TREINTA SEGUNDOS EN TOKYO

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El aprendizaje a través del ejemplo permanece. Las lecciones magistrales despiertan nuestra admiración, pero la experiencia deja marcas más duraderas. Escucho estos días hablar de ciudades sucias, o de entornos naturales degradados, y me viene a la cabeza un minuto en el que entendí más sobre el asunto que en todas las publicaciones leídas sobre divulgación ambiental. Aprendí más en aquellos segundos que en cualquiera de lo discursos ecologistas escuchados hasta entonces. Para comprender lo que significa el civismo en su máxima expresión tuve que colocarme en unas circunstancias especiales. El circuito del maratón de Tokyo es plano y rápido, sin grandes desniveles ni giros constantes. Participan cada año alrededor de 35.000 corredores, pero sólo el tres por ciento de ellos completan el recorrido en menos de tres horas. Superada la marabunta inicial de la salida, los que consiguen correr a un ritmo exigente y constante se reúnen en pequeños grupos que van menguando a medida que se acercan a la meta. A partir del kilómetro treinta, los corredores que han ido a un ritmo superior a sus posibilidades, o que simplemente tienen un mal día, comienzan a descolgarse. Algunos de los que aguantan es posible que alcancen en los siguientes kilómetros un estado difícil de explicar, una especie de analgesia general que dura unos minutos, mientras las endorfinas están trabajando a pleno rendimiento para paliar el dolor. Es un momento de conexión absoluta entre la mente y el cuerpo que les permite a ambos fluir, como si las zapatillas flotaran sobre el asfalto y el pensamiento quedara en blanco y se situara en una dimensión completamente alejada de la carrera. Alguien lo definió como el nirvana del maratoniano. Muchos al leer esto dudarán sobre mi salud mental, pero algunos miembros de la secta del tirante saben de qué hablo, y seguramente lo sabrían explicar mejor que yo.

Pero ese edén volador es fugaz, y no llega a evitar el padecimiento de los últimos kilómetros en un maratón planteado al límite. Es cuando cruje cada músculo de las piernas, las pulsaciones se disparan y aparece el miedo. La voluntad flaquea y surgen las dudas, porque el cerebro humano está más diseñado para la supervivencia, que para el razonamiento o la planificación de un gran esfuerzo. Un corredor japonés permaneció cerca de mi durante muchos kilómetros de aquel maratón. En ocasiones lo tenía unos metros por delante, luego lo adelantaba yo, pero nunca se alejaba demasiado. Aquella fue una de las contadas ocasiones en mi vida en que he conseguido correr en ese estado zen durante seis o siete kilómetros. Y creo que aquel chico asiático también levitó un rato con su zancada corta y frecuente sobre el asfalto del barrio de Ginza. He dicho que el maratón de Tokyo es plano y rápido, excepto el final, porque la meta esta situada en una isla de la zona portuaria, y para llegar allí hay que atravesar varios puentes largos y empinados, de esos que dejan pasar grandes barcos por debajo de ellos. Yo iba ya muy tocado, y cada vez que me giraba veía la mueca de sufrimiento del japonés, igual o peor que la mía. Quedaban menos de tres kilómetros para el final, unos diez minutos de agonía para tratar de completar el maratón en menos de dos horas y cincuenta minutos, que era también su objetivo según me había explicado por señas.

Y entonces sucedió una de las cosas más sorprendentes que he visto en una prueba de larga distancia. Cuando estábamos subiendo uno de aquellos puentes tan anchos, con cuatro o cinco carriles en cada dirección, observé cómo el japonés se abría bruscamente hacia su derecha. Yo pensé que se equivocaba de dirección, o que se encontraba mal, porque se veía claramente que el recorrido giraba hacia el lado contrario. Le grité, y él me indicó que continuara mientras se quedaba atrás. El puente estaba desierto, no había público en ese tramo, así que no podía ir a saludar a nadie que lo estuviera esperando. Lo seguí con la mirada durante unos segundos, desconcertado, y entonces lo entendí. Se dirigía hacia un pequeño cubo gris que había al otro lado. El tipo estaba atravesando todo el ancho del viaducto, unos treinta metros, para depositar en la basura el envoltorio del último gel energético que se había tomado un poco antes. Iba completamente fundido, pero prefirió recorrer sesenta metros de más, entre ir y volver, antes que tirar algo al suelo. Poco después me volvió a alcanzar. Entramos en meta prácticamente juntos, y ninguno de los dos conseguimos bajar de las dos horas y cincuenta minutos por escasos segundos.

De las grandes urbes del mundo, Tokyo es con diferencia la más pulcra. La limpieza y el cuidado del entorno son ejes del sistema educativo japonés. En aquellas circunstancias no he visto un comportamiento así en ningún maratón del mundo, pero sí he vivido situaciones parecidas en carreras de montaña. Algunos ahora presentan a los participantes en la Ultra Trail de la Serra de Tramuntana como unos grandes depredadores del medio ambiente. Algún indeseable habrá, claro, pero son una exigua minoría. Mientras tanto, en EMAYA están muy satisfechos por los resultados del nuevo sistema de recogida de objetos voluminosos. En dos semanas, los vecinos de Palma hemos depositado en la calle cincuenta toneladas de trastos en días u horarios no autorizados. O sea, más de tres mil kilos al día de incivismo en las aceras en forma de cachivaches. Esa sí que es una gran marca, sin necesidad de tanto esfuerzo.

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6 Comments

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  1. Me gusta mucho el articulo, como casi siempre, y por razones faciles de entender comparto al 100% las palabras que hacen referencia a las vicisitudes del corredor de fondo. Una carrera tan larga y exigente como el maratón da para pensar muchas cosas, incluso la sorpresa ante la actitud ejemplar de un compañero de fatigas, fiel a unos principios a pesar del cansancio al llegar al final del recorrido. Loable!

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  2. Siempre es un placer leerte amigo, y más reconociéndome como uno más de esta “secte del tirante” de la cual hablas. Brillante artículo, Jose. Un abrazo enorme

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  3. Tuve el placer de viajar a Japón con mi amigo José Manuel, y puedo dar fe del compartamiento cívico y admirable de los japos, presenciando escenas que nos llaman la atención, como la del artículo, que forman parte de su cultura sitoísta. Un fuerte abrazo. Molts d´anys¡¡¡

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