiente pérdida de puestos de trabajo y calidad del producto turístico. Era fácil entonces atizar a los empresarios, a Bauzá y a la Ley Turística de Carlos Delgado. Resultaba emotivo apelar a la coyuntura económica para que los afectados pudieran obtener unos ingresos extras, como si la mayoría de los golpeados con mayor dureza por la crisis tuvieran dos viviendas. Y luego estaba el argumento fiscal, como si los arrendadores alegales no tuvieran manera de tributar por sus ingresos del alquiler turístico como rendimientos del capital inmobiliario. O sea, como si Hacienda se negara a aceptarles los impuestos por ese concepto. Era obvio que el mayor problema no era fiscal, ni atañía a una crisis, la más larga y dura, pero coyuntural, como todas. Resultaba evidente que lo que se proponía como solución iba a terminar creando un problema mucho mayor, en este caso estructural. Lo que estaba y está en cuestión es un modelo económico y social sostenible.

Hacemos promoción turística en todas las ferias que se nos ponen por delante, pero ya va quedando claro que Balears no tiene un problema de demanda, sino de oferta. Yo creo que, aunque hasta hace bien poco haya utilizado la demagogia en este asunto, Biel Barceló es una persona honesta intelectualmente. Me refiero a que estoy seguro que no pretende engañarse a sí mismo. Y por ello debe ser consciente que regular el alquiler turístico supone limitarlo, restringirlo, prohibirlo en una gran parte. Y eso conlleva un coste político que no hay que asumir desde una oposición vociferante y populista. La sensación de colapso creciente comienza a ser generalizada. Esa percepción, combinada con un discurso irresponsable que culpa a nuestra principal industria de todos los males de nuestra tierra, es explosiva. Resultan patéticas algunas reacciones a las pintadas ofensivas contra los turistas que han aparecido en el Casco Antiguo de Palma. ¿De verdad están sorprendidos? ¿no lo veían venir? Si estos insultos sirven para que algunos responsables políticos dejen de ser rehenes de sus prejuicios ideológicos, bienvenidos sean. Si los grafitis insultantes consiguen advertir de las consecuencias fatales de algunas soflamas del anticapitalismo incendiario, los daremos por bien leídos. Sin embargo ha habido estos días silencios políticos tan estruendosos que dejan poco espacio a la duda, y no invitan demasiado al optimismo. Para reivindicar la dignidad del trabajo de las camareras de piso la condición previa e indispensable es que tengan trabajo.

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