NO ES BINARIO

A Cioran le resultaba increíble que “la idea de tener un biógrafo nunca haya disuadido a nadie de tener una vida”. A Steve Jobs ya le han escrito varias biografías, y ahora además le han dedicado una película que lo retrata como un cabronazo genial. El formato del biopic descoloca un poco al principio porque se asemeja a una obra de teatro, pero los diálogos que ha escrito Aaron Sorkin son tan trepidantes -como los de sus series de televisión- que las frases resuenan como latigazos que dejan fulminado al espectador en su asiento. Hay varias para enmarcar, pero la mejor la pronuncia el cofundador de Apple, Steve Wozniak, cuando harto de la arrogancia de su amigo Jobs le espeta: “no es binario, Steve, se puede tener decencia y talento al mismo tiempo”. Resulta revelador que, en pleno apogeo de la era digital, sea un licenciado en Ingeniería Electrónica y Ciencias de la Computación por la Universidad de Berkeley el que tenga que reivindicar una estructura moral para el ser humano que vaya más allá del cero-uno. El lenguaje de los ordenadores lo ha invadido todo. Es la metáfora de nuestro tiempo que vemos en Twitter cada día: cuanto más hijoputa más genial.

Esa simplicidad que produce milagros en la programación informática, y a la que en la literatura llegan unos pocos elegidos tras años de esfuerzo inteligente, sin embargo resulta devastadora en la relaciones humanas, y en consecuencia en la política, que entre otras cosas es una manera de ordenar las relaciones humanas. Lo binario es simple, pero de la simpleza a la necedad hay un trecho tan corto que muchos lo recorren a toda velocidad sin darse cuenta. Es una línea sutil, y la sutileza, al contrario que la velocidad, no es un signo de nuestro tiempo. Un antropólogo poco sospechoso de haber sido un meapilas en vida, Claude Lévi-Strauss, decía que “no hay que subestimar los ritos, porque una sociedad no puede mantenerse si no está vinculada de manera incondicional a unos valores, los cuales, debido a su incondicionalidad, deben tener un aspecto perceptible que los proteja de la erosión de la razón”. Confundir la tradición de los Reyes Magos con una cuestión religiosa o de género corresponde a un planteamiento binario, o sea, simple, que en este caso quiere decir para tontos.

¿Podrían ser femeninos los personajes que encarnan el mito de traer regalos a los niños en las sociedades de tradición judeo-cristiana? Por supuesto que sí, y no supondría ningún problema si así estuviera escrita la leyenda. La cuestión es que no lo son, y en los últimos dos mil años no hemos venido observando grandes protestas sobre el asunto. La secular discriminación de la mujer en el mundo no se ha producido porque un negro y dos barbudos fueran los depositantes del oro, el incienso y la mirra a los pies del Niño Jesús. No es tan simple. No es binario, porque se puede defender al mismo tiempo, de palabra y de obra, la igualdad de género y el respeto por una costumbre que, sin ofender a nadie, ilusiona a millones de niños. ¿Sobrevivirán al trauma de ver a Baltasar convertido en Naomi Campbell? Claro, pero no se entiende la necesidad. Les esperan algunos desengaños más en el futuro, así que no hace falta añadirles éste de propina y por anticipado. Y luego está la confusión con la religión, otro planteamiento para lerdos. Si el esquema fuera binario, los regalos que reciben los hijos de los no creyentes constituirían un gigantesco fraude. Pero no lo es, no es binario. La mirada de un niño la mañana del día de Reyes es una de las experiencias más conmovedoras para cualquier adulto que no haya sucumbido por completo al cinismo, y probablemente sea el único motivo real para que los laicos celebren la Navidad, comilonas y borracheras aparte.

Yo empiezo a no entender muy bien qué es la democracia. Y ya que estamos con tradiciones bíblicas, he encontrado consuelo a mi desconcierto en las palabras de otra mujer brillante que tampoco frecuentó demasiados templos, agnóstica y comunista hasta su muerte. Simone Weil citaba como ejemplo antiguo de decisión democrática la demanda popular de liberar a Barrabás y crucificar a Jesús. Sólo espero que a nadie se le ocurra crucificar a una mujer esta Semana Santa, porque entonces no nos quedaría más remedio que dar la razón a Chesterton, un católico convencido e inteligente -tampoco es binario- que afirmaba que “la Iglesia es lo único que puede salvar a un hombre de la degradante esclavitud de ser hijo de su tiempo”. No es binario, no. Se puede ser laico y respetuoso con la tradición religiosa que, para lo bueno y para lo malo, nos ha hecho ser lo que somos.

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